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La maldición de los politiqueros

martes 11 de febrero de 2020, 15:57h

En 1985 me encargaron una obra que por elección del editor acabó en tres tomos con el nombre de El poder de la mente. El tercer volumen fue ilustrado por una serie de colajes de Ana Braga. Esas ilustraciones son poesía.

La poesía es el lenguaje de las emociones; sale del alma del poeta y llega al alma del otro en una comunicación que trasciende las palabras porque es anterior a la lengua. Antes de llegar a la mente, donde la razón puede encontrarle todos los significados que quiera la voluntad, la poesía deambula por el alma y en el alma se empapa de humanidad, de todo lo humano.

Hoy recupero esos colajes para ilustrar una serie de artículos sobre Política. ¿Qué tiene la Política de poesía? Todo cuanto tiene de humana si se contempla a vuelo de pájaro, lejos de la ramplonería cotidiana del politiqueo. Es el politiqueo el que escribe la Historia. La Política determina la historia del ser humano individual, su lucha diaria por vivir y convivir en este mundo hasta que se marcha.

Sentenció Aristóteles que la poesía es más profunda y filosófica que la historia. La Política es poesía porque nada más profundo y filosófico que el hombre, macho y hembra, contemplado en su totalidad. Y es precisamente el hombre, macho y hembra, el objeto y el fin de la Política.

Colaje de Ana Braga. 1985

La maldición de los politiqueros

“Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra les creó”. Génesis, 1,27

Como lo cuenta el autor del primer capítulo del Génesis, así de sencillo empezó todo. Hay quienes prefieren creer que aparecimos en el mundo tras una explosión cósmica y una lenta evolución. Cada cual es libre de creer lo que quiera. El hecho es que estamos aquí y que, desde que estamos aquí, no hemos dejado de hacernos la puñeta los unos a los otros. En el siguiente capítulo nos cuenta el Génesis cómo el hombre creó a Dios a imagen y semejanza suya y cómo lo que era bueno al principio, se jodió. No tiene nuestra lengua palabras menos vulgares para describir más gráficamente el desastre causado por la cadena de egoísmo, de codicia, de envidia, de odio que los hombres han ido forjando día tras día de siglo tras siglo desde que Caín puso el primer eslabón.

¿Quién no ha visto personalmente o en fotos, en el techo de la Capilla Sixtina, ese instante en que Dios toca con su dedo el dedo del primer hombre convirtiéndole en criatura de su propia estirpe? Todo adjetivo sobra para calificarlo. Miguel Ángel quiso imprimir a ese fresco la belleza que los bien llamados renacentistas pretendían resucitar. Hoy sus formas y su fondo producen una profunda tristeza.

El colaje que ilustra este artículo cuenta la creación de otro Adán. No hay aquí formas que puedan contemplarse gozando la emoción que la belleza produce. El fondo depende de la imaginación y, según donde nos lleve, puede producir también tristeza, pero además, terror. Ese otro Adán es el hombre actual, macho y hembra. No sustituyo la palabra hombre por la de ser humano, como hace la Biblia de Jerusalén, porque el ser humano es el que se encuentra en un grado de evolución al que no todos los hombres, machos o hembras, llegan.

En esta imagen, una mano, la mano de ese dios que los hombres humanizaron, asoma entre una pared de ladrillos y se extiende hacia un objeto difuso que sale de unas brumas espaciales. Ese dios lleva camisa. Su mano se abre paso entre un muro y la oscuridad. El hombre que creó a su dios no sabe vivir sin muros. Los dedos de ese dios parecen ensangrentados. ¿Qué tocan? Algo informe. El hombre ha perdido su forma a imagen del Dios del principio para dejarse formar a imagen de lo que le mandan los usos y costumbres. Los usos son las pantallas, perder la propia imagen mirando las imágenes que las pantallas imponen. Las costumbres las deciden también lo que dicen las pantallas. Ese hombre prefiere y consume una vida virtual mientras la suya de carne y sangre se va desgastando hasta extinguirse. Mientras tanto, el mundo real sigue su curso.

Ya todos sabemos lo que hemos hecho con la Tierra. No solo se ha atrevido el hombre a humanizar a Dios; se ha atrevido a ir destruyendo poco a poco cuanto nos dice el Génesis que Dios creó para nosotros. Cambie quien quiera el nombre Dios por Big Bang o lo que sea. En el fondo es lo mismo. Nos encontramos un mundo con todo lo necesario para cubrir nuestras necesidades y para inventar mil cosas con que mejorar nuestra vida, y nos dio por destruirlo todo como un niño malcriado que, en una rabieta, rompe todos sus juguetes. El niño paga las consecuencias cuando ya no tiene con qué jugar, pero el tiempo y la experiencia le enseñarán a cuidar sus cosas, si es que su mente está sana. ¿Está sana la mente del hombre que sigue haciendo todo lo posible por destruir el mundo en el que vive, en el que tendrán que vivir sus hijos y los hijos de sus hijos? Parece que se dijese qué largo me lo fiais. Lo que revela un egoísmo monstruoso. Porque con la rotundidad de una losa sepulcral, la Naturaleza responde: No hay plazo que no se cumpla. Cuando se cumpla el plazo, ¿acabarán todos los que estén sobre la Tierra sobreviviendo en un infierno? Los politiqueros dicen que el plazo no se cumplirá, que es todo mentira, que nuestros juguetes son eternos y que si no lo son, no importa porque los que vivimos hoy no nos vamos a enterar. Los politiqueros defienden el egoísmo a capa y espada porque es egoísmo lo que entienden por libertad.

¿Entonces, no hay futuro, no hay esperanza? Aparece la Política como deus ex machina y dice que esperanza sí hay y que el futuro depende del presente. Dice la Política que hay alternativas, que nuestros juguetes aún tienen arreglo, que aún podemos devolverle al mundo la lozanía de aquella primera semana de la creación. ¿Cómo? Renunciando al egoísmo de los politiqueros; ignorando sus voces hasta dejarles predicando solos en su desierto para que puedan disfrutar libremente burlándose de Dios y de los hombres, machos y hembras, sin hacer daño a nadie; deshaciendo la maldición que su egoísmo intenta hacer caer sobre la humanidad y el mundo que habitamos.

¿Pero quién puede deshacer la maldición de los politiqueros sobre este mundo, sobre sus semejantes? Los políticos, los hijos de la Política que a la Política entregan lo mejor de sus mentes, de sus vidas. Los políticos que por libertad entienden la libertad de todos por igual; que por egoísmo entienden gozar de la satisfacción de ir cumpliendo con lo que exigen los valores que conforman su criterio; que por egoísmo trabajan para que el mundo sea un lugar habitable para ellos, para sus hijos y los hijos de sus hijos, y la felicidad algo posible y alcanzable cuya búsqueda es lo único que puede dar sentido a una vida humana. ¿Y quiénes son esos políticos? Eso tiene que decidirlo cada cual utilizando su propio descernimiento. Yo soy socialista, por eso. Allá cada cual.

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