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Breve historia de unos refugiados que no existen
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Breve historia de unos refugiados que no existen

domingo 31 de marzo de 2019, 16:25h

Entro en Paris por la Periférica, homóloga de la madrileña M-30. En los laterales, en estrechos parapetos que apenas les separan dos metros de la autopista, se encogen varias deterioradas tiendas de campaña donde continúan su infierno refugiados sirios, víctimas de una guerra maldita, creada por la intolerancia y el fanatismo religioso y mantenida por la todopoderosa industria armamentística.

Tres días después paseo por las largas orillas del Canal parisino. Debajo de uno de los puentes que lo cruzan y protegidos tras un muro de cemento en obras se alinean 30 o 40 tiendas de campaña similares a las que albergaba la Periférica. En la parte alta se apilan los deteriorados y escasos ajuares con que los refugiados sirios acompañaron su exilio. Detengo mi mirada en ellos buscando chalecos amarillos. No encuentro ninguno, ni tan siquiera aprecio un ligero destello producido por los lánguidos rayos de sol que penetran la penumbra del puente.

La búsqueda no es producto de la curiosidad. Por los mentideros del Sena circula el rumor de que se han unido a los radicales de derechas y de izquierdas para mantener viva y violenta la protesta contra Macron. La decisión política del todavía presidente de la V República francesa de no permitir las manifestaciones jalonadas de violencia, parecen avalar el temor que se ha instalado en la sociedad francesa, en la parisina al menos, de que se hayan infiltrado seguidores del Estado Islámico.

Intento confirmar el rumor. Coincido en un evento con un destacado opositor al régimen sudanés. Considera que son infundios para justificar el abandono y la marginación de los refugiados sirios en toda la UE. Pero no descarta que radicales islamistas nacidos o radicados legalmente en Francia vayan de la mano de la extrema derecha francesa para desestabilizar no solo al Gobierno Macron, sino a la misma República. Conociendo el origen de la sospecha doy credibilidad a esa posibilidad. No sería la primera vez. En la anterior campaña electoral Marine Le Pen hizo una visita electoral a Líbano en busca del apoyo de los seguidores de Hezbolá con derecho a voto en Francia.

Viendo la realidad parisina de estos sirios, retomo de nuevo la Memoria Histórica y recuerdo el mal trato que recibieron los exiliados españoles en los campos de refugiados franceses, tras acabar la Guerra Civil española. Recuerdo algunos pasajes de la novela de Miguel Ángel Royo Bordonada, "En el rostro cercado por un pañuelo negro" en la que narra la tragedia de una familia aragonesa, del pueblo turolense de Moyuela, con sus compañeros y hermanos huidos en Francia. Sus testimonios acongojan, como los que revela Javier Cercas en Soldados de Salamina o el documental ganador del Goya de este año, El silencio de otros. Todos estos testimonios vitales se resumen en un solo nombre, Collioure.

Estos recuerdos y ya que estoy en Paris, me llevan a otros momentos cuando La Marsellesa nos ponía a todos en pie con el puno en alto. Y me pregunto qué le ha pasado a esta gauche divina en Francia, en España, en Italia... Y puesto a recordar mis tiempos de alumno del Profesor Álvarez Junco -sombreros fuera- me viene a la mente el nombre de Jaurès, diputado socialista de la III República francesa. Defensor del pacifismo y contrario a cualquier ideología política nacionalista, fue el unificador de todas las corrientes socialistas francesas bajo las siglas SFIO y fundador en 1904 del periódico L'Humanité, bandera del periodismo combativo de izquierdas y hoy convertido en papel mojado por el liberalismo más depredador. Como no podía ser de otra manera Jaurès, contrario a todos los imperialismos, fue asesinado a tiros tres días después de declararse la Primera Guerra Mundial. Era el 31 de julio de 1914. Está enterrado en el Panteón de Paris y su nombre da lustre a una estación de metro al final del Canal, muy cerca de Stalingrado.

Recordando su figura pienso en quien podría ser el unificador de la nueva izquierda internacional o al menos de la española. La pregunta ya la hizo Miguel Hernández, otro poeta español, también asesinado. Quién salvara a este chiquillo menor que un grano de arena, de donde saldrá el martillo verdugo de esta cadena? Yo prometo hacer campaña para poner el nombre de este verdugo a la estación de Metro que termine en el madrileño barrio de El gallinero.

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