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Si hay que ir, se va
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(Foto: Europa Press)

Si hay que ir, se va

domingo 21 de julio de 2019, 12:38h
España está a punto de sufrir la mayor catástrofe de su historia; una catástrofe irremediable que afectará a la vida de todos los españoles impidiéndonos vivir, con más o menos reposo, anclados en nuestras rutinas cotidianas. ¿Otra depresión? Peor. ¿Golpe de estado, guerra? Peor.

Enciende uno la radio o la televisión a la hora de las noticias y de las tertulias, y sea cual sea la cadena, salen las voces de los autorizados a tener voz pública augurando lo peor de lo peor para la semana que viene. ¿Y qué es lo peor de lo peor? En este momento crucial de la historia patria, nada puede ser peor que vernos empujados a votar otra vez, dicen todas las voces autorizadas. ¿Elecciones? Como a primera vista y a bote pronto el tono catastrófico del augurio parece algo exagerado, las voces autorizadas nos lo explican.

A los infelices ciudadanos de este país nos han llamado a votar cinco veces en cinco años. ¡Cinco veces! Cinco veces en cinco años, a los pobres españoles anónimos nos han echado a la espalda el pesado fardo del poder, el poder más pesado, el poder de elegir a quién entregamos nuestro bienestar, nuestra vida para que la gobierne; y nadie nos paga por ejercer ese poder terrible que puede comprometer nuestra vida y la de todos durante cuatro años. Ahora quieren llamarnos otra vez. ¡Otra vez! Otra vez el ciudadano anónimo tendrá que levantarse un domingo con un peso sobrehumano sobre su mente, sobre sus hombros, sobre sus piernas, angustiosamente estresado por las dudas. ¿Primero a la playa y después al colegio electoral o primero al colegio electoral y después a la playa? ¿Primero al vermut, que es sagrado, y después a la comida de todos los domingos y después a la siesta, que es sagrada también? Ya se irá a votar cuando se haya cumplido con los ritos de todos los domingos. ¿Y si hay fútbol? El anónimo que no tiene planes de playa ni de vermut ni de comida familiar se encuentra igualmente obligado a plantearse si está dispuesto a pasar por el agobio de hacer cola para votar. ¿Puede haber algo más grave que esas dudas existenciales? Así no se puede vivir.

Bueno, pues visto así, a lo mejor tienen razón, pero uno que no es muy ducho en cuestiones filosóficas se pregunta, con profunda humildad, eso sí, si lo de la democracia no se hizo para que los ciudadanos eligieran a sus representantes. Sí claro, contestan las voces autorizadas, pero sin abusar. El contrato político entre ciudadanos y gobernantes dice que al ciudadano se le molestará para pedirle el voto cada cuatro años, más o menos. Molestarle cinco veces en cinco años es un disparate, sentencian. Y uno que es muy humilde y quiere ser buena persona les dice, que bueno, que tampoco es tan grave, que si hay que ir, se va. Eso lo dirá usted, le replican las voces con gélido desprecio, pero sepa que la mayoría se quedará en su casa para castigar a los políticos que no han querido ponerse de acuerdo.

El anónimo se queda ojiplático y ojiplático pregunta. ¿La mayoría se va abstener? ¿Para castigar a los políticos? ¿Como en Andalucía para castigar al PSOE? ¿Cómo en las zonas más pobres de Madrid para castigar a Carmena? ¿Y dicen ustedes que el castigo les va a caer a los políticos? Y a los de nómina de miseria porque los del bloque de la tres derechas van a bajar los impuestos a los más ricos y van a bajar el salario mínimo, ¿no? Y a los pensionistas que tendrán que agradecer que les aumenten el 0,25% a la pensión, lo que les permitirá, al menos, sentarse en un bar y pagarse un café una vez al mes, ¿no? Y a las madres que no podrán seguir trabajando porque no pueden pagar el aumento de las guarderías y no tienen abuelos a quienes recurrir para que les cuiden a los niños, ¿no? Y a las mujeres con maridos bestias que no tendrán quien las defienda porque van a desmantelar instituciones y asociaciones dedicadas a rescatar a las mujeres indefensas de las garras de los machos salvajes, ¿no? Y a los niños con los pulmones en formación y a los viejos con corazones y pulmones averiados porque todo lo que contamine tendrá libertad para seguir contaminando, ¿no? Parece que el castigo por la abstención se va a repartir transversalmente entre todos los ciudadanos, ¿o no?

