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Inocentes y culpables
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Inocentes y culpables

sábado 28 de diciembre de 2019, 23:21h

Hace unos años llegué a la conclusión de que los primeros culpables de lesa humanidad pusieron los primeros eslabones de la cadena trágica que a todos nos ha oprimido desde el principio de los siglos. No hay culpable que no pueda alegar atenuantes que justifiquen su culpabilidad. "Hago daño porque a mí me hicieron mucho daño y por eso soy malo".

Si repasamos hacia atrás hasta los primeros eslabones de esa cadena, resulta que tampoco hay inocentes. Dice la Iglesia que Jesús de Nazaret fue el único libre de pecado, en su naturaleza humana, claro. Dios, uno y trino según la Iglesia, concibió en el Paraíso la trampa que a todos los hijos de los hombres gravó con el pecado original y sus consecuencias. Ese pecado, que le cayó encima a la primera pareja sin comérselo ni bebérselo porque los pobres no tenían conciencia del bien y del mal, causó, entre otras calamidades, la envidia de Caín y el primer parricidio. O sea, que según el retorcido segundo relato de la creación del Génesis, el primer eslabón de la cadena de miserias lo puso Dios. No el Dios que creó a los seres humanos a su imagen y semejanza, por supuesto. El Dios creado por seres humanos retorcidos a imagen y semejanza suya. Pues bien, otra vez según la Iglesia, toda la prole de Adán y Eva habida y por haber nace con el pecado original en los genes y, por lo tanto culpable y, por lo tanto, merecedora de perdón por tener que arrastrar durante toda su existencia la carga de un pecado que no cometió.

Un día, en el colmo del recochineo, a alguien se le ocurrió celebrar el día de los Santos Inocentes en España gastando bromas, más o menos pesadas, al prójimo. La palabra inocente se instauró desde entonces, o tal vez antes, como sinónimo de ingenuo, de incauto, palabras que sugieren tonto, lo que significa que solo los tontos pueden considerarse inocentes. No pasaba nada serio cuando las inocentadas servían para sonreír o reírse un rato. Pero un día, un culpable por sabe Dios qué daño le habían hecho a su mente, desató en España una guerra que eliminó a cientos de miles de españoles y, habiéndola ganado, gobernó a los supervivientes como si fueran tontos convenciéndoles de que eran tontos. Tontos eran porque estaban vivos y no represaliados, lo que significaba que eran inocentes del pecado imperdonable de ser rojo. La Iglesia perdonó a Franco porque, al fin y al cabo, todos somos pecadores y Dios es infinitamente misericordioso y, seguramente, Franco se confesó.

Dicen hoy algunos que eso pasó hace muchos años y que no hay razón para revolver el pasado. Ya. Hoy, Día de los Inocentes de 2019, siglo XXI, el de la supermodernidad, se levanta uno y se pone a leer la prensa y acaba sin entender en qué siglo vive, y si se esfuerza un poco por reflexionar sobre su propia conciencia, no encuentra en su mente otra cosa que un enorme signo de interrogación.

Porque resulta que pululan por ahí unos machos muy machos, tan machos como aquel que desató la guerra y la ganó porque tenía un ejército de machos muy machos. Esos machos por antonomasia siguen las directrices y el ejemplo de su caudillo intentando convencer a los tontos de que los extranjeros pobres son un problema y de que las mujeres que no están dispuestas a limitarse a cocinar y a coser son un problema también y de que también es un problema, y el más grave, la cantidad de gente a la que se le ocurre tener derecho a la libertad. Uno pensaría que esos machos son tontos porque con una doctrina tan de mostacho, barba y miriñaque no va haber hoy por hoy quien les haga caso. Pero resulta que se presentan a unas elecciones y aparecen más de tres millones de españoles que les votan. Que millones hicieran caso a Franco, se entiende. Más de la mitad de los españoles estaba derrotada y muerta de hambre y el individuo tenía armas de fuego, tanques y hasta aviones extranjeros. ¿Pero qué excusa puede haber hoy para que tanta gente quiera volver a convertir a España en un espectáculo de tiempos de cómicos de la legua? O los machos del partido de los machos tienen poderes hipnóticos o la bandera de España con la que se arropan causa efecto apotropaico o Franco tenía razón sobre la facultad intelectual de los españoles -en términos generales, por supuesto.

Porque resulta que el segundo partido de España, con muchos más millones de votantes, vive pendiente de lo que dicen los del partido de los machos para robarles cámara diciéndola más gorda. Su jefe, un chico joven que parecía de lo más razonable, hasta acabó dejándose bigote y barba para ser confundido entre los más machos.

Y resulta que cuando las mamás dejaron de comprar Barbies a sus hijas porque las hijas se dieron cuenta de que la muñeca era una tontita que solo se preocupaba por su vestuario, el segundo partido y el que era el tercero lanzaron políticas tipo Barbie para conquistar, no a las niñas, sino a los padres. Los modelos más vistosos de la muñeca fueron Díaz Ayuso y Arrimadas. Arrimadas tiene un memorión y repite discursos bien estructurados enseñando carteles y todo. Algunos periodistas se atreven a decir que es brillante y que las cámaras la aman. Díaz Ayuso dice unos disparates garrafales que en un monólogo cómico arrancarían aplausos. Los suyos rompen a aplaudir con entusiasmo cuando suelta un disparate en sus monólogos pretendidamente serios. Lo más de lo más es que Arrimadas ganó las elecciones autonómicas de Cataluña y no supo qué hacer, así que se fue a Madrid. Y Díaz Ayuso ganó la presidencia de Madrid gracias a los votos del partido de los machos y parece que tampoco sabe qué hacer.

Y resulta que en Andalucía gobiernan los mismos gracias a los votos del mismo partido y en la alcaldía de Madrid también. Y resulta que de seguir la sanidad andaluza como va, los enfermos andaluces sin recursos tendrán que recurrir a curanderos. A los madrileños les va un poco mejor. Su alcalde corrige sus errores recurriendo a políticas socialistas. Se atribuye los aciertos como si se le hubieran ocurrido a él, pero bueno, peor sería el desastre si aplicara sus desastrosas ideas. Hay, además, otra autonomía gobernada por los mismos tres; Castilla-León. Ayer, los leoneses conmovieron a España exigiendo su independencia. ¿Otro merdé a la catalana? No,no. El procés leonés es constitucional, dicen. Por lo menos nos libramos de presos y de Torras y de Puigdemones.

A ver, se pregunta la mente obnubilada por tanto personaje y acontecimiento inexplicable; ¿qué está pasando aquí? Dijo un prestigioso economista que el neoliberalismo lleva años debilitando la democracia. ¿Es eso? ¿Es que ha caído en las redes de los populistas servidores del Dinero tanto tonto que la democracia, aquejada de anemia crónica, está a punto de palmarla para dar paso a totalitarismos neoliberales?

La mente, agobiada y aterrorizada, se niega a seguir por el camino de reflexiones profundas. Tenemos un presidente y un gobierno en funciones que son demócratas sin discusión, digan lo que digan los demás. Tiene el gobierno un presupuesto que, cuando se aplique, desfará los entuertos causados por el neoliberalismo salvaje del PP. Así que a otra cosa porque, de empeñarse uno en analizar racionalmente esta situación de locos, acaba tonto; víctima tonta proclive a dejarse engañar por los pescadores de tontos; culpable del hundimiento de España dispuesto a pasarse cuarenta años o los que haga falta declarándose inocente porque la culpa la tienen siempre los demás.

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