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Disonancia y globalidad
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Disonancia y globalidad

miércoles 03 de julio de 2019, 01:27h

Siempre he tenido la sensación de que los globos eran objetos amables. Los niños/as los desean porque son juguetones y se desplazan de forma aleatoria, como si estuvieran dotados de voluntad propia. Usamos los globos para adornar las fiestas infantiles o las de carnaval, sus colores animan el ambiente. Hay globos famosos como el de Charles Chaplin en la película el Gran Dictador. Incluso algunos usan los globos para gastar bromas en noches señaladas. ¡Qué bonitos son los globos!

Sin embargo, de un tiempo a esta parte utilizamos una palabra, globalización, para designar algo que, según sus usuarios, es nocivo para las personas. Si nos atenemos a lo que significa la palabra globalización, acción de integrar en un todo cosas diversas o acción de dar a algo carácter de universal, no parece que ninguna de ambas acepciones sea algo pernicioso para el ser humano. Claro que quizá el uso de las acepciones del Diccionario de la Lengua Española no responda a lo que algunos pretenden transmitir con globalización. A muchos y muchas no parece que les guste lo global y, a pesar de la multitud de artículos y libros que llegan a mis manos, sigo sin entender dónde está la maldad de lo global.

Desde hace tiempo había entendido que las mejoras en los medios de transporte, que permitían una más fácil comunicación entre las personas, contribuía de manera destacada a que el mundo, nuestro globo común, se hiciera más nuestro, más de todos. Los viajes, que se han multiplicado en número y en frecuencia, nos sirven para que los ciudadanos del mundo se sientan más próximos entre sí. Aún conservo el globo terráqueo con el que obsequié a mi madre en sus últimos años de vida; gustaba de pasar horas ante los mapas de lo muchos atlas que tenía y de dar vueltas a su globo. Era su forma de sentir que el mundo no le era ajeno.

Tengo para mí que rechazar lo global es manifestar una disonancia con relación a nuestra forma de vida, porque esta no sería posible si no fuera por lo “global”. Y es que, gracias a lo “global” hemos reducido los costes de un gran número de productos que usamos a diario. Y al usarlos no nos preguntamos de que parte del globo terráqueo proceden esos productos. Es más, nos vemos como unos “avanzados” al usar esos exóticos productos venidos del más allá. De un más allá lejano y distante.

A veces me invade la sensación de que aquellos que hemos nacido fuera del territorio español, que en estos momentos no sé dónde tiene sus límites, y nos hemos visto obligados a viajar, aunque sean pocos los kilómetros recorridos, para llegar a nuestro país, aceptamos con mayor facilidad a aquellos que acuden a nuestra tierra, atraídos por la prosperidad que transpiramos, con relación a la mayoría, y por la necesidad que dejamos ver de contar con una fuerza laboral de mayor vigor que la propia. Porque nuestra fuerza laboral en su conjunto ve disminuir, de forma queda pero constante, su tesón, ese tesón que antaño nos hizo limar algunas diferencias con el resto de Europa.

No obstante, la globalización tiene un inconveniente, nos acerca los problemas, no solo nos acerca ventajas. La globalización hace visibles, a ojos de muchos, lo que antes solo veían unos pocos que viajaban por el mundo. La globalización, al acercarnos los problemas, nos impide mantener ese espacio de confort que nos habíamos creado en unos cuantos países. Visitar ciertos territorios y ver cómo otras personas eran capaces de fabricar los mismos productos que nosotros, pero sin las coberturas o los salarios que nosotros teníamos, no era demasiado desagradable porque enseguida volvíamos a nuestro espacio idílico y olvidábamos lo molesto. Pero los tiempos han cambiado y lo molesto se ha situado a la puerta de nuestras viviendas en las que podemos entrar en contacto con esos repartidores de Glovo, Uber Eats o Deliveroo que perciben retribuciones ínfimas y que nunca pensamos que llegarían hasta aquí. Pero ya ven, seguimos encargándoles comida, de la misma forma que seguimos comprando vaqueros traídos de ese más allá lejano y distante.

¿Es un problema la globalización?, ¿no será que la globalización ha puesto al descubierto una casuística que existía, pero no queríamos o no éramos capaces de ver?

El problema no es la globalización, el problema es cómo se han puesto en marcha planes de crecimiento económico en ciertos países que permiten la no incorporación de ciertas reglas que creíamos definitivamente desterradas y que solo están aparcadas en nuestro ámbito. Países donde no existe sistemas de previsión social, territorios donde no existen coberturas sanitarias equivalentes a las nuestras, lugares en los que no hay reglas de trabajo equiparables a las que tenemos, centros en los que se practica la explotación infantil que es algo olvidado. ¿De verdad creen que esto es culpa de la globalización?

El comercio libre no impide que existan mercados regulados, lo que no podemos mantener por más tiempo son mercados sin control con comercio restringido, el mundo al revés. El acceso a ciertos mercados está sumamente restringido, pero una vez dentro y sobre todo si es para obtener productos que exportar, entonces anchas son China y la India y Pakistán y Indonesia y Malasia.

La UE (Unión Europea) acaba de alcanzar un acuerdo de libre comercio con MERCOSUR (Mercado Común del Sur, formado por Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) que supone un avance en la dirección contraria de la que lleva el mundo últimamente, porque es una clara apuesta por la globalización y por el multilateralismo, esa práctica política que tanto molesta al inquilino del 1600 Pennsylvania Avenue y que tan buenos resultados proporcionó en otros tiempos en la resolución de conflictos. Un acuerdo que nos abre, recíprocamente, a un importante número de países y que debería llevar aparejada la puesta en marcha de ciertas prácticas que permitan cambiar la imagen que tenemos de la globalización, de la misma manera que estoy seguro que supondrá el acuerdo entre la UE y Canadá.

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