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Hubo un tiempo en que las balas tomaron nuestras vidas…
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Hubo un tiempo en que las balas tomaron nuestras vidas…

domingo 21 de abril de 2019, 22:31h
Hubo un tiempo en el que las balas y el miedo tomaron nuestras vidas. Quienes dijeron luchar contra el fascismo se convirtieron en dictadores del terror y, entonces, la Democracia se irguió invencible como el más inmenso Caballo de Troya dispuesto a fortalecernos contra el dolor de perder a amigos, a amigos de amigos o a simples desconocidos cuyas historias hacían una mella indeleble en nuestros corazones...

La Democracia no es el intangible de la fe y la bondad, y se convirtió en el mejor atributo de quienes, entonces, entendieron que no había mejor manera de ejercerla que anteponiendo el fin de la violencia, la paz y una sociedad unida capaz de avanzar pese a las heridas, al dolor infringido, a ir restañando la suspicacia de quienes vivían juntos pero separados por una enorme brecha de intolerancia y de odio.

Es verdad que ETA fue vencida por toda la sociedad, pero sería pacato pensar que la sociedad no estaba políticamente dirigida por quien antepuso el bien general a la estrategia política que siempre ha movido a los extremos a usar el dolor y la muerte como armas arrojadizas que añadieran dolor al dolor, de la manera más infame que se puede hacer.

Desde hace casi 10 años, ETA no mata y la sociedad vasca restaña poco a poco sus heridas, las nuevas generaciones que han vivido sin la banda son como capas epiteliales de una sociedad que quiere restañar sus heridas, son ese bálsamo de una historia que no es digna, pero de la que hay que aprender para no repetirla.

Y ETA se ha convertido en la excusa manida de quienes anteponen las estrategias electorales a la Paz como ese todo en el que se basa la convivencia, el respeto, poder avanzar a una convivencia de respeto y tolerancia.

Este país ha estado y está sobrado de ídolos, mitos, personajes y personajillos que nacieron al albur de la debilidad que produce el dolor eterno de cuarenta años de asesinatos y dolor a nuestras espaldas, y Fernando Savater es uno de ellos. Sin negar que sufrió el mismo acoso que miles y miles de personas que fueron amenazadas por expresar sus ideas libremente, lo que hoy hace mostrando su preferencia a VOX ante Bildu no es sino lo mismo que amenazar con la misma intransigencia de la que llevamos huyendo desde el franquismo.

Apoyar el fascismo que se declara machista negando el terrorismo que sufrimos las mujeres, xenófobo, homófobo y deseoso de acabar con el estado de Bienestar forjado durante los cuarenta años de Democracia, convierte a Savater en cómplice de lo mismo que denunció durante décadas en Euskadi: la intolerancia.

Pero, al menos, ahora sabemos a ciencia cierta que Ciudadanos no quiere ser sino un apéndice del fascismo, o al menos está dispuesto a ser sus manos ejecutoras y, eso, facilita a la sociedad a hacer de la naranja que simboliza ese partido un zumo con el que hacernos un cóctel Monster Energy con el que digerir el absoluto empacho de necedades que estamos padeciendo de la derecha en todas sus versiones.

La obsesión con Pedro Sánchez no tiene nada que ver con la Democracia ni con la Constitución, porque la derecha ya ha mostrado poco escrúpulo en saltársela, tampoco con la Patria, que la han usado para saquearnos impunemente, sino con el complejo de inferioridad de quien creyó que la demoscopia era el altar de los dioses del néctar del poder y éste se convirtió en el amargo sabor del fracaso de haberse convertido en muletilla de la corrupción e insignificancia del futuro.

Queda poco menos de una semana y dos debates en los que se escenificará que la derecha es sólo una, la extrema.
Puestas así las cosas, ¡que Sánchez nos salve de semejantes engendros!

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