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El debate de la dignidad
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El debate de la dignidad

domingo 21 de abril de 2019, 22:06h
Nos esperan dos debates. Es difícil que los candidatos nos regalen sorpresa alguna porque hace tiempo que sabemos qué se puede esperar de cada cual. La cosa no tiene misterio ni atractivo y, sin embargo, esta mañana del domingo, al oír hablar de debate en la radio, se me disparó la memoria y la preocupación. Me explico.

Empecé el bachillerato en el Instituto Escuela de Caracas. No se parecía a ninguno de los colegios en los que había estado hasta entonces. Allí enseñaban a las niñas cosas distintas a las que se enseñaban en colegios para niñas. Los niños estaban en otro edificio, pero la enseñanza que se impartía a los dos sexos era la misma. Allí conocí a la profesora Alicia Ojeda. De ese curso recuerdo caras, pero he olvidado todos los nombres excepto el de esa mujer que me enseñó la gramática de la lengua materna de mi madre y mucho más. No recuerdo si teníamos un texto teórico. La profesora nos desveló todos los secretos de la gramática castellana a través de un solo libro que utilizamos durante todo el curso: Platero y yo. En él, y gracias a ella, aprendí gramática, aprendí a escribir en castellano y, lo más importante, empecé a intuir el profundo significado de la palabra humanidad en todas sus acepciones y, sobre todo, en una que el diccionario no registra: dignidad humana.

Años después, empecé mi carrera en una universidad católica alojada en una residencia de monjas. Allí, otra mujer encarriló mi pensamiento haciéndole transitar por un camino del que no me he desviado nunca aunque las circunstancias me llevaran de un lado a otro. Como profesora de Sociología en la universidad, la Madre Carmen Banegas me enseñó a debatir, pero esa no fue su aportación más importante a lo que empezaba a ser mi vida adulta. La Madre era también superiora de la residencia y reunía a las pupilas todos los lunes después de la cena para darnos conferencias sobre asuntos prácticos de la existencia de una mujer. Mi memoria eliminó cuanto se refería a un género concreto y cuanto se asociaba a la doctrina de la Iglesia. Solo se quedó para siempre con las nuevas revelaciones que le escuché a la Madre sobre el profundo significado de la palabra humanidad en todas sus acepciones y, sobre todo, en una que el diccionario no registra: dignidad humana.

Parece que agregar humana a dignidad fuera un ripio. La dignidad solo se reconoce a las personas. Sin embargo, la primera acepción de la palabra en el diccionario es cualidad de digno, y de digno, merecedor de algo. De lo que me enseñaron Alicia Ojeda y la Madre Carmen Banegas lo que más se me grabó fue que la condición humana no viene dada por los genes, como dice la ciencia. La condición humana, la humanidad, hay que merecerla.

Nadie necesita que un libro sagrado, un catecismo, un texto de ética o de moral le digan cómo merecer la condición humana. La evolución del individuo y por ende de la sociedad nos ha hecho superar las ideas y la conducta del salvaje permitiéndonos descubrir conceptos como el amor, la solidaridad, el respeto. Descubrirlos y valorarlos, darles la categoría de valores. Es evidente que el individuo de nuestra especie va mereciendo la dignidad humana a medida que va comprendiendo el significado de esos conceptos exclusivamente humanos, incorporándolos a su criterio con la categoría de valores y haciendo esfuerzos conscientes por adecuar a ellos su conducta. Prueba de que se trata de un proceso voluntario son los millones de individuos de apariencia humana que se comportan como salvajes; aún aquellos que han recibido una educación fundada en valores humanos. No basta parecer un ser humano para serlo. La humanidad incluye cualidades como la sensibilidad, la compasión que, evidentemente, no todas las personas comparten.

Quien crea que esto trata de reflexiones filosóficas que poco tienen que ver con lo práctico, se equivoca de medio a medio. Estamos asistiendo a una conspiración global para devolver a la sociedad a los tiempos en que los individuos eran súbditos que no cuestionaban la sumisión que se les exigía. Ciertas élites financieras quieren reservarse a toda costa el monopolio del poder para garantizarse el monopolio del dinero. Para esas élites no existen o no deberían existir más leyes que las leyes del mercado, y para que así sea en regímenes democráticos, contribuyen con todos los medios a su alcance a la elección de legisladores que no obstaculicen sus fines. Esa elección requiere un paso previo, por supuesto; convencer a quienes tienen el poder de elegir, a los ciudadanos.

