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El precio de la verdad: Rutina, periodismo y libertad
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El precio de la verdad: Rutina, periodismo y libertad

miércoles 12 de febrero de 2020, 14:43h
Apenas hace una hora continuaba entre las sábanas, estrenando y maldiciendo la melodía de la alarma que elegí la noche anterior. Ahora, malhumorado y con la cabeza dispersa, intento distraerme con el vaivén de personas entrando y saliendo del tren. Me imagino a dónde van, si duermen mejor que yo y si tienen la suerte de trabajar de lo que les apasiona. ¿Es lo habitual?

Recuerdo entonces a mi padre. A los 14 años serraba troncos de sol a sol y, lógicamente, en casa lloraba del dolor. No crean ustedes que mi padre era un flojo. A los 16 cavaba viñas mejor y más rápido que los adultos. Cuenta (y se emociona cuando lo hace) que en una ocasión le tocó trabajar con el que consideraban el mejor con la pala. Ambos comenzaron a cavar al unísono y, en el último hoyo, mi papá se metió dentro a cavar esperando a que "el fuera de serie" pudiera terminar el suyo. Jamás le faltó trabajo porque todos querían que trabajara para ellos. En ocasiones, sus amigos iban con él, pero no aguantaban mucho tiempo. Él si. Y cuando salía de fiesta, era el único con 1.000 pesetas en el bolsillo.

Tampoco me olvido de pensar en mi madre, la cual desarrolló hernias desde pequeña porque sus padres tenían una carnicería y ella debía repartir la carne a domicilio, cargándola en sus hombros únicamente con la ayuda de su fuerza bruta.

Juntos emigraron en busca de una vida mejor. Mi padre, a sus 53 años, es herrero desde los 18. Ha estado cerca de la muerte varias veces: Estuvo a centímetros de terminar de seccionarse la muñeca entera con una radial, justo después de que le cayera encendida en el pecho. También se cayó del techo de una gasolinera y en una ocasión, un autobús le atropelló de frente mientras conducía en moto. Díganme si conocen algún mortal que se asemeje más a un superhéroe. Mi mamá, con más fortuna, tras ser dependienta consiguió un trabajo estable como administrativa en un colegio.

Y aquí estoy yo, periodista a costa del sudor de su frente. Orgulloso de mí mismo pero eternamente agradecido. Eternamente enamorado del cariño y las oportunidades que dos personas me dieron y me dan (sin manual de instrucciones).

Sentado de camino a la redacción, libre para desempeñar la tarea que me gusta después de poder estudiar grado y máster (calculo unos 50.000€ en estudios y mantenimiento). Ajeno a todo eso que cuentan de que el periodismo está mal porque sé que como yo hay una generación dispuesta a dignificarlo de nuevo, a no dejarse vencer, a pelear por nuestras convicciones y a no dejarse someter por el poder. Ajeno a las malas praxis, a los "compañeros" de gremio sin honor y a la propaganda disfrazada de información. Desde luego, me niego a incluir en la palabra periodista a aquel o aquella que cada día hace méritos por ser todo lo contrario.

"Somos la condición humana en busca de la ética, que lucha contra su propia subjetividad para ofrecerle a la sociedad una historia fiable."

Para mí, ser periodista es mucho más que una profesión. Nosotros somos los que perseguimos la verdad a tiempo completo. Somos la valentía de Luis del Olmo, cuando ETA se decidió a terminar con su vida pero fracasó una y otra vez. Somos la voluntad de José Couso, que arriesgó su vida en numerosas ocasiones sin importarle las consecuencias. Somos la dignidad de los periodistas asesinados por los narcotraficantes mexicanos después de poner por delante la información a su vida. Somos la condición humana en busca de la ética, que lucha contra su propia subjetividad para ofrecerle a la sociedad una historia fiable.

Somos narradores de historias y existimos desde que la gente se sentaba alrededor del fuego hace miles de años. Somos libertad.

Soy periodista y respeto mi profesión porque así me educaron.

Soy periodista y no me callarán.

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