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EN MEMORIA DE ALFREDO

Solo le vi llorar dos veces...
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Solo le vi llorar dos veces...

viernes 10 de mayo de 2019, 17:37h

El profesor de química no fue capaz de conseguir mantener la aleación de hombre de Estado duro, y aparentemente irrompible forjado en centenares de batallas excesivamente duras, muchas ingratas y otras tantas injustas. Se rompió la coraza y ese día, acompañado de Patxi López, brotaron lágrimas de alegría, de ilusión, de una batalla ganada a muchos años de terror, con el recuerdo de tantas voces apagadas por la sinrazón de la intolerancia de quienes echaron un órdago a la Libertad, con mayúscula y fueron vencidos por la Democracia, también en mayúsculas.
La segunda vez, la voz se le rompió cuando anunció que dejaba la primera línea política agradeciéndole al PSOE todo lo que este le había dado.

Fue profesor y maestro en tiempos de construcción del estado de bienestar, comprometido como nadie con la justicia social y con la Democracia, a la que defendió con uñas y dientes hasta conseguir imponerla al terror. Un hombre acostumbrado a sentir sus palabras hasta el punto de no necesitar papel que las contuviera, buen orador, maestro de quienes empezábamos a comunicar con más avidez que eficacia, un contenedor de emociones convertido en esa política que será debidamente reconocida y que le hará justicia cuando los años otorguen ese carácter añejo de los mejores vinos.

Dice la leyenda del PSOE que los socialistas no mueren, que se siembran, y probablemente Alfredo haya diseminado millones de semillas de compromisos tan necesarios para un país como el de la Educación y el de la Paz. Uno de los pocos lujos que podemos elegir en esta vida es el ser capaces de rodearnos de personas de las que poder aprender, de permitir que las huellas indelebles de la inteligencia y la sensibilidad rodeen nuestra existencia como ese anillo invisible del tronco de los árboles. Alfredo fue uno de ellas.

Sin embargo hay cosas que Alfredo no pudo llegar a enseñarnos, a que personas como él nos provoquen indiferencia, a que los días del devenir cotidiano alejado de la primera fila política aminoren las experiencias vividas y, sobre todo, que su ausencia nos duela hasta encogernos el corazón, hasta dejarlo chiquitito.

Me quedo con los ojos vidriosos de la alegría contenida, la sonrisa de la victoria compartida con todos, con la seguridad absoluta de haber conocido, aprendido y admirado a un hombre que merece la pena. Perdóname si me niego a que te vayas de mi recuerdo.

Que la tierra te sea leve, Alfredo.
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