Bueno, sí, admiten las voces, pero por culpa de los políticos de izquierdas que no quieren negociar. Y el anónimo, que está sufriendo un ataque de realismo, les contesta para sus adentros: A mi qué carajo me importa quien tiene la culpa. Lo que me importa es que por la culpa de quien sea me van a jorobar a mi, a todos. Y no por fastidiarme una hora de domingo haciéndome votar. Nos van a jorobar los gandules que no votan y que encima se dan importancia repitiendo las razones para no votar que han oído en la radio y en la tele. Que se lo pregunten a los andaluces, a los madrileños, a los de todos esos sitios que han caído en manos de los corruptos de siempre gracias al poder de los que no votan, y en manos de los que dan el poder a los corruptos de siempre con tal de que les toque algo para no perder la esperanza, y en manos de los del superpoder que ha resucitado de la tumba los valores que hacían de España una, grande y libre, y de los españoles, un hato de mindundis sumisos.

Lo de las voces de los distinguidos tertulianos y comentaristas varios de este país es de traca, se dice el anónimo. Resulta que el presidente del gobierno en funciones no aparece en conferencias de prensa para explicar el curso de las negociaciones con su socio preferente; lo que demuestra su opacidad, su falta de interés, su incapacidad para negociar. Resulta que el presidente del gobierno en funciones concede dos entrevistas a presentadores de programas de máxima audiencia y ofrece información detallada del curso de las negociaciones con su socio preferente y de la postura del gobierno sobre los asuntos a negociar; lo que demuestra que sobreactúa, que impone vetos, que antepone cuestiones personales a la negociación programática, que le puede la soberbia, que quiere monopolizar el poder.

El anónimo que escucha esas voces de sonoro nombre que se sacan pingües sobresueldos haciendo la ronda por radios y televisiones y escribiendo artículos en los periódicos más reconocidos; el anónimo que les escucha haciendo un esfuerzo por entenderles porque las pantallas aún no han conseguido hacerle perder sus dos dedos de frente y su conexión con la realidad; ese anónimo, repito, se queda a cuadros. Porque resulta que también escuchó las entrevistas que concedió el presidente en funciones y no le cabe en la cabeza que los tertulianos y comentaristas varios que están comentando lo que dijo el presidente hayan visto y oído lo mismo que él. ¿Qué Pedro Sánchez sobreactuó y, como dijo una de esas voces, se le notó la sobreactuación hasta en los gestos? ¿A qué Pedro Sánchez vieron? El anónimo recuerda una entrevista que le hicieron a un cómico de este país en la que le preguntaron por qué no incorporaba a su repertorio imitaciones del presidente. El cómico contestó que el presidente es tan sobrio en voz y gestos que no se le podía imitar para hacer gracia. O sea, que por lo que parece, los tertulianos y comentaristas varios de este país tienen mas imaginación que el más cómico de los cómicos. A menos que las razones de su desvarío sean más prosaicas que las que ofrece la siempre poética imaginación. ¿Pero para qué meterse en ese jardín? Vivir cuesta mucho y cada cual se lo monta como puede.

El anónimo que, con ánimo de informarse, lee periódicos y escucha a voces autorizadas, ha aprendido a dudar, que es lo que hacen los inteligentes, le han dicho. Y la duda le lleva a una primera deducción aprendida de la desconfianza de sus mayores. Aquí hay gato encerrado, se dice, y el gato huele mal. Porque eso de meter a todos los políticos en el mismo saco presentando el saco a las audiencias como un saco de ineptos ególatras que solo buscan su propio beneficio y el de sus partidos puede sonar a imparcial equidistancia, pero también puede actuar como un veneno que vaya deshaciendo lentamente los fundamentos de la democracia de este país. Si todos los políticos son iguales, se puede preguntar la mayoría, ¿para qué voy a votar? Y el anónimo ilustrado observa que, mientras los políticos se desgañitan en campañas recorriendo todo el país para pescar votos, las sesudas voces autorizadas, con sus dueños cómodamente sentados ante micrófonos, hacen campaña por la abstención. Votar es un engorro. No hay derecho a obligar a los ciudadanos a que voten por el gobierno del país más de una vez cada cuatro años, dicen. Y siguen diciendo con cautela, buscando palabras que no les comprometan, que convenzan. ¿Convencer de qué? Convencer de que todos los políticos son iguales y de que ningún político en este país merece el esfuerzo de votarles. ¿Pero no es este un modo flagrante de cargarse a la democracia? Flagrante, no, porque no hay voz autorizada que se atreva a decir las cosas tan claras. Lo de que ningún político merece el voto se sugiere. La sugerencia se repite agitando constantemente el saco donde los han metido a todos. La repetición va actuando como un gusano que se introduce en los cerebros de lectores y oyentes. Al final, la mayoría acaba tomando Coca-Cola sin darse cuenta, como aquellos televidentes americanos que en los 50 fueron sometidos a un experimento sobre la sugestión subliminal. Salía en sus pantallas un anuncio: “Tome Coca-Cola” a un tamaño y a una velocidad que el ojo no podía percibir, pero sin percibir nada raro, los que estaban viendo el programa agotaron esa noche todas las existencias de Coca-Cola de su localidad. Enseguida prohibieron esse tipo de anuncios. ¿Qué le pasa al cerebro después de oír en todos los medios que Pablo Iglesias solo quiere negociarse un puesto en el Consejo de Ministros y que Pedro Sánchez no quiere ceder por soberbia? Tras pasar el mensaje por las cincunvoluciones cerebrales, llega misteriosamente al reino de la voluntad y allí resuelve las dudas de indecisos y gandules justificando, sin cargos de conciencia, la decisión de no ir a votar.