Para las élites financieras, los ciudadanos suponen un incordio y, desde la aparición de la socialdemocracia como opción política, el primer obstáculo a demoler. Porque hubo un tiempo, y muy reciente, en que la socialdemocracia convenció a los ciudadanos de que tenían ciertos derechos que nadie podía cuestionar, que la sociedad tenía derecho a disfrutar de una distribución justa de la riqueza sin tener que renunciar a la libertad individual, como predicaban y exigían los regímenes comunistas. El ciudadano aprendió a exigirle al estado que garantizase su bienestar respetando sus libertades y consiguió que el estado asumiera esa responsabilidad eligiendo a políticos dispuestos a asumirla.

Hemos sufrido varias recesiones provocadas por las élites financieras. Las recesiones han privado a millones de todo menos de la vida física; han privado a millones, sobre todo, de su dignidad humana.

En esta guerra larga que aún no ha terminado, el ataque a los ciudadanos empezó pervirtiendo los conceptos, los valores sobre los que se funda la humanidad de la persona. Lentamente, la propaganda de la mentira logró que la mayoría dudara hasta de que la existencia de la verdad fuera posible. La difamación dejó de condenarse puesto que no había forma objetiva de saber si la victima era culpable o no de lo que se la acusaba. Y llegó la nueva tecnología a la comunicación y llegaron las redes y con ellas las fake news, otro modo de cuestionar la honestidad, de negar la posible existencia de alguien honesto. Con la conciencia moral minada por la perversión del lenguaje y la ingente cantidad de medios para distraer del uso de la facultad racional, el próximo paso para deshumanizar al ciudadano fue aterrorizarle para que abdicara de su libertad. Instilar el miedo fue aún más fácil que entronizar a la mentira. Las sucesivas recesiones dejaron a millones sin trabajo entregados en cuerpo y alma, como animales, a luchar por la supervivencia. Millones de ciudadanos se convirtieron en súbditos dispuestos a trabajar y a obedecer a cambio de un sueldo que les permitiera cubrir sus necesidades más elementales.

Y así llegamos a la América, a la Europa, a la España de hoy. Al ciudadano convertido en súbdito, entrenado a base de palos a no exigir otra cosa como no sea que le garanticen lo que él y su familia necesitan para sobrevivir, los políticos al servicio de las élites financieras amenazan con recesiones, con catástrofes económicas si ese ciudadano por un día –el día de las elecciones- vota a cualquier alternativa que no sea la suya.

Y así llegamos a los dos debates que nos esperan. ¿Qué podemos esperar de esos debates? Hace meses que los políticos al servicio de las élites financieras intentan deshumanizarnos pervirtiendo el lenguaje, recurriendo sin escrúpulo alguno a la falacia, a la mentira, a la difamación. Cualquier ciudadano medianamente informado podrá descubrir esas mentiras porque la prensa responsable las ha ido desmintiendo día a día con datos objetivos. Esos políticos lo saben, por lo que con toda seguridad, también recurrirán al arma infalible: el miedo. Si no se les vota a ellos, se abatirá sobre España la peor catástrofe económica de la historia. O sea que coligen que quien no les vote por ingenuo, les votará por cobarde.

A nadie costará nada reconocer a esos políticos porque llevan meses repitiendo insultos y mentiras y prediciendo calamidades. Y aún así, millones les votarán, por ingenuos, por cobardes o por egoístas, temerariamente egoístas. Porque puede que esos millones se queden con la promesa estrella de esos políticos: van a bajar los impuestos a todos, pobres y ricos. Antes de morder ese anzuelo, ¿no habrá quien se pregunte con qué dinero pagará el estado los servicios esenciales que garantizan a todos una vida digna? ¿Cuántos habrá que no se lo pregunten porque les tiene sin cuidado el bienestar de los demás?

A pesar de las apariencias que los medios destacan porque lo truculento vende más, en nuestro país también hay millones que van por la vida mereciendo su condición humana. Quien de esos tenga la ocasión de ver un debate o los dos, escuchará las propuestas de los participantes con toda su atención para distinguir qué proyecto se funda en la justicia, la compasión, la solidaridad, el respeto a los derechos y libertades de los ciudadanos por respeto, sobre todas las cosas, a la dignidad humana.

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