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Los reclutas patosos o la banalidad del sentido común
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Los reclutas patosos o la banalidad del sentido común

domingo 10 de febrero de 2019, 12:16h

Que la comunicación del gobierno está fallando es una obviedad y que su línea estratégica cuesta reconocerla en muchas ocasiones, también. Además los medios de comunicación progresistas, haciendo gala del mejor purismo izquierdista son capaces de sacar punta de todo traspié; todo lo contrario que los medios conservadores que son capaces de empeñarse con fruición en objetivos claros sin distraerse mucho en florituras con el fin de que no gobierne la izquierda, ¡bueno estaría! Tienen que evitar que en la próxima crisis las penalidades se distribuyan por igual, si han de sufrir que sean los de siempre.

Los seguidores del partido socialista, y por ende del gobierno, siguen empeñados en pensar que twitteando todo el día tienen garantizada la influencia y que con decir que el gobierno lo está haciendo bien, el relato de lo que está pasando llega. El medio no es el problema, el mayor desequilibrio se produce en la construcción del mensaje. Desgraciadamente, los problemas son complejos pero solo se admiten explicaciones simples. Por ello los mensajes banales, lineales y estomacales llegan con mayor facilidad a un público más cercano al que llena los estadios deportivos que las ágoras de pensamiento.

Entendamos que: las voces, los gritos, los exabruptos concitan más gente en las calles, incitan a enfundarse en banderas y a creerse pertrechados en la última trinchera dispuestos a salvar a occidente de todos sus males. Hay demasiados españoles con una cierta querencia a ser el Recluta Patoso del pelotón de la Chaqueta Metálica, aunque terminen pegándose un tiro. Es la patriótica tendencia histórica de militar africanista, de la que la derecha no ha sabido librarse. Ello incluye denostar y deslegitimar al contrario, desde el váyase Señor González, hasta la retahíla con la que Rajoy calificaba a Zapatero: “Grotesco, lamentable, irresponsable, zafio, manipulador, frívolo, sectario, taimado, y maniobrero”. Esto es recurrente, la derecha política, mediática y financiera nunca han considerado legítimo que otros que no sean ellos mismos, gobiernen los destinos de España. Por ello, la corrupción y el robo de lo público para ellos no es un delito, es el uso privativo de lo que les corresponde. Es una viejísima forma de ser.

Si lo del discurso no es nuevo, la utilización de la calle tampoco, qué más da que sea el aborto, el matrimonio gay, la negociación con ETA o la unidad de España. Siempre hay motivo para ocupar las plazas, es esa concepción de España que desea que el futuro sea como el pasado. Tan retrograda y tan capaz de movilizar a millares de personas en la calle y en las urnas.

Es por ello que cualquier error del gobierno es lo más grave que puede suceder. De este y de los anteriores, de izquierdas por supuesto, pues no disponen del título de marca “salvador de la patria”. Cualquier parangón histórico vale, la historia se escribe a conveniencia. Lo que esconden es el enfrentamiento civil como un fin en sí mismo. Es dividir entre españoles buenos y malos; es colocarlos en la calle y vomitar sobre ellos insultos y miedos. Es convertirlos en sinsorgas, en peleles ignorantes.

El objetivo no es propiciar la caída de un gobierno, ni la convocatoria de elecciones, que están más cercanas que lejanas, es acogotar a un país.

El nacionalismo es el pensamiento más reaccionario para la evolución de la humanidad, pernicioso para la convivencia y esterilizante para el desarrollo de la sociedad. El nacionalismo es esencialmente la fotografía del miedo, a competir, a relacionarse con los diferentes y con los iguales, a deliberar en conjunto. Es excluir. No es un patriotismo de sentir España o Cataluña, es de ¡salvarlas! Sentir es hacerlas crecer, progresar conjunta y compartidamente.

Estamos renunciando colectivamente a la inteligencia y a la razón pues por poca que se tenga es fácil entender que el recalcitrante nacionalismo catalán y el trasnochado español nos están abocando a un enfrentamiento sin sentido; a mirar para atrás.

La estrategia del gobierno parecerá incoherente, lo contarán mal, pero es la única que tiene sentido y futuro. No queda otra que perseverar en el intento de encontrar un entendimiento. Tendrá sus costes, simbólicos o no ¡y qué! Más costes tiene la corrupción no simbólica.

El esfuerzo está en cómo convencer que solamente hay un sendero de avance: el bienestar de la sociedad. Con este paisanaje de liderazgo es imposible. A una sociedad que tienen a flor de piel frustraciones acumuladas, haber sufrido muchos engaños e imposturas como se la convence.

Los ciudadanos de Catalunya no han entendido que hay pasos atrás que no se pueden dar de ninguna manera. En el siglo XXI y en Europa solo se avanza en el marco de la ley…otra cosa es la barbarie camino de la violencia, sufrida aquí mismo y no hace tanto tiempo. La única fuerza legítima es la de la ley y solo el Estado el que puede ejercer la coerción. Los nacionalistas populistas periféricos no entendieron que en la calle no se consigue nada, eso parecía que ya estaba superado en el acervo político europeo, pero parece que no. Los partidos independentistas pisaron el acelerador de un coche sin destino y sin freno arrastrando con ello a toda una sociedad, no les ha importado dividir en dos a Cataluña y de manera irreconciliable si siguen bajando por la misma pendiente.

Los nacionalistas españoles son igual de cerriles. Sería engañarse, no pensar que están atacados por el mismo virus, del que inocula la exclusión de los otros. El que concibe la política como un fin en sí mismo para ti mismo, no como un medio para ordenar los conflictos en la sociedad y buscarle salida. La bronca por la bronca, pues cuanto peor, mejor.

Es el mismo mensaje, da lo mismo se proclame desde Colón o en San Jaume. Sin pensar que la única salida es sentarse a hablar, solos o con un cuñado charlatán o como le llamemos, pero encontrar soluciones pues lo de pegarnos o meter en cárcel a todo el mundo no lo veo, por ya ensayado. Las ambiciones personales tienen un corto recorrido, la mentira como estrategia termina fallando y recurrir a la calle para razonar es símbolo de impotencia, porque no dejamos de jugar a la banalidad del sentido común.

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