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La fiesta de la democracia
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La fiesta de la democracia

martes 30 de abril de 2019, 00:30h
Cada día en que se celebra un nuevo plebiscito electoral es una jornada más ganada a teocracias, dictaduras y oligarquías diversas. Entendemos por tanto, que el alto precio pagado en sueldos e intendencia a escala nacional en unas elecciones políticas bien vale si se consigue la ausencia de gobiernos autocráticos.

La democracia se viste de fiesta el día de las elecciones, ya sean éstas para votar individualmente a candidatos y candidatas a diputados del Congreso y Senado, a concejales de los ayuntamientos, a diputados de las Asambleas regionales o a diputados del Parlamento Europeo.

Votar es un derecho humano y quienes sienten pereza o aversión a ejercerlo deberían considerar los miles de años en que nadie pudo votar y la cantidad de hombres y mujeres que han muerto por conseguirlo.

El siglo XX es la centuria en que la humanidad se concede a sí misma el sufragio universal, desde la mayoría de edad en adelante, tras años de manifestaciones reivindicándolo, tras décadas de concesión de votos parciales solo a nobles, solo a hombres. Hoy es el día en que las personas discapacitadas y extranjeras aún tienen muchos problemas para ejercer, en el mundo entero, su derecho a voto.

La responsabilidad ciudadana que se siente entrando en un colegio electoral consigue hacer reflexionar a los gobernantes si tendría el mismo poder de aceptación y efectividad una consulta electoral simplemente telemática.

El día D, recodémoslo, hay un universo de vecinos y vecinas convocados, una larga lista de personal funcionario de servicio: carteros, limpiadores, policías, administrativos, informáticos, periodistas, encuestadores, interventores, apoderados , miembros de partidos políticos…y además un mundo de conocidos de escalera y portal que se saludan, que se encuentran, que celebran verse en el mayor acto igualitario de la nación, donde cada voto cuenta y, situándonos en una misma circunscripción, suma lo mismo el de los ricos que el de los pobres, el de los gitanos que el de los payos, el de los universitarios que el de los que no aprobaron la ESO, el de los jefes de empresa que el de los parados.

Una papeleta depositada en una urna es un documento anónimo al que le faltan matices, desde luego, palabras, carne y sangre, pero es un sobre que nos iguala como individuos y nos concede la posibilidad de elegir entre propuestas diferentes, precisemos, muy diferentes.

Volvamos a la jornada clave. La Junta Electoral nos ha enviado con antelación la tarjeta censal y las papeletas optativas, ha elegido a los miembros de las Mesas, ha incluido a los vecinos y vecinas de una calle en un directorio del censo, ha distribuido urnas y documentación reglamentaria, y finalmente, los votantes se acercan a ejercer su derecho, la mayoría en parejas o en familia, con la documentación personal, la responsabilidad y el protocolo que exige tal derecho. Hay saludos, besos y abrazos en el vestíbulo del colegio entre conocidos que hace tiempo no se han visto, hay interventores de partidos adversarios que toman una galleta juntos, hay familias que votan unidas, parejas que acuden con sus hijos, ancianos que llegan a la Mesa con sus cuidadores, jóvenes de 18 años que se estrenan, en fin, toda una variedad de conciudadanos dispuestos a emitir su voto: merece la pena contemplarlo y valorarlo.

La jornada electoral pasa por sucesivas etapas: constitución de las Mesas, votación general, recuento y entrega de documentación cumplimentada, todas en combinación con un ejercicio común de responsabilidad y honestidad por parte de los miembros de la Mesa, que multiplicado por el número de Mesas electorales de la nación nos da idea del inmenso esfuerzo de inteligencia y buena voluntad desarrollado.

Es posible que los votantes estemos más enterados de las ocurrencias políticas difundidas por las redes o de los anuncios en mítines que de los programas electorales. Es posible, cierto en realidad, que las expectativas ciudadanas son mayores que las iniciativas tomadas por los gobiernos posteriores. Es evidente que la democracia no es perfecta y que este modo electoral de elegir a nuestros representantes políticos en el gobierno de la nación, de las autonomías y ciudades parece mejorable en un futuro, pero hoy por hoy son la realidad con que contamos y el punto crucial al que hemos llegado, dado nuestro nivel de inteligencia y desarrollo.

Las anécdotas son innumerables. Mientras el vecindario vota, ocurren fallos mediáticos, intentos de engaño, pullas entre personas, urgencias médicas, accidentes y hechos simpáticos: novios que se reencuentran tras mucho tiempo sin hablase ni verse, personas que, en la fila de la votación, se citan para merendar después, o deportistas que se presentan a votar con bicicleta y mallas, todos propios de seres que están vivos, que razonan, que se cansan, que(al menos hoy por hoy en España), dedican una hora de ese domingo, de su día libre y más familiar, más religioso, a cumplir con una gran y esporádica obligación ciudadana.

El mismo sol espera al día siguiente, el mismo empleo, la misma ciudad, la misma realidad intensa y en general difícil, poblada de obligaciones familiares y cuentas que pagar, pero la historia nacional empieza cada legislatura y la posibilidad de cambio se inicia con ella también, ya que todo en la vida es cambiante, fluctuante, maleable, mejorable.

La jornada electoral constituye una fiesta para la democracia y un reto para el estado. Es un espejo donde la nación se mira. El capital humano y financiero invertido en la misma es impresionante.

La responsabilidad de afrontarla lo mejor posible corresponde a cada individuo. Pronto tendremos en España dos ocasiones para demostrarlo con la generosidad y el deber histórico que se nos presume.

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