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No hay mayor injusticia que la perversión de la Justicia

No hay mayor injusticia que la perversión de la Justicia

martes 08 de octubre de 2019, 16:29h
No hay mayor injusticia que la perversión de la Justicia. Probablemente no haya mayor indefensión para la honestidad que la inquina política penetre en la justicia y el mazo se convierta en mazazo para la gestión honesta.

No hay sociedad preparada para que la justicia se haya convertido en la trampa mortal de quienes una y otra vez inocentes caen en manos de quienes, con cuentas pendientes e ideas reaccionarias –siempre de derechas- usan el poder de la justicia como apéndice de las peores prácticas políticas posibles.

Las líneas éticas exigentes con la pulcritud en la gestión política, sobre todo cuando de fondos públicos se trata, es tan loable como a veces pueril en España porque, en el país del Lazarillo de Tormes y del expolio de la derecha a lo público, elevar el listón sólo de una parte, convierte el obstáculo en oportunidad a la carencia de escrúpulos.

La jueza Alaya se ha empeñado en predicar con el ejemplo las palabras de Shakespeare: "Es cosa sabida que la humildad es una escala de la ambición incipiente, a la que vuelve el rostro el trepador; pero una vez en el peldaño más alto, da entonces la espalda a la escala, tiende la vista a las nubes y desdeña los humildes escalones que le encumbraron".

En España, cuando el infortunio une en una fórmula magistral la ideología, el resentimiento, la presa fácil y la oportunidad, se producen –con casi total seguridad- la imputación de Vicente Fernández, presidente de SEPI por un "nosequé" judicial (qué más da la verdad si ya hay dos absoluciones, un informe absolutamente esclarecedor de la Intervención General del Estado, la UCO y el sursum Corda) que ha acelerado el pulso de la jueza Alaya cuando una empresa no ha conseguido la adjudicación de una concesión poniendo las gónadas que caracterizan a la extrema derecha en todos sus negocios encima de la mesa.

Es muy probable que si el presidente de SEPI hubiera sido de la castellano leonesa aldea de Peleas de Abajo o de su vecina Dios le Guarde, hubiera escapado al ansia del resarcimiento de la vindicta de la magistrada, pero tuvo la mala suerte de confluir en él el adictivo glutamato judicial del resarcimiento y de las cuentas pendientes no resueltas con otros actores –qué casualidad, también socialistas- de la política andaluza.

Así, y tras la imputación, y antes siquiera de que muchas de las personas amanecieran con la noticia, Vicente Fernández presentó su dimisión a la Ministra Montero, mucho antes del obligado Código Ético del PSOE.

Un perfil técnico que, en sus meses al frente de SEPI devolvió a la Sociedad Estatal de Participaciones Públicas al siglo XXI de la gestión responsable de los bienes públicos, que enfrentó herencias pasadas sin resarcimientos ideológicos en los equipos con los que se encontró. Como los buenos guardianes, siempre atento a las oportunidades y a los problemas, con la generosidad ignota hasta la fecha de permanecer en un segundo plano para que el mérito lo llevaran aquellos a los que tanto ha ayudado.

Tras el perfil técnico y discreto, un hombre sensible y comprometido con la justicia social, con la Igualdad y con algo que destaca en el magma de griterío y pandemónium político: el debate sereno, los tiempos lógicos de la reflexión y el diálogo sin que se pudieran agotar las palabras.

Los quince meses al frente de la gestión del Grupo SEPI han obtenido resultados cuantificables y cualificables, algo que no parece ponerse en duda por nadie.

En este país algún día deberíamos hablar de cómo resarcir a las personas de su honor cuando se demuestra su inocencia, cómo perseguir mutar la inocencia en una culpabilidad construida a base de martillazos que deforme la realidad, como conseguir que la justicia no se convierta en el mazo que abata las carreras profesionales –sean políticas o no- como si se trataran de medievales duelos al amanecer entre la política.

También de homogeneizar las reglas de juego para que los protagonistas de la contienda no partan de la desigualdad que supone la falta de escrúpulo contra la intachable ética que, en ocasiones actúa más desde la apariencia que desde la responsabilidad, para evitar que la derecha ría como cuatreros alabando el botín de Ali Babá en la cueva de los miles de ladrones, a la vez que aposta a los vigías de las esencias en las trampas de la honestidad tan mal entendida de un Estado de Derecho que proporciona canicas a inocentes y balones de reglamento a jueces en desiguales partidas viciadas por ideologías contrarias.

Como decía Umberto Eco, "duro oficio el del inquisidor; tiene que golpear a los más débiles, y cuando mayor es su debilidad".

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