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La ciudad que queremos, perspectiva de género y accesibilidad
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La ciudad que queremos, perspectiva de género y accesibilidad

martes 19 de marzo de 2019, 13:26h
La mitad de la población tiene sus propios puntos de vista y necesidades de movilidad, así como los colectivos de discapacidad. Es urgente trasladar a la práctica de nuestros barrios el reconocimiento de sus derechos legales y su opinión sobre obras y servicios públicos. Un modelo de ciudad que se enfoque en la accesibilidad, la ecología, la honradez, la igualdad y la cohesión entre distritos, así como la participación y la seguridad ciudadana.

La ciudad, pequeña o grande merece analizarse para mejorar su funcionamiento. Debería ser el entorno ideal de la vejez, la infancia y la madurez de sus vecinos y para ello nada mejor que diseñar un modelo de actuación y crecimiento de nuestras urbes. Para ello son imprescindibles en él la perspectiva de género y la de la accesibilidad

Necesitamos ciudades accesibles para peatones y vehículos de emergencia: ambulancias, taxis, coches policiales, y especialmente para la diversidad de peatones posibles. Mujeres, hombres, discapacitados, lesionados temporalmente, bebés y mayores, autóctonos y foráneos. Todos tenemos que caber en una ciudada abierta. Ciudades limpias, no contaminadas, llenas de parques y arbolado urbano, con barrios amplios y carreteras anchas, con el mejor tratamiento de basuras y la menor contaminación ambiental. Ciudades sin excrementos caninos en sus calles, sin escombreras ilegales, sin humos ni gases en el aire, sin hojas en las aceras, con árboles cuidados, con ríos y playas sin residuos, sin plásticos, sin basura.

Urbes sin fondos de inversión especulativos, con precio de alquiler y de venta de suelo ajustado, vigilado por la autoridad, libre de desahucios en familias con hijos menores o con personas mayores.

Ciudades con todos sus barrios igualitarios, dignos, limpios, dotados de la máxima tecnología y de servicios comunes, compensados, por barrios, en obras públicas, con cierta autonomía en las juntas municipales.

Urbes con distritos cohesionados en el transporte, en el ocio, en la oferta de bibliotecas, de escuelas infantiles, de centros de mayores y espacios comerciales.

Ciudades donde se fomente la participación ciudadana a través de los Plenos de distrito, Foros locales, comisiones de fiestas, asociaciones y comunidades educativas, vecinales o deportivas.

Urbes seguras, democráticas, con plenos de gobierno municipal abiertos a la ciudadanía, dotadas de policía y servicios médicos públicos suficientes.

Todo modelo de ciudad que se precie debería obedecer a estas o similares cláusulas, y no solo a las necesidades perentorias de cada momento, al pago de deudas, a las tendencias mundiales o a la presión de lobbies económicos. Por supuesto que los partidos políticos son los entes destinados a gobernar nuestras ciudades, pero el consenso entre todos ellos en un modelo determinado debería ser la máxima a mantener desde el inicio de cada legislatura municipal, escuchando siempre a los técnicos de que dispone al ayuntamiento, un colectivo primordial en la ejecución de obras y proyectos.

La opción primordial en viabilidad tendría que ser la del transporte público, integrando el bus, el metro y el tranvía en una sola entidad, creando servicio nocturno de todos ellos, uniendo los barrios periféricos entre sí y desde luego regulando con valentía el servicio público del taxi y las empresas VTC.

La cultura debería desbordar en cada distrito, ofreciendo cine, teatro, conciertos a precios populares, clases de pintura y de idiomas, de danza y de manualidades, no despreciando la externalización, tal vez, pero siendo supervisada siempre por el ayuntamiento.

También sería deseable el incremento de los servicios sociales, símbolo del avance de nuestra sociedad, manifestado en mayor apoyo económico y de efectivos a las personas afectadas por la ley de dependencia, en un aumento también de comedores sociales y escuelas infantiles, así como de casas de acogida para mujeres maltratadas, para menores solos y para inmigrantes y refugiados.

La actividad económica tendría que sustentarse en zonas industriales protegidas, viables, no contaminantes, que fomenten el empleo local, en un consumo de productos agrícolas a precios asequibles y en un sector servicios que proteja al pequeño comercio, al emprendedor, al científico/a y al empresario/a innovador.

La ciudad moderna demanda, además cambios importantes y urgentes, como la instalación de cargadores eléctricos para vehículos, las tiendas asistidas por personas (menuda novedad), el mejor reciclado de materiales y de residuos, la prohibición del carbón y los plásticos, la recogida de comida sobrante en las instituciones públicas para su reparto y aprovechamiento, la utilización de casas deshabitadas, la reducción de anhídrido carbónico en calefacciones y gasolina, el ahorro de agua fría y desde luego agua caliente, etcétera.

Toda inversión en limpieza, en eliminación de la pobreza, en aumento de bancos en las aceras, en fuentes ornamentales, en campamentos infantiles durante las vacaciones, en destacar los monumentos históricos, en arbitrar cauces para que la vecindad se exprese será una apuesta por un futuro limpio, valiente y democrático, que la ciudadanía se merece.

Nuestro hogar debe ser un sitio acogedor, seguro, saludable, moderno, con habitaciones homogéneas, con ventanas a la calle, equipado con tecnología, comida y ajuar suficientes, accesible, limpio, funcional, silencioso, respetuoso con el medio ambiente, eficiente, ordenado…es mucho el trabajo que debemos desarrollar para todo ello, incluso es posible que tengamos que renunciar a ciertas comodidades adquiridas, pero los retos que ofrece el presente nos obligan y convocan a idear, a trabajar y a soñar un futuro urbano cada vez mejor.

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