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Y si se acaba la risa
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Y si se acaba la risa

martes 10 de diciembre de 2019, 20:00h
España se parte y los independentistas catalanes no tienen nada que ver. España, Cataluña incluida, está partida en dos mundos cuyos habitantes no se tocan ni se hablan. Arriba, la esfera en la que vive la élite política y la élite económica que la gobierna; abajo, los ciudadanos. No se tocan porque los políticos solo aparecen en fotos y pantallas y los financieros prefieren no aparecer. No se pueden comunicar, porque hablan lenguajes diferentes.

Hay, además, en la esfera inferior, unos ciudadanos con nombre propio que destacan por ofrecer, aparentemente, una conexión entre los dos mundos. Son los periodistas. Se supone que el periodista recaba información de los políticos para informar a los ciudadanos de lo que pasa en las alturas y de lo que dicen y hacen los que viven allí. Ocurre, sin embargo, que la prensa, como los políticos, depende de los financieros que la financian, por lo que la información, que debería ser veraz e imparcial, sufre la contaminación de intereses particulares.

El resultado de esa segregación en dos mundos es un absoluto desprecio mutuo. El político es, para la mayoría de los ciudadanos, un individuo egocéntrico, ambicioso, al que se le presume voluntad de mentir y tendencia a la corrupción. Los ciudadanos son, para el político, una masa manipulable que cada algunos años adquiere importancia porque se convierte en votos. En cuanto a los periodistas, la influencia de políticos y financieros en sus trabajos se ha hecho tan evidente que los ciudadanos ya no se fían ni de su veracidad ni de su imparcialidad. Esta situación, humanamente funesta, es la ideal para las élites financieras. Con una ciudadanía ocupada exclusivamente en sus asuntos, los políticos pueden hacer lo que les mandan los financieros y los financieros lo que más les convenga sin temer al control ni a la rebelión.

Puede decirse que la división entre estos dos mundos ha existido siempre; bajo distintos regímenes y, en democracia, sea cual sea el partido que gobierne. Y puede decirse que esto ocurre en todos los países del mundo. En la costra con que la experiencia va recubriendo el alma adulta, una de las primeras capas la forma la desconfianza en los gobernantes. ¿Por qué destacar que esto está ocurriendo en España precisamente ahora como si se tratara de un fenómeno insólito?

En España, ahora, la ruptura entre gobernantes y gobernados ha abierto una grieta muy profunda por la que se han colado unos populistas sin escrúpulos con el objetivo de destruir la democracia. Se les llama franquistas, fascistas, nazis, epítetos que inducen a pensar en épocas pasadas y superadas. Craso error. Abascal y los suyos no son reliquias veneradas por fanáticos nostálgicos de tiempos mejores, aunque esos fanáticos han sido los primeros en caer en sus redes. Vox es un fenómeno de rabiosa actualidad, tan actual como la tecnología dedicada al lavado de cerebros con la que empresas de ámbito global están deshumanizando a las personas para crear una sociedad de androides programados para gastar todo lo que cobran por su trabajo, a fin de conservar y aumentar la riqueza de la élite financiera.

En España, la crisis, gestionada por el Partido Popular, el de los financieros, instiló el pánico en los ciudadanos hasta el punto de hacerles aceptar la corrupción; los recortes en sueldos, en derechos y libertades; lo que hiciera falta con tal de conservar el trabajo que les garantizara techo y comida. Los que no sucumbieron al desastre dando con sus huesos más allá del umbral de la pobreza, se aferraron tan obsesivamente a lo que tenían que el resto del mundo dejó de existir, incluyendo en ese mundo inexistente hasta a sus vecinos de escalera. Garantizado el pan, la mayoría buscó distracción en el circo del fútbol y otros deportes, y una minoría bastante numerosa la encontró en la política transformada en circo.

En circo transformaron la política los periodistas dedicados a ese ámbito, siguiendo el criterio de las empresas: eso vende o no vende. Los programas y las medidas de gobierno no venden. Venden los escandaletes y, en su defecto, palabras e imágenes que causen polémica. Tanto éxito tuvo el invento que los políticos no tuvieron ningún inconveniente en convertirse en payasos y muchos ciudadanos a los que la política no interesaba, se apuntaron al espectáculo gratuito por pura diversión.

¿Qué pasa cuando la política deja de ser la gestión de los recursos en beneficio del bien común para transformarse en espectáculo de cuarta? Pasa lo que está pasando; que los habitantes del mundo de arriba parecen haber perdido el juicio, mientras los del mundo de abajo se parten de risa. ¿Cuántos de esos espectadores votaron en las últimas elecciones generales a tontas y a locas para seguir divirtiéndose? ¿Cuántos lo hicieron de la misma manera por los mismos motivos en Andalucía, en Madrid, en Murcia, en Castilla y León, en varios ayuntamientos? ¿Se lo pasaron bien votando al PP, a Ciudadanos, a Vox, pagándoles con su voto la diversión que les produjeron sus disparates? Con toda seguridad, a los habitantes de esas autonomías y de esos ayuntamientos la risa se les habrá deformado en una mueca de amargura, sobre todo si han necesitado en los últimos meses asistencia sanitaria o un colegio determinado para sus hijos. Jo, ahora sí que se acabó la broma, se dirán.

Si la chifladura de Esquerra Republicana de Catalunya evita que Pedro Sánchez pueda formar gobierno y hay que ir a nuevas elecciones y ante el fracaso de la izquierdas, ganan las derechas porque los ciudadanos vuelven a votar en broma, a muchos españoles se nos va a acabar el circo; a muchos, el pan y a todos, las ganas de reír.

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