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Don Pelayo no existe
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Don Pelayo no existe

martes 18 de diciembre de 2018, 14:11h

Hay cierto partido en España que pretende explotar un mito, deshonrando al concepto de convivencia, como si fuese un “dogma de fe”. Miles de personas han creído en él y otros cientos de miles vemos expectantes cómo puede saltar la convivencia que hemos construido, durante cuarenta años, en nuestro país.

A gritos de “¡Don Pelayo! ¡Don Pelayo!”, en la noche del escrutinio electoral los “hinchas” de este partido reafirmaban su voluntad de enfrentarse al “extranjero” como, según las crónicas cristianas, lo hizo el mítico rey astur. Se dice también que con palos y piedras hizo retroceder a los musulmanes. Mientras que la tradición conservadora le atribuye ser el artífice de la Reconquista, la historiografía niega su existencia y atribuye su invención al rey Alfonso III de León. A día de hoy, hasta el concepto de “Reconquista” es cuestionado por los especialistas, mientras que Don Pelayo permanece como un icono para islamófobos que anhelan a un caudillo que acabe con gente diferente.

Los nuevos Don Pelayos se quieren enfrentar a los “extranjeros” -ya sean ideológicos, políticos o morales- a través del lenguaje de lo “políticamente incorrecto”, inventando datos, desoyendo leyes o, simplemente, fabricando bulos que mucha gente, en su desesperación cotidiana, compra. Toda la responsabilidad es del “otro” y toda salvación es “propia”. Por eso, llaman, de nuevo, a la “reconquista” …

¿Una locura discursiva? Si, desde luego, pero este es el mundo en el que nos ha tocado vivir: complejo, distante y mitificado. Lleno de retweets y propuestas ideológicas en 150 caracteres. Reducido a soflamas y a esencias patrias, que amenazan el universalismo y el pluralismo por el que se ha apostado durante años. Es una auténtica amenaza a la diversidad y el triunfo de los clones ideológicos, políticos y morales. Trump, Salvini, Bolsonaro u Orbán amenazan a la frágil democracia, aquella que ha protegido el mundo libre durante muchos años.

Y es que la enfermedad de nuestro tiempo se llama nacionalismo. Todas nuestras sociedades y comunidades lo han experimentado, y en todos los casos se han creado monstruos, de diferentes colores y formas, pero monstruos, al fin y al cabo. Y, por supuesto, en la comunidad musulmana no estamos exentos de ellos.

Estos últimos doscientos años han mostrado como nadie escapa de este mal. Mucha gente queda seducida por este discurso, que es sencillo, poderoso, salvador y milenarista. Pero más allá de estos adjetivos siempre empobrece, homogeneiza y embriaga. Y como embriagante hace ver cosas que no existen al que lo consume…

El nacionalismo, como buen embriagante, debería estar prohibido en el islam. Y sin embargo ha seducido a millones de musulmanes. A muchos que creen que la solución, en vez del esfuerzo espiritual individual, está en homogeneizar religiosamente y dar soluciones políticas desde un prisma sagrado. ¿De verdad? ¿Nos podemos creer eso? Atención porque desde hace doscientos años hay muchos “misioneros” musulmanes vendiendo este producto… ¡Cuidado! No vaya a ser que cambiemos a Don Pelayo por Tariq b. Zyad, manteniendo el “verde corporativo” …

Últimamente me fascina el espíritu y la acción de Emilio González Ferrín y de su maestro intelectual: Américo Castro. Actitudes vitales comprometidas con los peligros que vienen. Acusado de todo lo acusable, Ferrín en sus libros siempre advierte del peligro de la historia y del peligro del nacionalismo cultural. Pues como bien ha mostrado en sus estudios los andalusíes no son “otros” sino “nosotros”, nos hace ponernos en el espejo de la historia y confrontarnos. Y así, también somos tartesos, íberos, sefardíes, castellanos y aragoneses como bien señalaba Américo Castro. No somos solo España, somos muchas España. Porque ni España siempre estuvo unida en el destino, ni fue impertérrita… Pero esto que sabría un estudiante de primero de historia, no lo acepta un nacionalista, que ve amenazada su paz ideológica.

No creo en esas historias esféricas y sin aristas, al contrario, me enseñaron que la buena historia molesta y no es perfecta. Esa es la diferencia entre historia y mito. Los nacionalistas siempre tomarán el mito, mientras que a un universalista no le costará trabajo aceptar la historia con el objetivo de ver lo difícil que resulta llegar a una posición de convivencia y diversidad.

Hace ya veintiún años el brillante Goytisolo escribía en el país advirtiendo de esta situación, no le hicimos caso. Así decía en un artículo en El País: "Sabemos desde el siglo XVIII, gracias a la Ilustración y el empeño posterior de los historiadores críticos, que todas las historias nacionales y credos patrióticos se fundan en mitos (...), ya que estos mitos, manejados sin escrúpulo como un arma ofensiva para proscribir la razón y falsificar la historia, pueden favorecer y cohesionar la afirmación de "hechos diferenciales" insalvables, identidades de calidad agresivas y, a la postre, glorificaciones irracionales de lo propio y denigraciones sistemáticas de lo ajeno."

Y es que la verdadera batalla no es ideológica, sino epistemológica. Una vez que se validan narrativas como verdades no hay nada que hacer… Por eso la lucha de los que creemos en la pluralidad está en usar el conocimiento científico y probado frente a la posverdad. Creemos que este es un fenómeno reciente, pero, evidentemente, no lo es. No, esto no es algo nuevo, tiene muchos años, y Don Pelayo y su historia podría dar buena cuenta de ello… Y mientras tanto los hooligans gritan “¡Don Pelayo! ¡Don Pelayo!” al borde del Guadalquivir, invocando otros tiempos. Tiempos que nunca existieron pero que amenazan a nuestro presente.

Y después de todo esto, tú lector, ¿Crees que existe Don Pelayo?

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