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Zorionak, felicidades, estamos en Europa

Zorionak, felicidades, estamos en Europa

jueves 29 de noviembre de 2018, 16:50h

Las Navidades de 1985 las pasé en un pequeño pueblo entre los montes Gorbea y Anboto, en el País Vasco, tierra que vio nacer a mi padre y a todos aquellos que configuran el extenso árbol genealógico paterno que pinta los apellidos. Por aquel entonces no sumaba en años ni el número de estrellas que conforman la bandera europea, pero, sin duda, aquella Nochevieja marcó el pistoletazo de salida de mi relación con Europa.

Mi padre, vasco como el que más, constitucionalista como nadie y, ante todo, europeísta pionero y convencido, nos hizo partícipes del momento a todos los presentes tras el resonar de las campanadas: ‘Zorionak, felicidades, estamos en Europa’

Inaugurábamos el 1 de enero de 1986, puerta de entrada de España en la Comunidad Económica Europea que en aquellos años se referían a la hoy Unión Europea. Un pequeño paso para mi historia, un gran paso para nuestro país. Ahí están las cifras, ahí están los hechos. Desde nuestra adhesión a la CEE se han invertido -sumando las previsiones hasta 2020- cerca de 180.000 millones de Euros en fondos de cohesión, entre los Fondos de Desarrollo Regional FEDER y el Fondo Social Europeo FSE, números que sin duda ha influido de forma considerable en el crecimiento del PIB anual español, pasando de los 226.288 millones de euros que lucíamos en aquel lejano 1985, a los 1.166.319 millones de euros que hoy nos contemplan. Igualmente, y por aterrizar algo los datos en realidades, cerca de 40.000 estudiantes españoles reciben la enorme oportunidad de realizar sus estudios en Europa a través del programa Erasmus, frente a los escasos 95 que se apuntaron a esa pionera convocatoria de 1987. Así podríamos continuar con una inabarcable cascada de datos, logros, beneficios y, también, como no, obligaciones y exigencias que también han contribuido a que hoy vivamos en un país inmensamente más moderno, próspero, preparado, competitivo, social e igualitario.

Este primero de año cumplimos 33 años en este gran club que se llama Europa, al que tanto debemos y al que, inexplicablemente, ahora algunos rechazan del mismo modo que lo haría el niño mimado y consentido que, de tanto recibir cariño y atenciones de su madre, ahora la rechaza dando por hecho que son los peces los que debe seguir procurando, y no las cañas. Un error de apreciación, además de injusto, peligroso e inasumible para un país que no sería ni la sombra de lo que es de no ser por esas doce estrellas sobre fondo azul que lucen la bandera de la Unión. Si bien en el último Eurobarómetro, publicado en septiembre de este mismo año, los datos relativos a la aceptación de los españoles a su pertenencia a Unión Europea han mejorado, no debemos conformarnos, y ni mucho menos entender que la corriente euroescéptica está más allá de los Pirineos o de nuestro Mediterráneo Oriental. España, y siguiendo con la gran encuesta que realiza la Comisión Europea, cuenta con un 71% de su población favorable a seguir bajo el paraguas continental en caso de celebrarse un referéndum como el que encaminó al Reino Unido al precipicio del Brexit, pero mantiene un 29% de habitantes que no ha llegado a entender con claridad la enorme preferencia que significa estar dentro del conjunto de 28 estados que conforman esta comunidad política de derecho que, a modo de reconocimiento internacional, ha sido galardona con el Premio Nobel de la Paz en 2012 o con el Premio Princesa de Asturias de la Concordia el pasado año.

En estos momentos, y tras unos gobiernos ‘populares’ que no han sabido, ni querido, mirar hacia Europa, hemos contemplado como, de la misma forma que lo haría una pareja despechada, Europa ha dejado de mirar a España como otrora lo hiciera. Los populismos, y los ‘España primero’, no son movimientos ajenos a nuestro país, y de no volver a fijarnos con claridad en nuestros socios del norte, podrían emerger movimientos como en Italia, Hungría y otros países que han visto crecer, de la noche a la mañana, grupos ¿patriotas? y oportunistas que, lejos del bien común, husmean el beneficio particular por encima de todas las cosas. Un gobierno decidido, que no contemple la ocasión de ocupar un sillón de comisario como un mero gesto, que aproveche la oportunidad, y que vuelva a dirigir la vista a Bruselas, es exactamente lo que necesitamos para la rentabilísima seducción que, en economía, cultura, sociedad e igualdad de oportunidades, supone estar presentes, y muy presentes, en todos los ámbitos europeos.

El Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, consciente del papel que juega España dentro de la Unión Europea -y fuera de ella, por ejemplo, a través de su papel de puente con la extensa comunidad iberoamericana- siempre ha añadido el calificativo de ‘europeísta’ a su consabido ‘social’ y ‘feminista’ gobierno. Así ha actuado, tanto en la teoría como en la práctica, desde que en junio llegaran a La Moncloa con un nuevo aire aperturista e integrador, influido, con total probabilidad, por su temprana inmersión en las instituciones del Viejo Continente, y es que con tan solo 26 años de edad, el hoy líder del ejecutivo, trabajó como asesor en el Parlamento Europeo, trazando desde entonces un marcado perfil internacional que siempre ha demostrado en su gestión. En tan solo medio año votaremos en las cruciales, aunque muchas veces denostadas, elecciones europeas, y es ahí donde deberemos decidir con qué mirada queremos dirigirnos a nuestros históricos socios. Con rigor, de tú a tú, contribuyendo, trabajando e involucrándonos, siendo capaces de aportar y de recibir de forma recíproca, sin complejos y con orgullo de pertenencia. Es lo que, sin lugar a dudas, refleja, y emite, una mirada ‘europeísta’. Ahí estaremos.

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