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El Parido Popupar gobierna con Vox en Andalucía /EP
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Política de verdad o ¿gobierno a la andaluza?

sábado 20 de abril de 2019, 20:53h
La polémica sobre los debates que ha entretenido estos días a políticos y prensa me ha excitado la glándula que segrega la hormona que algunos mecanicistas creen responsable de la empatía. De pronto he sentido en mis carnes y en mi alma horror, desaliento y un cansancio mortal. Empatía, compasión al pensar en esos pobres infelices que las campañas electorales llevan de ciudad en ciudad, de abrazo en abrazo, de besos en besos, de selfie en selfie, de discurso repetido en discurso repetido. Son políticos importantes, piensa el que no se pone en su lugar; son famosos; la gente les demuestra su admiración y las cámaras les persiguen.

Será porque hace algunos años que contemplo el mundo a una cierta distancia, esa promiscuidad con multitudes me parece agobiante. Pero la tragedia de esos pobres líderes a los que la estrategia o lo que sea obliga a despotricar contra el contrario, a pintar la realidad con los colores más sombríos y el futuro con los más negros si es el contrario el que gana las elecciones; eso, me horripila. ¿Cómo tiene que acabar por la noche un hombre o una mujer después de haberse pasado el día repitiendo aquí y allá mentiras, insultos y augurios espantosos?

Me imagino a Pablo Casado, por ejemplo, en la cama, y me entra un ataque de depresión insomne. Vale que todas las mentiras, insultos y augurios apocalípticos que suelta forman parte del papel que tiene que representar para no quedar tan mal en las elecciones y no verse destronado pocos días después convirtiéndose en el presidente más breve del Partido Popular. Como decía una gran actriz, “si sintiera de verdad todas las emociones que expreso mientras actúo, sería una ruina”. Casado se dirá a sí mismo que sus mentiras, insultos y augurios forman parte de una perfomance necesaria para salvar cargo y sueldo. Es una buena excusa para acallar la conciencia, pero la conciencia no calla. Hemos venido a este mundo a ser felices y la felicidad como estado permanente y perpetuo solo se alcanza cuando uno está satisfecho con uno mismo. ¿Puede estar satisfecho consigo mismo el que vive mintiendo y difamando y buscándose excusas para justificarse la difamación y la mentira? Y no es solo la búsqueda de excusas lo que no deja dormir al pobre hombre; lo que seguramente le impide ser feliz. Después de estar forzando todo el día una sonrisa de oreja a oreja, lo más probable es que por la noche le atormenten agujetas en los músculos de la cara. Yo debo tener la glándula que segrega la hormona de la empatía hipertrofiada, porque pienso en Pablo Casado y me da mucha pena, de verdad.

¿Y qué decir de Albert Rivera? Tanto ascendió, que importantes encuestas le daban como probable ganador de las siguientes elecciones generales. Todos sabemos lo que pasó después de la moción de censura. Rivera empezó a correr de aquí para allá como cuerpo enloquecido de pollo sin cabeza. Pedro Sánchez le arrebató, no solo la presidencia del gobierno sino su puesto, ese puesto en el áureo centro que atrae a la mayoría de los votantes. El discurso de Rivera se transformó en diatribas contra el usurpador. Cuando Pablo Casado ascendió a presidente de su partido ocupando rápidamente y con gran entusiasmo el espacio que arrancaba del centro y seguía unos cuantos metros por la derecha, a Albert Rivera la vida se le convirtió en el terrible dilema del dónde me pongo. Y entonces apareció Abascal causando brotes psicóticos. El miedo a que los ultras que estaban tranquilamente en el PP porque no había otro partido a la derecha, se fueran al partido de un ex del PP convertido en lo más ultra, lanzó a Casado a una lucha desesperada por recuperar a los desertores con un discurso más ultra que el de los ultras y poniendo en sus listas a las féminas más antifeministas que encontró. Imaginar la desorientación de Rivera me empuja el alma a los pies. Toda esa gente no le ha dejado ni un milímetro de espacio por donde colarse. Despotrica a diestra y siniestra porque en realidad no sabe contra quien despotricar para que no le quiten lo poco que tiene. De Sánchez le falta la ecuanimidad. Su cinismo no llega al de Casado; el que tiene no le ayuda a encontrar excusas tan fácilmente. ¿Qué le queda? Convencer a los españoles de que Sánchez les va a robar España para dársela a los independentistas. Pero resulta que Casado le copia y dice lo mismo. No hay decencia. A él se le ocurrió primero. Rivera, en la cama después de un día agotador, debe caer en una duermevela de pesadilla. Se debe ver lanzando una bomba nuclear sobre la Plaza Cataluña y presentándose triunfante ante los españoles como el único que consiguió solucionar el conflicto catalán, o derrotado y de rodillas ante Sánchez suplicándole que pacte con él, que lo del cordón sanitario era broma, o rodando por las escaleras de La Moncloa perseguido por la perra del presidente y él sin chuches de perro para camelarla. Rivera se debe despertar ojiplático y sudando y con una taquicardia que no se le pasa hasta que comprueba que todo fue una pesadilla. Una bomba nuclear no, se dice, pero un 155 sí para ganar las próximas elecciones. De rodillas ante Sánchez, no, tampoco hará falta. Si Sánchez necesita los votos, se los dará, como se los dio a Rajoy y no pasó nada. Y lo de la perra echándole de la Moncloa, podría ser una premonición al revés. De todos modos, ¿quién dice que entre él y Casado y Abascal no suman? En ese caso, se ve de vicepresidente y en las próximas, de presidente total. Como no se puede volver a dormir, Rivera vuelve a leer encuestas haciendo cuentas. Será por lo de la hormona, pero el pobre Rivera me produce hasta más lástima que Casado.

El que apenas me mueve a compasión es Iglesias. Si no consigue remontar las cifras de las encuestas, dejará su cargo en el partido en manos de Irene Montero y se convertirá en estrella de la televisión sin gran esfuerzo. Sin duda, conseguirá más popularidad que Sánchez. A estrella mediática no le gana nadie, seguro que se dice haciéndose ojitos en el espejo. Si los debates no le sirven para remontar, servirán para que la gente recuerde su fotogenia, su voz, su arte y para que se den cuenta de lo mucho que le añoraban cuando dejó de salir en televisión.

Y por último, para seguir siendo sincera, confieso que con Abascal me desaparece la empatía. No puedo ni imaginar qué pasa por la cabeza de ese individuo. Si me dijeran que es un robot de última generación, no lo dudaría. Ya sé que hay gente muy rara por el mundo, pero me cuesta creer que a un ser humano se le puedan ocurrir las barbaridades que dice ese hombre. Lo único que me inspira Abascal es pánico cuando pienso que sus votos puedan contribuir para aplastarnos a todos con un gobierno a la andaluza.

De Pedro Sánchez no digo nada porque me estimula la razón, no las emociones. Es un político que me habla de esa Política con mayúscula en cuya existencia sigo creyendo a pesar de que todos los demás hagan todo lo posible por quitarme la fe.

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