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Ignorancia e insignificancia extrema.
(Foto: Europa Press)

Ignorancia e insignificancia extrema.

lunes 14 de octubre de 2019, 13:09h

La intelectualidad no es patrimonio de la izquierda; no existe una superioridad intelectual. Tampoco de la derecha. La capacidad de pensar y decir cosas inteligentes va por individuos. Y la naturaleza no nos dota por igual a todos en inteligencia ni en belleza. Además, eso poco tiene que ver con la ideología. Los genes van cayendo como las semillas al sembrar y el que tiene suerte… pues bien y sino resignarse, más si además se dedican a la política.

Tampoco puede decirse que los que ocupan los extremos políticos de la sociedad son necesariamente los menos dotados. Ni los más centrados discurren mejor. Distinto es que se esté de acuerdo con lo que políticamente proponen, unos u otros. Por ejemplo, yo no quiero que se retroceda ni un milímetro en la igualdad de género y pienso que el neoliberalismo produce mayor pobreza y desigualdad, pero no llegaría a decir que como no piensan como yo, los otros son degenerados, violadores o asesinos. ¡No es obligado compartir, pero si respetar!

La grandeza del pluralismo democrático es que crea un marco donde todos podemos convivir. La convivencia esta varios escalones más arriba que la coexistencia, que la mera tolerancia. Sólo el respeto al otro y a la ley permite resolver los conflictos pacíficamente.

Ahora bien, dicho esto, por alguna razón psicoanalítica, el pensamiento extremo es más propicio a decir burradas y sobre todo algunas y destacadas personas que se sitúan en él. Es ignorancia y algo más.

¿Hay razones para decir determinadas cosas, saliéndose claramente del tiesto a modo de eructos dialecticos? Fácil, llamar la atención, conseguir conocimiento. Es una estrategia de comunicación muy al uso hoy en día. Aprovechando de paso para desviar la atención sobre alguna cuestión que tiene enjundia y que se quiere que se olvide pronto. Una bestialidad será solo escandalo durante unos días luego olvidar y a otra cosa… ahora la política va de esto. Un buen ejemplo es Ayuso, la Presidenta de la CAM. Cuando habla no improvisa. Lee con desparpajo, sin importar que sea una retrógrada alusión a la quema de “parroquias”. Es una alumna aventajada de Esperanza Aguirre llamando desesperadamente la atención. Se sabe un personaje de transición, sin relevancia, teledirigida. Su alternativa, decir algo sin medida que quizás escuchó a su abuela, no le preocupan las consecuencias. Ayuso tendrá que dimitir, abandonar más pronto que tarde el cargo. Un alzamiento de bienes con quebranto de fondos públicos es feo, eso sí le está quemando en sus manos; está más vigente que la quema de iglesias de ochenta años atrás. Recordar aquellos desgraciados sucesos es tanto como reprochar a liberales franceses los asesinatos de sacerdotes refractarios durante la Revolución Francesa. Es una estrategia salir de la mediocridad mediante la mendacidad.

Diferente es lo del aguerrido boina verde Smith y sus exabruptos históricos. Esto no es estrategia, le sale de dentro. El único recurso de un ignorante histórico es el insulto. Todo hecho pasado debe ser recordado con respeto. El pasado de todos. Infamia y calumnia deberían de quedar lejos de la discusión y más cuando nos referimos a personas que vieron truncadas sus vidas cuando ni siquiera habían comenzado a vivir, que murieron violentamente producto de la irracionalidad colectiva. Ningún fusilamiento tiene sentido, ninguna muerte violenta, ni las batallas, ni los bombardeos o asesinatos, aunque enarbolen conceptos patrióticos.

La política debe con urgencia abrir un proceso de regeneración. Hay que dejar fuera del juego institucional a aquellos que hablen de quema de conventos, sea por notoriedad o por el gusto de decir majaderías por ignorancia o ardor guerrero. España necesita muchas cosas, pero entre ellas no se cuenta la exacerbación política.

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