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Gana el espectáculo

Gana el espectáculo

martes 23 de abril de 2019, 14:22h
Cuando parecía que en el mundo occidental la sociedad avanzaba en el conocimiento y la cultura por el acceso a los estudios superiores de la mayoría de la población, de repente se produce un frenazo y, enseguida, un retroceso a la época de mayorías analfabetas. Las causas y sus consecuencias pudieron verse en el debate de este lunes.

Casi toda la prensa coincide en que el debate lo ganó el candidato que soltó más mentiras e insultos contra el presidente del gobierno, que aderezó su intervención con fotos enmarcadas insistiendo en enseñarlas a la cámara y hasta poniéndole una al presidente en su atril, que empezó su soliloquio final con dramáticos silencios que solo él oía porque de fondo sonaba la sintonía del programa. La intervención de Rivera fue vulgar, chabacana, dirigida a espectadores aquejados de infantilismo –a esa hora se supone que no había niños despiertos-, a un público, en fin, incapaz de discriminar entre un político que aspira a la presidencia del gobierno y un populista follonero.

Hasta ayer, el follonero mayor era Pablo Casado. Viene triunfando en las redes una paráfrasis del lema del Partido Popular: “Follón seguro”. Pero parece que sus asesores y otros con poder en el partido tiraron de las bridas para amansar al potro procurando que diera una imagen más presidencial. Hizo y dijo pocas tonterías, aunque soltó tantas mentiras como pudo meter en el tiempo que le correspondió. Sus gráficos y las cifras que citaba fueron desmentidos casi de inmediato por los periodistas que se dedicaron a detectar bulos, pero eso no preocupa a los asesores y redactores de discursos de su partido. Están convencidos de que la mayoría de los españoles son semianalfabetos o analfabetos funcionales que no entienden de cifras ni tienen el menor interés por descubrir la verdad. La contención de Pablo Casado solo le sirvió para que la mayoría de la prensa le pinte de gris y le haya visto eclipsado por el naranja chillón de Rivera.

Pablo Iglesias fue didáctico, algo que ni gusta ni conviene a los poderes visibles y a los tapados del país. Convencidos de que la mayoría no lee, no piensa, no sabe, a los manipuladores no interesa que alguien intente informar, hacer pensar. Una mayoría informada y dispuesta a reflexionar sobre la información no resulta manipulable. Bastante dinero le cuesta a los poderes financieros instilar en la mayoría la adicción al entretenimiento para atontar la facultad racional y bastantes esfuerzos dedican los medios a ganarse ese dinero entreteniendo más que sus competidores. Que salga un candidato dando lecciones de Constitución no conviene a nadie dispuesto a saltarse la Constitución en todo aquello que no convenga a sus intereses. Hoy la prensa apenas le dedica unas líneas a Pablo Iglesias entre las cuales se puede deducir que aburrió hasta a las piedras porque prácticamente no se metió con nadie.

¿Y qué dice la prensa del presidente del gobierno? Salvo un diario panfleto que solo leen y se creen unos cuantos fanáticos sin criterio moral, todos dicen que salió ileso de los ataques y las mentiras de Casado y Rivera. ¿Nada más? Nada que decir sobre su defensa impecable de su cargo institucional negándose, como siempre, a saltarse la división de poderes diciendo si indultará o no indultará a los independentistas presos. Nada que decir sobre los decretos sociales de un Consejo de Ministros que en diez meses transformó la política del gobierno anterior iniciando una etapa de justicia social y de igualdad. Nada que decir sobre la elegancia con que encajó la habitual difamación de Casado y Rivera acusándole de haber pactado y de estar dispuesto a seguir pactando con los independentistas catalanes. Nada que decir sobre su voluntad manifiesta de no perder tiempo defendiéndose de los ataques para dedicarlo a hablar de su proyecto político. Pedro Sánchez no fue al debate a defenderse de la infamia con que han intentado ensuciarle desde que ganó la moción de censura. Fue al debate a ofrecer a los españoles lo que piensa que los españoles necesitamos y exigimos al gobierno; los derechos y las libertades que un estado democrático y social tiene la obligación de proporcionar a sus ciudadanos.

Pero la estrella del debate, dicen los medios, fue el follonero que proporcionó diversión a un debate que, sin él, no hubiera tenido el atractivo de esos programas en que se pelean concursantes o comentaristas agitando las glándulas de los espectadores. Aceptémoslo, la audiencia que mantiene a los medios se compone, según los directores de programación, de brutos y brutas cargaditos de morbo que no toleran el aburrimiento ni para enterarse de qué quieren hacer los políticos con sus vidas.

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