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Ochenta años de amistad
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Ochenta años de amistad

lunes 04 de febrero de 2019, 14:40h

Mi bisabuelo tenia en su repisa la foto de un árbol, majestuoso, solitario ante un paisaje maravilloso de Montealegre de Campos, Valladolid. “Volveremos juntos algún día” repetía siempre con mirada nostálgica. “¿A España?” Preguntaba y su respuesta me hacia siempre reír: “A España y luego a México y así en un constante circulo de almas que buscan la energía de casa y que la encuentran paralelamente entre dos continentes, a miles de kilómetros de casa: esa suerte nos tocó y esa suerte seguiremos”. Su ultima morada fue el México lindo y querido que lo acogió y se fue con la foto de su árbol vallisoletano en la mano. El exilio le arrebató una patria añorada, pero le regaló otra y por ello, siempre sintió una parte de su corazón mexicano.

En 1939 bajo la presidencia de Lázaro Cárdenas, los primeros exiliados de la Guerra Civil española llegaban a las costas de México. Los barcos Sinaia, Ipanema y Mexique traían abordo a aquellos republicanos que huían de las atrocidades del fascismo y que debían reinventarse con las piezas sueltas de sus vidas en un nuevo país a un océano de distancia de casa. La Dirección General de Estadística de México estima que el número de españoles que llegaron a México entre 1939 y 1950 fue de alrededor de 20.000. Esta cifra posiciona a México como el segundo país de acogida de los exiliados españoles después de Francia.

Según la investigadora Dolores Pla Brugat en su estudio “La presencia española en México, 1930-1990. Caracterización e historiografía”, un 18% de los refugiados eran menores de 15 años mientras que el resto de mayores de esta edad (72%) se dividían en 67% hombres y 33% mujeres; así como que el 68% de ellos viajaron en compañía de sus familias. Según la autora, los refugiados provenían de toda la geografía española, aunque la mayoría eran originarios de Cataluña (22,4%), Castilla la Nueva (20,6%), Andalucía (11,4%), País Vasco (6,7%), Castilla La Vieja (6,2%), Aragón (6%), Valencia (5,7%) y Asturias (5,6%). La diversidad ocupacional también era un tema a resaltar, mientras que tan sólo el 20% de los exiliados se dedicaban al sector primario, principalmente la agricultura; casi la mitad estaban ocupados en el sector terciario, mientras que un 29,07% provenía del sector secundario (metalurgia, siderurgia, mécanica y electricidad).

La mayoría de los refugiados llegaron a México gracias a organismos de ayuda como el Servicio de Evacuación de Republicanos Españoles (SERE) y la Junta de Ayuda a los Republicanos Españoles (JARE) creados con recursos propios por las instancias del gobierno republicano en el exilio y que contaban con recursos y el aval del gobierno mexicano para otorgarles la calidad de “Asilados”.

El exilio intelectual: La riqueza cultural de la inmigración

Un alto porcentaje, estimado en torno al 25% se caracterizo por ser una inmigración intelectual cuyo legado aun es tan tangible a través de instituciones de máximo prestigio como el Colegio de México, el Fondo de Cultura Económica, la Academia Hispano-Mexicana y el Ateneo Español de México, así como en el reforzamiento del claustro de profesores de las universidades públicas más importantes del país, la Universidad Nacional Autónoma Mexicana (UNAM) y el Instituto Politécnico Nacional (IPN). Intelectuales como María Zambrano, Remedios Varo, Luis Cernuda, José Bergamín, Francisco Ayaña o León Felipe eran asiduos de las tertulias organizadas en Centro Español, desde donde se realizaban actividades tendientes a reforzar la lucha de la República Española contra el fascismo y el diseño de un futuro para España en previsión de que la República fuese derrotada. Hacer de México un refugio para los intelectuales en peligro fue tarea del diplomático Daniel Cosío Villegas, quien a través de invitaciones elaboradas en base a informes del Instituto de Cooperación Intelectual en París y de la Junta de Cultura Española. Alfonso Reyes, uno de los exponentes más importantes de la intelectualidad mexicana y quien hubiese sido también exiliado mexicano en España, desempeñó también, un papel decisivo en el recibimiento del exilio español a través del llamado solidario a la generación del 27 y la apelación a los valores compartidos por ambos pueblos. Las generaciones literarias del exilio crearían un nuevo panorama en la literatura mexicana.

Los escritores, filósofos o cineastas como Pedro Garfias, José Gaos, Joaquim Xirau, Maria Luisa Agarra o Luis Buñuel, repudiados e ignorados por el franquismo encontraron en México un espacio fértil de ideas y enriquecieron el acervo cultural mexicano. Su herencia fue tan importante que representa un hito cultural en la historia cultural, artística y literaria de México.

