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Niños y niñas que no tienen a nadie que les cuide

Niños y niñas que no tienen a nadie que les cuide

sábado 12 de enero de 2019, 21:16h

Se eleva el Sol sobre un cálido Puerto Príncipe (Haití) y como cada vez que viajo, me dispongo a visitar alguno de los orfanatos de los que proceden varios miembros de mi familia.

Durante el trayecto no deja de sorprenderme la cantidad de gente que puebla las calles, y que en gran medida, son niños y niñas. Acostumbrada como estoy a la envejecida y poco fértil España, siempre me asombra contemplar tantos críos, hasta que recuerdo que Haití es uno de los países más pobres del mundo, con una expectativa de vida muy corta y una natalidad elevadísima.

Esta imagen es exactamente la misma, que he visto en otros muchos países. Donde los montones y montones de niños y niñas, caminan con sus viejos, pero inmaculados uniformes, sorteando puestos, transeúntes y otros muchos, muchísimos niños y niñas, que no tienen a nadie que les cuide.

Niños y niñas que no levantan dos palmos del suelo y que te tocan desesperados la ventanilla, tratando de venderte lo que pueden, que piden limosna o que se encuentran haciendo tareas domésticas.

Estos últimos en Haití se llaman restabeqs, es decir niños y niñas esclavos. Niños cedidos por sus familias a otras menos pobres, ante la imposibilidad de facilitarles lo más básico, o cuyas madres han fallecido, la mortalidad femenina es demoledora, con la esperanza de que puedan llevar una vida algo más digna. Lamentablemente, lo habitual es que sufran continuos abusos de toda índole.

Tras un viaje de una hora, no sin pocos baches, por fin llegamos al orfanato. Al poner un pie en el recinto lo primero que te recibe es un árbol pintado en la pared, con 43 hojas. Cada hoja representa a un niño que murió, cuando se produjo el derrumbe del edificio durante el terremoto.

De mi ensimismamiento, recordando lo que viví en Puerto Príncipe semanas después del seísmo, me sacan los niños que han seguido llegando a este triste mundo estos años, y que abarrotan de nuevo el hogar. Hogar que sigue a medio construir, sin agua corriente, pero que a pesar de todo es un oasis en el desierto, dentro de los 800 orfanatos que hay en Haití, pues las ayudas no existen.

Los tirones de camiseta y de pantalones no cesan, mientras contemplo sus caras con mocos, sus manitas sucias y sobre todo sus grandísimas sonrisas, ellos me llaman mama blanc, y tratan de que los coja en mis brazos, con la esperanza de ser ellos los elegidos como mi hijo.

Sus cabecitas no entienden, que por mucho que me gustaría, y aunque se me parta el corazón, para que puedan encontrar una familia adoptiva, deben someterse a un proceso burocrático realmente largo y complejo.

Ellos no entienden, que con la aplicación del Convenio de la Haya tras el temblor, se obligó a Haití a establecer el mismo procedimiento, como si fuese un país Europeo, sin prácticamente ningún tipo de ayuda a sus organismos. Y que como consecuencia entre otras “mejoras”, produjo, que lo que antes tardaba un año y medio, ahora tarde 3. Porque aunque Haití haya hecho un esfuerzo titánico, carece de más medios.

Ellos no comprenden por qué las mamás y papás pueden provenir desde hace años de Alemania, Francia, Italia incluso Cataluña, pero no del resto de España.

No comprenden, como si España es uno de los países de Europa donde más mámás y papás quieren adoptarlos, no pueden hacerlo. Pero ni en Haití, ni en Sudáfrica, ni en Camboya, ni en Nigeria, ni en Guinea, ni en decenas de países, donde los vecinos de Europeos si pueden.

Ellos no comprenden como las adopciones internacionales llevan casi 4 años paradas, por un error legislativo del anterior Gobierno, que aún no se ha subsanado.

Mientras en el orfanato en Haití, un niño de dos años me rodea el cuello, tras no haberme podido resistir a cogerlo y darle un montón de besos, él sonríe inmensamente feliz porque cree en su inocencia que voy a ser su mamá.

Yo sé que esto no va a suceder, y nos tocará llorar a los dos, pero si sé, y es algo que es una verdad absoluta, además de un derecho, que lo único que necesita este niño es una familia. Una familia que le quiera, que le cuide y que le proteja.

Pero no me atrevo, porque me avergüenza profundamente, a tratar de explicarle, que todas las sociedades en 2019, los niños sin familia siguen los más vulnerables de los vulnerables.

No me atrevo a decirle que como es un niño, no puede alzar la voz como un adulto para hacer ruido, votar y exigir sus derechos.

No sé cómo explicarle, mientras que recuerdo a tantas y tantas familias que desearían ser su papá y su mamá y que esperan en España, que llevamos más de una década luchando por que se levante el cierre de España con las adopciones en Haití y en otros países.

Tampoco me atrevo explicarle que tengo esperanzas que, por fin la situación va a cambiar, tras la presentación del Gobierno en el Congreso hace dos meses, de un impulso de la adopción internacional y que se aprobó con el apoyo de los 4 principales partidos, no sea que no se produzca.

Sólo me atrevo a susurrarle, que pase lo que pase, seguiré luchando porque muy pronto una de esas familias en España, que sueña cada noche con él, logre tenerlo muy pronto en sus brazos para siempre.

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