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Las mujeres y los desastres
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Las mujeres y los desastres

lunes 12 de noviembre de 2018, 12:54h
Dentro del ecofeminismo como nueva corriente debemos contemplar todo aquello que tiene que ver con el papel de las mujeres en la gestión de catástrofes. Vemos incendios terribles como los que están ocurriendo estos días en California, que poco a poco van degradando el entorno ambiental con consecuencias que son además globales, con efectos planetarios. Y nos preguntamos cuál es el cambio que debe venir desde la aportación feminista.
Las catástrofes son un gran mal para el progreso, y sin actuar frente a ellas, difícilmente se puede prosperar. El problema ya no puede enfocarse hacia el desastre en sí, sino que se debe actuar sobre las causas y los factores que hacen posible su existencia. Las mujeres pueden y deben jugar un papel activo que es fundamental en dicha prevención.

Intervenir en las causas que generan los desastres nos lleva forzosamente a modificar las situaciones de riesgo y a dirigirlas hacia condiciones más seguras, mediante políticas y decisiones que tiendan a reducir, mitigar y prevenir los riesgos y, con ello, disminuir la probabilidad de que se vuelvan desastres. Este enfoque se denomina Gestión Integral del Riesgo de Desastre, y busca soluciones más completas que transformen y reduzcan las condiciones del riesgo pre-existente.

Para ello es necesario reconocer y valorar que las mujeres tienen una participación sumamente importante en sus entornos tanto familiares como ciudadanos. Han desarrollado una serie de capacidades en su actuar cotidiano y son ellas quienes tienen mayor disposición para buscar soluciones y atender las necesidades de sus familias y de sus ciudades (aun antes que las de ellas mismas). Estas actividades y labores desempeñadas por las mujeres deben ser registradas y apreciadas como un trabajo valioso, primeramente por ellas y, por supuesto, también por los hombres de sus familias y por las autoridades locales en sus comunidades, para que dichas mujeres reciban el apoyo necesario en sus tareas, tengan mayor reconocimiento y se garantice así la seguridad e integridad física de ellas y de sus hijos junto con otros miembros de la familia, incluidas las personas con discapacidad.

Dentro de las tareas de protección civil, y como un ejercicio saludable y democrático, pueden hacerse simulacros de evacuación que, en muchas ocasiones, como pasa en los países iberoamericanos que sufren las catástrofes con frecuencia, demuestran que los hombres otorgan menor importancia a la participación, mientras las mujeres colaboran y se involucran más. Las mujeres se ocupan principalmente de las necesidades materiales de las víctimas, tales como suministro de alimentos, cuidado de menores, calor, mantas, agua, atenciones, etc.

La población rural y urbana requiere de capacitación para entender la importancia de las actividades de la protección civil y de la inclusión de la equidad de género. En países de la América Latina, cuando se activa un sistema de alerta, se solicita a las y los representantes, líderes, dirigentes de colonia y barrios, su apoyo para avisar y sacar a la gente de la zona de riesgo. Hay un intenso, aunque no reconocido y plenamente valorado, trabajo voluntario y vecinal de las mujeres en materia de prevención y protección civil comunitaria, pues en muchos lugares las mujeres se comprometen más que los hombres en tareas de los comités vecinales y brigadistas voluntarios.

Las autoridades deben implicarse a través de una intervención directa que prevenga y evite el desastre, actuando desde la gestión de riesgos así como aportando formación continua en este conocimiento para la capacitación de todo el personal involucrado, incluido el voluntariado de protección civil que hace una tarea de proximidad fundamental.

De ahí se deriva que, aplicando un concepto moderno de la protección civil, en el que todos somos necesarios, parece claro que, tanto los cuerpos de intervención como los demás grupos que están actuando desde la prevención, deben contar con ambos géneros para el desempeño adecuado de sus tareas.

La sensibilización de todos debe empezar por las escuelas y las redes sociales, debiendo crearse un sentimiento de responsabilidad individual y de participación democrática. La gestión de la seguridad de todos puede ser una vía de participación social muy importante que ayude a las mujeres a sentirse parte de la comunidad y de la sociedad en la que viven. Además, les puede ayudar a tener más formación y preparación en ámbitos que son importantes para mejorar su calidad de vida. Democratizar las estructuras necesariamente las hace más femeninas, aunque se trate de temas de seguridad, que históricamente han sido desarrollados desde un rol defensivo y batallador masculino.

Yendo más lejos, las desigualdades sociales, económicas, políticas y culturales entre hombres y mujeres configuran una realidad en muchos países, viéndose acrecentadas esas desigualdades cuando ocurren desastres. La falta de independencia de la mujer y su menor preparación le lleva a ser más vulnerable ante un suceso que se ceba en la población y en el medio ambiente.

Las consecuencias de los desastres y su gestión son muy diferentes si se dan en zonas pobres. Todos recordamos el devastador suceso del 12 de enero de 2010 en Haití, situación de la que no nos olvidamos por arrastrar unas secuelas que van asociadas a catástrofes y que ocurren cuando no hay estructuras capaces de hacer frente a las mismas. Esto es, cuando ocurren en un entorno social de pobreza.

De hecho, un mismo suceso puede no ser catastrófico cuando ocurre en un país desarrollado y con estructuras de protección civil capaces de hacer frente al mismo, mientras un suceso igual o incluso de inferior categoría, genera en otro punto del planeta una situación que dificulta el avance y supone un nuevo obstáculo para salir del subdesarrollo. Es evidente que la población y el medio ambiente son el elemento vivo que sufre las consecuencias de un suceso catastrófico, y por tanto, son el elemento a proteger y al que deben dirigirse las medidas de acción.

Saber cómo prevenir, conocer las alertas, épocas de mayores riesgos, planificar las acciones de evacuación, conocer acciones paliativas o de intervención temprana, etc. ayudará sin duda a reducir los daños económicos, medioambientales y, sobre todo, en vidas humanas.

La visión tradicional de atención a la emergencia del desastre, basada únicamente en la actuación de profesionales, y que lo asimila a un suceso aislado, eventual y fortuito que interrumpe el desarrollo, es una rémora para una sociedad que quiera prosperar y alcanzar un nivel de seguridad importante. La visión moderna, responsable y democrática debe hacer partícipe a las ciudadanas y los ciudadanos como piezas fundamentales de la seguridad de todos.
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