Qué tan fino, qué delgado junco
-de acero fiel- nos une y nos separa
Con España presente en el recuerdo
Con México presente en la esperanza
(….)

Entre España y México, de Pedro Garfias.

La ciencia en el exilio

El aporte intelectual de la inmigración española en México fue que determinante en el desarrollo social, económico y cultural del país. En el plano de la ciencia, se estima que alrededor de 400 científicos encontraron refugio en México en este periodo. Esta cifra no es definitiva teniendo en cuenta el extravío de expedientes o que no todos ellos informaron de su profesión. Para facilitar la homologación y reconocimiento de títulos de los profesionales españoles en México, en su mayoría médicos (43%), se creo el Ateneo Ramón y Cajal. También destaca la inmigración de ingenieros (27%), farmacéuticos (9%), arquitectos y químicos (6%) o profesionales de ciencias exactas y ciencias naturales. En su mayoría jóvenes, 95% hombres frente a 5% de mujeres y con familias acompañantes, los científicos españoles han sido reconocidos por su peso especifico y de particular importancia en el ámbito de la investigación, la docencia y el desarrollo.

Los niños de Morelia

Los niños y niñas son las principales víctimas de todo conflicto armado, los horrores de los bombardeos, las carencias y el dolor de la pérdida los acompañan durante el resto de su vida. Los niños españoles fueron sin duda, los que más padecieron la Guerra Civil.

Previo al “inicio formal” de la inmigración y refugio de los españoles en México, destaca la historia de los niños de Morelia. Tras los bombardeos de Guernica y Durango la llamada a la comunidad internacional para ayudar a los niños y niñas españoles fue respondida por pocos Gobiernos, entre ellos el de Francia, Bélgica, Reino Unido, la URSS y México. El 7 de junio de 1937 del “Mexique” desembarcaron, en el puerto de Veracruz, 456 menores de entre dos y catorce años. Tres días más tarde llegaban a la ciudad de Morelia en Michoacán donde serían alojados en las instalaciones de la casa ¨México-España¨. Los niños de Morelia, según lo planeado, permanecerían en México hasta el final de la guerra, sin embargo tras la derrota republicana, muchos de ellos no pudieron volver a casa jamás. Amalia Solórzano, quien fuera esposa del Presidente Lázaro Cardenas, se dio a la tarea de crear el “Comité de Ayuda a los niños del pueblo español” que estaría encargado de proveer los recursos necesarios para la manutención y educación de los niños de Morelia. En abril de 1939, tras el ascenso al poder de Francisco Franco, México rompió relaciones diplomáticas con España dificultando aún más los procesos de repatriación de los menores. Muchos de ellos fueron reclamados por familiares exiliados en México, otros más fueron adoptados mientras que otros decidieron huir del internado.

El exilio conlleva una condena para aquellos que son obligados a dejar su tierra, sus aromas, su paisaje; para aquellos a los que les ha sido arrebatado su pasado y son expulsados a un futuro errante, incierto. El exilio es físico, es psicológico, es sensorial y la nostalgia acompaña a sus moradores en resto de su vida. México se convirtió en una tierra de asilo seguro, una nación que abrió sus brazos y acogió como propios a los perseguidos, a los desposeídos, a los cansados. Dio patria lejos de patria y se convirtió en casa. La generosidad del pueblo mexicano fue y es uno de sus emblemas mundiales.

Mi abuela era una mujer asidua al cine mexicano, cada fin de semana hacia maratones viendo a sus ídolos juveniles como Pedro Infante o Fernando Soler. Sin embargo, sus ojos se iluminaban cuando aparecía Jorge Negrete en una de sus películas favoritas: Gran Casino. Junto a esta, mi abuela atesoraba en su corazón películas como Viridiana y El Gran Calavera. “Qué talento mexicano tenemos” me decía constantemente. “Abuela, Buñuel es español”, contestaba. “Cómo inventas cosas hija, déjame terminar de ver mi película”…Mi abuela murió con la firme convicción de que Buñuel era mexicano “por los cuatros costados” y es que al final la inmigración supone un proceso de dos vías, hacer de ese nuevo espacio casa para el que llega y convertir en propio al recién llegado para el que estaba ya ahí. La riqueza cultural que los exiliados españoles trajeron consigo es tan palpable aún que el pequeño hilo de nuestras diferencias de lugar de nacimiento se han borrado del mapa de nuestras pertenencias.

Hoy 80 años después: Mi tierra es España, mi tierra es México y mi legado sigue siendo vuestra lucha.

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