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Acabar con la plaga de vampiros
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(Foto: E.P.)

Acabar con la plaga de vampiros

domingo 16 de febrero de 2020, 13:50h

Sigo con la sesión de control del miércoles. Después del espectáculo de las tres derechas obsesionadas con la vice presidenta de Venezuela, le tocó el turno al diputado del Grupo Parlamentario Republicano, Francesc Xavier Eritja, con una interpelación urgente sobre la situación por la que atraviesa el sector frutícola. No tardaron ni tres minutos en vaciarse los escaños de las tres derechas. Pensaría un bien pensante que los diputados tenían prisa por ir al baño. ¿Todos los de la misma ideología con pipí al mismo tiempo? Si esa fue la razón, en el baño deben haber sufrido serias dificultades intestinales a juzgar por el tiempo que tardaron en volver al hemiciclo. ¿Volvió alguien?

Al día siguiente, aún no había salido el sol cuando mi mano se fue a la radio y la radio empezó a contarme lo que estaba pasando. Pasaba que en la capital de mi provincia, Lleida, cientos de tractores se preparaban para salir a las calles en una manifestación autorizada. Pasaba que lo mismo estaba sucediendo en varias capitales de provincias de España. Los de la cara curtida por el viento y el sol y las manos renegridas por el trabajo de la tierra se disponían a tomar las ciudades para hacerse oír. Hasta ahora, sus lamentos se habían perdido en sus campos o en despachos extraños o en hemiciclos semivacíos. No interesaban a nadie.

Lo único que del campo ha interesado hasta ahora en este país es que mercados y supermercados estén bien surtidos de frutas y verduras y que haya bonitas casas rurales con granjas y campos cercanos para llevar a la familia a pasar un bucólico fin de semana. Claro que cuanto el campo ofrece es exclusivamente para aquellos que tengan con qué pagarlo. Los campesinos, por ejemplo, no pueden permitirse un fin de semana de descanso; no pueden comer más fruta y verdura que la que les da su propia tierra. Porque resulta que en Lleida, por ejemplo, un agricultor tiene que vender cuatro kilos de fruta para poder pagarse un café.

Quien piense que los agricultores que se manifestaron exageran, que se informe leyendo un poco en fuentes fidedignas sobre el estado de la agricultura en nuestro país. Al agricultor le pagan por los productos de sus tierras menos de lo que le cuesta cultivarlos. ¿Cómo es posible? Por los vampiros, por los vampiros que vuelan por todo el ancho mundo y que en los campos de España se han convertido en plaga.

Hay diversos tipos de vampiros. La ciencia llama así a los murciélagos hematófagos que chupan sangre al ganado tras hacer una pequeña incisión a los que eligen para alimentarse. Son casi inofensivos, a menos que porten alguna enfermedad, porque se conforman con poquísima sangre y no matan. En psicología se llama vampiros emocionales a esas personas que se aprovechan de otro más débil para robarle energía y descargar sus propias desgracias sobre los hombros de quienes les prestan atención. Son peligrosos porque manipulan muy bien, pero no consiguen afectar a una persona racional y con un sano nivel de autoestima. Por último, hay vampiros que no registra la taxonomía ni la psicología; vampiros que causan daños irreparables, auténticos chupasangres que, alegóricamente, podríamos identificar a los de las películas de terror, vampiros que sí suponen un peligro mortal. Son los dueños de las empresas que se enriquecen con la sangre de sus trabajadores. ¿Qué nombre les ponemos? Llamémosles vampiros empresariales para entendernos.

Esos vampiros chupasangres vuelan por todo el mundo. En los países en los que nadie les regula el vuelo eligen a sus víctimas en los barrios más miserables de las ciudades y les meten a trabajar en galpones por poco más que la comida, cosiendo prendas de vestir, por ejemplo, que luego comprarán respetables personas de clase media en los países occidentales, es decir, acomodados.

Los pobres que tienen que trabajar por sueldos de pobre no encuentran acomodo en parte alguna. En nuestro país, la vida del trabajador pobre se ha convertido en un vagabundeo de trabajo temporal en trabajo temporal para poder llevar comida a su casa, si tiene la suerte de poderse pagar un alquiler. Pero los agricultores no son pobres. Tienen tierras. ¿De qué se quejan?

