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Y llegó un tal Pedro Sánchez
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Y llegó un tal Pedro Sánchez

jueves 12 de diciembre de 2019, 01:14h
Hoy tendrán que perdonarme que escriba este artículo desde mi propia experiencia personal. Algún lector pensará que son cosas que solo me interesan a mí. He decidido escribirlas porque concibo la esperanza de que puedan interesar a otras personas que, como yo, estén convencidas de que vivir, lo que se dice vivir, es buscar y crecer buscando. Crecí con miedo al socialismo...

En aquel entonces, donde me tocó crecer, no se distinguía entre la socialdemocracia y el socialismo marxista que oprimía a los proletarios de los países comunistas. El contacto con seres humanos a los que la pobreza convertía en inferiores, inferiores a quienes solo nos acercábamos a ellos para recabar sus servicios y para ganarnos el aplauso de nuestro propio ego, el de nuestros iguales y, de paso, el cielo por ayudarles con migajas de caridad; ese contacto, más bien descubrimiento, me hizo comprender con el tiempo en qué consistía ser un inferior.

No todas las personas con apariencia humana tienen el mismo grado de humanidad. En la escala de la evolución, en el nivel más alto se encuentra el individuo de la especie capaz de forjarse un criterio a base de valores éticos, siendo el valor fundamental el reconocimiento de la grandeza suprema y esencial de un ser humano, al margen de accidentes étnicos, económicos y sociales. Consideramos malo a quien carece de ese criterio; lo que nos hace perdernos en disquisiciones tratando de explicarnos la maldad. Objetivamente, quien no logra distinguir la grandeza de su propia especie distinguiendo esa grandeza en los otros y respetando en los otros la suya propia es, sencillamente, un homo sapiens estancado en un grado de evolución inferior, un ser primitivo.

Quiso mi suerte que llegara a comprender algo tan elemental cuando tenía que elegir carrera. Ese algo hizo que me interesara por la política. Ese algo, también, me fue inclinando hacia el socialismo, un socialismo fundado en dos principios esenciales: el respeto a la libertad de todos los seres humanos, al margen de sus facultades intelectuales y de su grado de evolución; el trabajo por la igualdad sin la cual la auténtica libertad no es posible.

No me sedujo el socialismo del primer PSOE de la transición. Su política me pareció demasiado contaminada por el politiqueo. No voté por Felipe González hasta 1996, y en ese momento lo hice por descarte para evitar que la llamada derecha ganara las elecciones. La primera vez que voté con convicción, con ilusión y con esperanza fue en 2004. Me convenció un tal Zapatero por dedicar su campaña a exponer las medidas sociales que tomaría, de llegar al gobierno. El protagonista de esa campaña no era el partido; el partido era solo un medio. El protagonista de esa campaña era el ciudadano; el ciudadano iba a ser el fin de una política orientada a conseguir la igualdad, igualdad de libertades, de derechos, de oportunidades para poder ganarse una vida digna. En 2008 volví a votar por Zapatero con mayor convicción, ilusión, esperanza y con una gran alegría por no haberme equivocado la primera vez.

Y entonces llegó la crisis y todos sabemos lo que pasó. A Zapatero le echaron la culpa de todas las catástrofes mundiales olvidando cuanto había logrado su primera legislatura. El miedo cegó a los ciudadanos. La mayoría renunció a toda esperanza y se echó a los pies de los que prometían la salvación. El resultado fue una sociedad sometida que, a cambio de una promesa paternalista de protección, aceptó que creciera la desigualdad, que millones de conciudadanos fueran cayendo en los márgenes del camino para no levantarse más, que la libertad y los derechos se convirtieran en el lujo de quien pudiera pagárselos. La política se embarró con las heces de la corrupción, mientras los ciudadanos callaban, embarrados con las heces del miedo.

Y llegó un tal Pedro Sánchez. Le miro, le escucho y casi no me lo creo. Aquella noche aciaga en que salió de la sede de su partido vilipendiado y derrotado por los suyos, le auguré el futuro que seguramente hubiese sido mi futuro en sus circunstancias. Yo hubiese cogido mi coche y mi familia y me hubiese largado hasta llegar lo más lejos posible de la mezquindad del politiqueo. Pero Sánchez, afortunadamente para todos, está hecho de otra pasta. Sánchez cogió su coche y se fue a conversar con sus compañeros de partido para convencerles de que la política socialista, la política orientada a trabajar por los demás, no era una entelequia, era una posibilidad si todos renovaban su compromiso con el auténtico socialismo. La mayoría le creyó y le devolvió la secretaría general.

Sánchez pudo llevar el mismo mensaje por España entera, y la mayoría de los españoles le creyeron aunque casi toda la prensa y los adversarios políticos, incluso algunos de los suyos intentaron destruirle con una campaña brutal. Los que perdieron las elecciones hicieron todo lo posible por que Sánchez perdiera la investidura. Y otra vez Sánchez volvió a la carretera con el mismo mensaje de igualdad y fraternidad, de auténtica política al servicio de los gobernados. Y volvió a ganar. ¿Dónde estaría yo, me pregunto, si teniendo su edad y sus conocimientos hubiese tenido que aguantar las dos campañas que aguantó ese hombre? Seguramente lejos, muy lejos de tantos insultos y tantas mentiras; lejos de la prensa dirigida por los poderes financieros para eliminar a la amenaza socialista; lejos de los millones que siguen votando contra los ciudadanos, incluidos ellos mismos; lejos de quienes votaron a aquellos que, aprovechándose del miedo de los cobardes, prometían arrebatar las libertades y los derechos a los más débiles transformando a los españoles en una tribu de individuos primitivos estancados en fobias anteriores a la civilización de los seres humanos.

Pedro Sánchez no ha huido y, por lo visto, no huirá a ninguna parte. Ayer entró tan tranquilo en el despacho el rey y salió con el encargo de intentar la investidura. Poco después, ante los periodistas, enumeró sus intenciones inmediatas y, como siempre, los puntos clave de su futuro gobierno. ¿No sabe Pedro Sánchez que pierde el tiempo enumerando medidas que la prensa no va a difundir? Claro que lo sabe, pero no le importa. Como en su primera campaña, habla a los ciudadanos, no a los poderes fácticos. Habla como si su investidura fuera posible. ¿No sabe que todos los partidos con representación en el Congreso tienen su voluntad dirigida exclusivamente a los intereses de sus partidos y que la gobernabilidad del país, o sea, el futuro de los ciudadanos les trae al pairo? Lo sabe, claro que lo sabe, pero tiene todas sus facultades ocupadas en trabajar hasta el último momento por dar a los españoles un gobierno dirigido por valores socialistas y no tiene tiempo que perder calculando. Yo, que sí calculo, no consigo animarme el optimismo.

¿Qué pasará si obligan a Pedro Sánchez a convocar nuevas elecciones? Harta del mundanal ruido del politiqueo, solo sé y me interesa lo que me pasará a mí. Y a mí me pasará que volveré a votar por ese hombre de acero de otro planeta con la certeza de que si Pedro Sánchez no puede formar gobierno, nos vamos todos al carajo.

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