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27 de septiembre de 2020, 18:24:47
Opinión


Ahora nos llaman "charos"

Por Lídia Guinart

Hace poco he descubierto que no soy Lídia, que soy Charo. Tengo una cuñada llamada Charo, fantástica, pero yo me llamo Lídia y no soy mi cuñada. Lídia no es un nombre que me entusiasme, de hecho me hubiese gustado llamarme como mi madre, Roser, me parece mucho más bonito. Pero, después de toda una vida con el mismo nombre, una acaba reconciliándose con el que le han puesto que, después de todo, tampoco está tan mal. Pues bien, cuando llego a ese punto de reconciliación nominativa, van y me lo cambian. Pero el de "Charo" no me gusta. No por el nombre en sí mismo, que además es el mismo que el de mi madre en otra versión, sino porque quien me lo atribuye lo hace como insulto. Sí, ser "charo" es como en otro momento fue ser "maruja". Son términos despectivos que los machistas nos lanzan como armas arrojadizas para desprestigiarnos, descalificarnos y ningunearnos a las mujeres, especialmente a las feministas.


Las redes sociales son un espacio de interacción que con mucha frecuencia se torna agresiva. El insulto está a un golpe de clic y casi siempre sale gratis. Las denuncias a la red en cuestión, especialmente Twitter, no acostumbran a tener mucho éxito, pero no por eso hay que dejar de hacerlas cuando aparece el insulto. Trolls, bots y demás especímenes cibernéticos se reproducen en el espacio virtual cual roedores en cloacas. Y, no sé por qué será - o sí- que huelen feministas a distancia y acuden a nosotras como si de abejas a la miel se tratara. Basta poner un hastag como "violencia de género", "igualdad" o "feminismo". Eso es suficiente para que en los comentarios surja un ejército de milicianos misóginos que te insultan, cuestionan la importancia de lo que tuiteas frente a otros asuntos muchísimo más trascendentales, aseguran que mantienes tu "chiringuito" y te llaman "charo". Sí, te "charean".

La práctica no es nueva, desde luego. Rebecca Solnit ya escribió en 2014 sobre los hombres que nos explican cosas a las mujeres, cosas que sabemos y conocemos mejor que ellos, pero que nos cuestionan sistemáticamente cuando las decimos nosotras, solo por ser mujeres, o se las apropian sin el más mínimo rubor. El "mansplaining" lo practican muchos hombres, algunos sin darse ni cuenta. Lo hacen con buena retórica, incluso de manera educada, lo que no quita el menosprecio o el ninguneo que subyace en esa práctica. A todas nos han tratado en un momento u otro con condescendencia o con paternalismo, mirándonos por encima del hombro y tildándonos, sin llegar a expresarlo así, como "charos". Todo ello lo facilita la educación y la socialización distinta de mujeres y hombres, como nos recuerda Solnit en "Los hombres me explican cosas". A nosostras se nos educa en la inseguridad y la autolimitación y a ellos en un exceso de confianza. Y a eso es complicado sustraerse así como así, pero hay que hacerlo para progresar.

Otros, como los que nos llaman "charos", se aplican en su práctica hasta el punto de perder las formas. Es más de lo mismo. Llevado al extremo, sí, rozando o traspasando la línea del delito, por supuesto, pero en esencia encontramos la misma raíz: la convicción de que las mujeres tenemos nuestro espacio, en lo privado, y que cuando saltamos a lo público y pretendemos tener voz propia usurpamos el suyo, el de los machos, que no nos pertenece. A partir de ahí, la estrategia es empujarnos al agujero de la inferioridad, con arrogancia masculina. Y, si es preciso insultar o amenazar porque faltan argumentos o porque no hay más nivel intelectual que ese, pues se insulta. se descalifica y se amenaza. Citando de nuevo a Solnit, "parece que en Internet el equivalente a una minifalda es una opinión".

Estas actitudes son una forma de violencia contra las mujeres, alimentada por cierto en los últimos tiempos desde tribunas políticas de ultraderecha. El autoritarismo como modo de comportamiento. Autoritarismo y violencia verbal contra las mujeres. Autoritarismo y control. Autoritarismo y supremacía. La violencia verbal no es menos violencia e incita a la agresión física, empodera a los agresores porque en ella y en los que insultan, y aún en los que menosprecian y ningunean, encuentran justificación a sus actos violentos. Denunciar y bloquear, es lo que solemos hacer las mujeres cuando nos insultan en las redes. Y no callarnos, por supuesto. No nos callarán por más que griten hasta la afonía, como hizo una diputada de Vox hace poco en el Congreso de los Diputados, airada porque le afeábamos su negacionismo. "¡La violencia no tiene género!", gritaba Macarena Olona, colaboradora y aliada necesaria del patriarcado. Ante este tipo de actitudes misóginas y declaraciones vehementes, solo cabe más feminismo para expresar lo que nos apetezca y donde nos dé la gana.
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