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La política del diálogo
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La política del diálogo

viernes 08 de febrero de 2019, 13:23h

El lunes pasado tuve ocasión de asistir en Barcelona a la presentación del libro de Nicolás Sartorius “La manipulación del lenguaje”, subtitulado ”Breve diccionario de los engaños”. Entonces aún no sospechaba que la tesis de este libro cobraría actualidad veinticuatro horas más tarde, a colación del concepto de “relator”.

Nicolás Sartorius participó en las negociaciones durante la Transición a la Democracia y fue diputado en ese período y durante tres legislaturas. Hace ya bastante tiempo que peina canas pero, aun así, no sale de su asombro al comprobar cómo, en la época de la llamada posverdad, eufemismo de mentira, se sacrifica, se adultera y oculta la realidad en aras de intereses no menos torticeros. Y, dada su historia vital y política, sabe y conoce en primera persona el significado de la palabra “diálogo”. De ello también habla en su última obra.

En Cataluña la situación es más que complicada. Con ello no desvelo ningún secreto, pero pienso que vale la pena no perder de vista la proporción de la tragedia. El problema es real y adquiere dimensiones políticas, desde luego, pero también sociales, económicas y tiene un claro reflejo en la vida cotidiana de millones de personas, tanto en la de los secesionistas como en la de los y las que no lo somos. El apoyo a los postulados independentistas, o al menos a un cambio de tablero político y de relación con el resto de España, creció exponencialmente durante el Gobierno del PP. La inacción, el ninguneo y la judicialización de la cuestión catalana, en ausencia de diálogo y propuestas políticas, marcaron esos siete años. Mientras, en Cataluña y en sus instituciones se iba deteriorando día a día la situación. En el Parlament y en el Govern de la Generalitat, caracterizados por una actuación monotemática, ajena a la realidad y a los verdaderos problemas de la ciudadanía catalana. Y en las calles, pero también en las relaciones familiares y de amistad, contaminadas por la visceralidad de una situación enquistada, polarizada y, cada vez más, dominada por la ya referida posverdad.

La luz se hizo cuando, el 1 de junio de 2018, Pedro Sánchez ganó la moción de censura para echar del Gobierno a un corrupto PP, con la sentencia de la Gürtel a sus espaldas sentenciándolo como partícipe a título lucrativo de la trama. En Catalunya, la familia socialista brincó de alegría, por supuesto, pero también todas aquellas personas que, sin serlo, sin ni siquiera habernos votado nunca, vislumbraron una posibilidad de cambio de tercio a través del dialogo que desde el PSOE y el PSC siempre habíamos reclamado, en tanto que único instrumento posible para alcanzar acuerdos. Cataluña ansiaba respirar hondo de nuevo, distender el ambiente político y social. Era, y continua siendo, casi una necesidad vital.

Desde entonces, han pasado muchas cosas. El diálogo se ha hecho realidad, aunque a sabiendas de que los frutos no se recogerían de la noche a la mañana. Un diálogo durante demasiado tiempo olvidado y que el Gobierno no ha retomado únicamente con Cataluña sino con todas las Comunidades Autónomas. Sea de manera bilateral, sea desde conferencias sectoriales, consejos y comisiones en las que están representados y en los que se coordinan y alcanzan acuerdos todos los territorios. La Constitución, a la que desde la derecha tanto se apela y cuya defensa reclaman para sí cual Cid Campeador, contempla en su Título VIII la existencia y organización de las Comunidades Autónomas. Las derechas, de la mano de la ultraderecha filofranquista, abanderan la defensa de España y su unidad territorial. Pero el movimiento se demuestra andando y el respeto a la organización territorial del Estado que establece la Carta Magna se está dando en mayor grado desde que Pedro Sánchez es presidente que en todos los años de gobierno del PP. Eso sí es patriotismo, como lo es procurar por el bienestar de la ciudadanía en su conjunto. Ni más ni menos que lo que contemplan los Presupuestos del presidente Sánchez.

Hablar, dialogar, discutir, negociar. Alcanzar puntos de encuentro. Ceder en los postulados de partida y avanzar desde posiciones encontradas hacia el consenso, aunque sea mínimo. Todo ello siempre será mucho mejor que enarbolar banderas, imponer y no escuchar al que tienes enfrente. Y no. No es cierto que la figura de un relator rompa España. Cualquier instrumento que facilite el acercamiento en un problema de solución tan complicada como al que nos enfrentamos, debería ser bienvenido. A menos que haya interés en que se cronifique y agudice. Los que ahora critican esa figura, la utilizaron con el otro gran problema territorial al que se ha enfrentado este país, en la negociación con ETA. E incluso lo usó el PP con Cataluña no hace tanto tiempo. Llamémosle relator, notario, fedatario o como queramos. Pero que los árboles no nos priven de ver el bosque. Porque, además, en ese enredo nos pretenden confundir los tres mosqueteros de la derecha, serviles a postulados tan enconados y maniqueos como los de los independentistas. Como ellos, tienen mucho que tapar con sus banderas. Cada uno vive en su mundo, es su elección. Pero que no nos den gato por liebre al resto que lo único que queremos es volver a convivir en paz, alejar la crispación y resolver los problemas a través de la política. Hablemos, por favor.

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