En su rincón de pensar, el anónimo decide prescindir de todo lo que dicen los analistas y plantearse en bruto, en claro, lo que hay. Hay un señor con pinta de progre de los 80 que en vez de llorar por los millones de votos que ha perdido y los pocos diputados que ha conseguido sacar, se ha puesto a buscar tajada porque esos diputados le hacen falta al presidente en funciones para dejar de estar en funciones y ponerse a trabajar como presidente de pleno derecho. Exige entrar en el gobierno como ministro. Lo exige después de poner en duda la fiabilidad del presidente y de su partido y de proclamar la necesidad de que le hagan ministro para controlar al gobierno y evitar que se desvíe a la derecha faltando a sus promesas electorales. A ver, hay que ser un ignorante total para no darse cuenta de que con esas premisas, una persona así en el gobierno garantizaría follón constante y constante inestabilidad. Para dar una vicepresidencia o el ministerio más oscuro a Pablo Iglesias, Pedro Sánchez tendría que ser un irresponsable, además de tonto de capirote, lo que, evidentísimamente no es el caso. No podría decirse que no lo es en el caso de Iglesias. ¿A quién se le ocurre exigir que le metan en un gobierno poniendo al presidente y a todo su partido a parir? En fin.

Viendo que, se ponga como se ponga, sus exigencias no cuelan, Pablo Iglesias se sacrifica quitándose de en medio, pero con condiciones. En el gobierno tienen que entrar algunos suyos; los que diga él. Y el primer nombre que salta a las ondas es el de su mujer. Al anónimo se le abre la boca y abierta se le queda, pero por dentro sonríe. Jo, se dice, hay políticos a los que les falta un tornillo y están convencidos de que a todos los demás nos falta también. Pero creer que Pedro Sánchez adolece del mismo trastorno solo se explica suponiendo que algunos políticos también creen, en el fondo, que todos los políticos son iguales. Y salta el segundo nombre: Echenique. El anónimo ya ni se sorprende porque ya ni se lo puede tomar en serio. Resulta que hacen dimitir a un ministro porque había tenido un problema con Hacienda por el que ya había pagado y Pedro Sánchez va a ser tan tonto que va a poner de ministro a uno que tuvo a un empleado trabajándole en negro. ¿Para que las derechas empiecen a pedir su dimisión después del primer Consejo de Ministros o antes?

Esto no es serio, se dice el anónimo. Un gobierno con una bomba adentro, llámese como se llame, es de viñeta. Seguro que ni Sánchez ni su equipo ni los militantes de su partido, que no se cansan de tuitear sensatez, van a caer en una trampa tan burda. Entonces, ¿qué? Entonces, que digan lo que digan las distinguidas voces de los analistas de todos los medios de este país y que pase lo que pase, si hay que ir a votar otra vez, se va, y se acabó la comedia.

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  • Si hay que ir, se va

    Últimos comentarios de los lectores (3)

    3905 | Francisco - 23/07/2019 @ 07:15:29 (GMT)
    Votar de nuevo cuesta dinero. Hay, además, el riesgo de la abstención, que beneficiaría a los mayoritarios, con la posibilidad de no alcanzar la mayoría absoluta, que, por otra parte, a mi juicio, no es muy conveniente. Entonces, volveríamos a empezar con los encuentros y rumores de pactos. También se corre el riesgo de que gane la derecha e introduzca en el Gobierno a un nuevo socio: VOX. Lo más recomendable sería un pacto PSOE- PODEMOS con un programa social adecuado a las necesidades del país, o bien un pacto de investidura, en el que el PSOE se comprometiera a cumplir varios puntos fundamentales para el.país, negociado lealmente con Unidad Podemos. Son las dos unicas salidas.
    3902 | Joaquín Barrientos - 22/07/2019 @ 10:41:01 (GMT)
    Una y mil veces votar, antes que vuelvan ellos.
    3896 | Zacarías Machado - 21/07/2019 @ 15:50:04 (GMT)
    No creo que haya que ir a nuevas elecciones, la descomposición de podemos es tal, qué acabarían fuera del hemiciclo la mayoría de ellos.

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