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Acabemos con las noticias falsas, los bulos, la desinformación y las mentiras
(Foto: TW)

Acabemos con las noticias falsas, los bulos, la desinformación y las mentiras

sábado 28 de diciembre de 2019, 13:19h
Es una evidencia. La mayor concienciación del receptor dificulta a los agentes emisores malintencionados manipular el debate público con información falsa. El 28 de diciembre es el día de los Santos Inocentes. Buen momento para recordar cómo, desde aquel cándido juego del gato y el ratón (donde había que buscar cuál era el amaño que nos introducía la prensa y la radio dentro de su habitual relato informativo) hemos mutado a un tiempo actual lleno de desconfianza ante la invasión de noticias falsas (fake news), bulos y relatos interesados, así como de apaños mediáticos que buscan tergiversar nuestra percepción de la realidad.

En un caldo de cultivo de creciente polarización social alimentado por la pérdida de confianza en los medios de comunicación, en las instituciones públicas o en la soberanía de la ciudadanía… la mentira, el engaño, la exageración y lo incompleto son ingredientes comunes en una sociedad cada vez más tecnológicamente escéptica.

Desgraciadamente, esto es así. Y cada vez que se articula una investigación seria (sea mediática, sea policial), esta afirmación no deja de ser cada vez más rotunda.

Los datos se recogen en libros como “Desinformación. Poder y manipulación en la era digital” (Editorial Comares, 2019), coordinado por el experto Manuel R. Torres de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. O en el manual “Desinformación en el ciberespacio”, un libreto de 33 páginas elaborado en febrero de este año por el Centro Criptológico Nacional (CCN), adscrito al Centro Nacional de Inteligencia (CNI).

Ahí queda patente que la desinformación, en diferentes formas, ha llegado con fuerza a las redes sociales y WhatsApp. Y esto viene potenciado por un ejército de bots (cuentas dirigidas por máquinas simulando el comportamiento humano) que contribuyen a manipular nuestra psicología humana para condicionar nuestras decisiones, nuestras opiniones.

En estos escenarios nuevos para los adultos de Schrödinger existe una intencionalidad, pues la desinformación no es casual: existen razones ideológicas-políticas (no sólo económicas) que tratan de manipular nuestra aprehensión de la realidad.

Estos contenidos son creados con el objetivo de influir en la conversación de las redes sociales para sacar beneficio político porque las noticias falsas se propagan seis veces más rápido que las verdaderas, ya que apelan a nuestras emociones en momentos críticos y así logran una mayor difusión. Además, y esto es lo peor, alcanzan a infiltrarse en los medios de comunicación social y políticamente legítimos.

Ahí queda patente que la desinformación, en diferentes formas, ha llegado con fuerza a las redes sociales y WhatsApp. Y esto viene potenciado por un ejército de bots que contribuyen a manipular nuestra psicología humana para condicionar nuestras decisiones, nuestras opiniones.

Las falsas noticias, que supuestamente determinaron la injerencia rusa en los comicios que en 2016 dieron la victoria a Donald Trump, son triste actualidad en España por su intromisión en la actualidad política: la batalla por la desinformación fue un elemento desestabilizador durante la celebración del referéndum ilegal del 1-O a través de la Unidad 29155, una unidad militar rusa de élite a la que los servicios de inteligencia de varios países vinculan con supuestas maniobras de desestabilización en Europa y cuyas actividades en Cataluña investiga ahora la Audiencia Nacional.

Ante este turbio panorama, la Unión Europea ha tardado en reaccionar contra una amenaza tangible que está haciendo daño a su propio prestigio y alimentando a la extrema derecha en general y a los eurófobos en particular. La UE creó en 2015 un departamento para luchar contra la propaganda y la desinformación que llega de Rusia. Lo llamó East StratCom Task Force.

Después, Bruselas puso también en marcha la web ‘Unión Europea contra la desinformación’ (euvsdisinfo.eu), un proyecto del Servicio Europeo de Acción Exterior que trabaja para dar respuesta a las campañas de desinformación que llegan desde Rusia y afectan a Europa en su conjunto.

En esta guerra cibernética de orden mundial, y dispuesta a combatir los mensajes negativos, es evidente que las medidas adoptadas por la UE –en colaboración con periodistas, plataformas y autoridades administrativas verificadoras de la información, investigadores y sociedad civil– han contribuido a descubrir los ataques y a sacar a la luz los intentos de interferir en nuestros procesos democráticos.

Es una evidencia. La mayor concienciación del receptor dificulta a los agentes emisores malintencionados manipular el debate público.

Esto también condiciona nuestra actitud ante la recepción de la información porque el campo de batalla está dentro de la propia ciudadanía: ya no podemos ser sujetos meramente pasivos, sino que, como todos somos ya responsables de evitar que nos engañen, hemos de ser entidades activas que -cuando seamos conscientes de recibir una información viciada- deben denunciar que lo que está difundiendo el emisor es mentira / falso / incorrecto / manipulado…

Pero no hay que bajar la guardia. Tal y como comunica la Comisión Europea a través del ‘Informe sobre la ejecución del Plan de acción contra la desinformación’ presentado en junio de este año ante el Parlamento Europeo, es necesario seguir actuando para proteger las instituciones y los procesos democráticos de la UE: “La desinformación es una amenaza que evoluciona a gran velocidad. Las estrategias que utilizan los agentes tanto internos como externos, en particular vinculados a fuentes rusas, evolucionan tan rápidamente como las medidas que adoptan los estados y las plataformas en línea”.

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