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El Brexit traerá otra lluvia de piedras sobre los trabajadores

El Brexit traerá otra lluvia de piedras sobre los trabajadores

lunes 03 de febrero de 2020, 18:17h
Confieso que el Reino Unido, United Kingdom desde la medianoche del día 1, no es un territorio de mi agrado, tal vez por ser un Estado dominado por la monarquía más depravada, rastrera, avara y usurera entre las que detentan el poder en Europa, incluida la española. Todos sus miembros, con Isabel II a la cabeza, seguida de ese eterno príncipe Carlos, el heredero Guillermo, Andrés, Enrique, Margarita, Ana... son representantes de la dinastía más golfa y menos ejemplar desde los tiempos de Cromwell y no hay más que remontarse a sus orígenes.

Cerca de Buckingham habita otra dinastía, los últimos inquilinos del 10 de Downing Street. La reina, sin corona de diamantes pero con puño de hierro, fue Margaret Thatcher, bajo cuyo mandato llovieron piedras sobre los mineros galeses en particular y sobre los trabajadores que respondían al genérico nombre de Joe. Destituida por sus propios súbditos, la imagen que mejor define a su sucesor, John Major, es la de un político que se vestía metiendo su camisa por debajo del calzoncillo, lugar que, de forma metafórica, también escondía sus ideas el hipócrita y falso Tony Blair, a quien define el daguerrotipo de las Islas Azores en compañía de los devastadores José María Aznar y George Bush. No es casualidad que a este personaje le siguieran ese tonto útil que fue David Cameron y el inane Gordon Brown, hasta llegar a Boris Johnson, último eslabón de una cadena de políticos que con sus decisiones tejieron la alfombra roja para que Jonhson culminara este esperpento político al que llaman Brexit.

Cierto es que el Reino Unido, ahora United Kingdom, nunca fue el más ferviente defensor de la Unión Europea.

Cierto es que a este United Kingdom, antes Reino Unido, también hay que agradecerle la sexy, escolar y uniformada falda escocesa que sus gaiteros lucían para inmolarse con donaire, a la cabeza de las hordas militares. Al son de sus gaitas desfilaban también los miembros de otra lista, digna ésta de subir a los altares que describió Umberto Eco. En ellos están la lluvia de piedras de Ken Loach, cuyo nombre en realidad era Joe, Sir Laurence Olivier, sin cuya voz no existiría el inseguro y dubitativo príncipe danés, Richard Burton, Michael Caine o la reina de todos, Hellen Mirrer, apoyados en esos actores de carácter, solo comparables a los secundarios españoles, y sin los que el cine no existiría. Como no existiría la música actual sin los eternos Beatles, el ritmo vital de Rolling Stones o la melodía del camaleónico David Bowie.

Somos isleños británicos, nuestra City es Londres y nuestra hora la marca el reloj de la Torre que vigila el fluir del Támesis.

Llegados a este punto de amores y odios, de despedidas entre sonrisas y lágrimas, no es menos cierto que el Reino Unido, ahora United Kingdom, nunca fue el más ferviente defensor de la Unión Europea. No solo porque conservara su adorada Libra como moneda de cambio para defenderse en caso de una deflagración europea. La libra fue mas un elemento diferenciador, un estamos en la Unión Europea pero no somos Euros. Somos isleños británicos, nuestra City es Londres y nuestra hora la marca el reloj de la Torre que vigila el fluir del Támesis y advirtió con sus lóbregas campanadas la despedida de los Estuardo, de las Ana Bolena y la llegada del arzobispo de Canterbury.

Fieles a Enrique VIII, el matrimonio del United Kingdom con la Unión Europea fue mas por conveniencia que por amor. Nada extraño dado el patrimonio que la millonaria poseía y al que también aspiran los actuales caza fortunas en busca de los anillos de tan rica y distinguida dama. ¿Cuanto tiempo tardarán en abandonarla estos caballeros polacos, húngaros y demás miembros de sectas ultraderechistas, una vez esquilmada y arruinada la inocente dama que nació en Maastricht en 1992, apadrinada por los visionarios Kohl, Delors y González y el reconocimiento, con la boca pequeña, eso sí, de la Francia de Miterrand?

Con los Fondos Feder, salió España de la miseria en que la había sumido la dictadura franquista y los españoles dejaron atrás la imagen del emigrante que abandonaba su casa con una raída maleta de cartón.

Ese es el verdadero drama del nuevo rapto de Europa. Un drama al que nos encaminan estos enemigos de la libertad, nacionalistas con fronteras, insolidarios e incapaces de abrir sus círculos de tiza azul caucasiana. No. El peligro no está los euroescépticos que denuncian los defectos de la cortejada dama para embellecerla. El peligro son los nacionalismos populistas que tras convertirse en albaceas del patrimonio de todos los europeos irán engrosando paladinamente sus cuentas bancarias con fondos FEDER, los mismos que construyeron la actual Unión Europea y al que tanto deben países como España. Al igual que ahora los eventos gubernamentales finalizan con un enfático Gobierno de España, antaño los cartelones que señalaban las obras públicas iban acompañados de un FONDOS FEDER. Con esos fondos salió España de la miseria en que la había sumido la dictadura franquista y los españoles dejaron atrás la imagen del emigrante que abandonaba su casa con una raída maleta de cartón y una no menos desgastada chaqueta de pana.

Dejarnos seducir por esas voces que apelan al más rancio y autárquico nacionalismo al grito de Europa nos roba, será encerrarnos otra vez en una cárcel dogmática sin más sentimientos que el odio y el racismo. Significará el fin de la otrora rica, pujante y alegre Europa a la que todos pertenecíamos y por la que viajábamos sin fronteras, pasaportes, ni necesidad de hacer cola en las ventanillas de “Exchange sin comisiones”. Permitir el triunfo de los defensores del Brexit, considerar un éxito de los británicos su salida de la Unión Europea, sería reconocer el fracaso de varias generaciones e iniciar el camino de regreso hacia un país donde volverían a llover piedras sobre todos los trabajadores que respondieran al nombre de Joe.

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