Sobre los campos de España ha caído una plaga de vampiros empresariales que pagan al agricultor una miseria por los frutos que le ha sacado a su tierra con su sudor y su sangre, frutos que luego se venderán en mercados y supermercados a unos precios que engordarán la riqueza de los vampiros. La riqueza de esos vampiros les lava el nombre. Ante la sociedad, son respetables intermediarios, distribuidores, empresarios de grandes cadenas nacionales y multinacionales. ¿Quién va a hacer caso a un pobre agricultor que ni siquiera gana bastante para pagar lo que le cuesta producir lo que vende?

En nuestra economía de mercado, revestida con el nombre sacrosanto de liberalismo, solo los vampiros empresariales tienen libertad para enriquecerse. El pobre, sea agricultor o trabajador por cuenta ajena solo tiene libertad para malvivir. Decía el comunismo que esa situación era intolerable y que los proletarios serían los dueños del producto de su trabajo. Mentira. Allí donde el comunismo triunfó, otra clase de vampiros se adueñaron de todos los productos y hasta de la libertad. En los países comunistas se acabó la lucha de clases porque todos acabaron pobres menos los vampiros políticos que, en premio a sus desvelos por la igualdad, se reservaron todos los privilegios para los altos cargos de su partido. Por fortuna, de esos quedan pocos en un puñado de países. Como dicen que decía Abraham Lincoln, no se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo.

Quiso la mayoría de los ciudadanos de nuestro país que accediera al gobierno un partido socialdemócrata y que formara coalición con otro partido también socialista. Algunos militantes y simpatizantes de ambos partidos se enfadaron con los agricultores que se manifestaban recriminándoles con una pregunta. ¿Por qué no se manifestaron cuando gobernaba el Partido Popular? La respuesta es muy sencilla. Ese partido ultraliberal que en nombre de la libertad libró a los empresarios de regulaciones y dio aire libre de obstáculos a los vampiros empresariales, creó en muy poco tiempo una masa de trabajadores pobres. La pobreza mata la libertad, la dignidad y, con el tiempo, hasta la esperanza. La llegada del socialismo democrático al poder está sacando a la calle a todos los colectivos que están recuperando la esperanza de que el gobierno les escuche y de que haga todo lo posible por acabar con la plaga de vampiros que les ha estado chupando la sangre, la vida, una vida digna.

Hace unos días, Oscar Ordeig, diputado en el Parlament de Catalunya por el grupo del partido de los socialistas, Primer Secretario de la Federación del PSC de Lleida, Pirineu i Aran, me envió el documento que presentará esta federación al congreso del partido el 7 de marzo. Son veintiséis páginas de propuestas en las que destacan la cohesión territorial y la lucha contra la despoblación.

Habría que hacer correr la voz en román paladino para que nadie ignore los términos pensando que son cosa de políticos. Cohesión territorial es que todo el territorio del país tenga las estructuras y servicios que los habitantes necesitan para vivir bien. La despoblación es consecuencia de la falta de estructuras y servicios, pero sobre todo de oportunidades. La mayor desgracia de los agricultores y ganaderos que están sufriendo la plaga de los vampiros no es su propia pobreza; su mayor desgracia es ver marchar a sus hijos a buscarse la vida donde puedan y como puedan.

Las tractoradas que el jueves llevaron el campo a las ciudades eran protesta, sí, pero también esperanza; la esperanza de que el gobierno acabe con los vampiros y consiga que empresarios conscientes se pongan de acuerdo con los agricultores para conseguir un reparto justo de ganancias. La alternativa a ese acuerdo es muy peligrosa; campos desiertos y mercados y supermercados vacíos.

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    Últimos comentarios de los lectores (1)

    5087 | Buena explicación - 26/02/2020 @ 00:04:11 (GMT)
    Un análisis muy profundo e inteligente. Se nota que la periodista que lo ha escrito tiene una observación de la sociedad muy importante. Estoy especialmente de acuerdo con esto "La despoblación es consecuencia de la falta de estructuras y servicios, pero sobre todo de oportunidades. La mayor desgracia de los agricultores y ganaderos que están sufriendo la plaga de los vampiros no es su propia pobreza; su mayor desgracia es ver marchar a sus hijos a buscarse la vida donde puedan y como puedan".Mejor explicado no puede estar. Coincido plenamente.

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