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3 de diciembre de 2020, 11:03:45
Opinión


El odio y el caos que trae la estrategia del PP

Por Ignacio Ruiz

El vídeo que inmortalizó a Pablo Iglesias -el vicepresidente tercero del Gobierno, no el fundador de la UGT- en el momento de pasar por caja y recoger los productos comprados en el Supermercado tiene dos detalles para reflexionar. El primero que Iglesias está sin ningún tipo de protección, ni guantes ni mascarillas. Cierto que los guantes no son recomendables salvo para manipular la fruta, pero la mascarilla es imprescindible, como bien le señaló su compañero de Gobierno, el ministro de Interior, Fernando Grande Marlaska, y aconseja todos los días el responsable de la Sanidad, el ministro Salvador Illa. El vicepresidente de un Gobierno que nos 'da la brasa' todos los días con el mantra de protégete, quédate en casa, debería dar ejemplo y no andar por la vida como si fuera un ser superior, miembro de una casta libre de las debilidades humanas.


El segundo detalle lo protagoniza su vecino de cola y autor del corto vídeo, dura seis segundos. En vez de llamarle la atención en base a la protección colectiva como hecho relevante, lo que hizo fue insultarle de forma directa con dos exabruptos muy ofensivos, con un tono violento cargado de odio: “Hijo de puta” y “Rojo de mierda”. El primero tiene como intención ofender a su madre, la cual culpa ninguna tiene de los errores de su hijo, por el simple hecho de parir a un ser deleznable que no merece vivir. Estoy seguro de que las fanáticas de VOX que acuden a las clínicas abortivas a disuadir a las mujeres de su intención de abortar, dejarían pasar a la madre de Pablo Iglesias, persona esta que no merece ni nacer ni vivir.

El segundo insulto es un recurrente de la extrema derecha. Los 'rojos' -engloban a toda la izquierda bajo este epíteto- son un detritus cuyo destino son las alcantarillas. Es lo mismo que piensa Pablo Casado y sus corifeos, con más educación, pero con el mismo odio, con el agravante de que lo dicen en el Parlamento donde estamos representados todos los españoles: comunistas, personas éstas a quienes la Constitución no ampara en su derecho a tener ideas y a expresarlas con libertad. Y quien dice comunistas no olvida a los independentistas y demás istas de la izquierda. Vade retro, Satanás.

Este hecho de usar las ideas como significante del significado odio, hacía tiempo que no se producía en España, mucho menos en el Parlamento. Es el mismo tiempo que lleva la derecha en este país fuera del poder. Estos peligrosos y antiespañoles personajes, asesinos de niños -aborto- y viejos -eutanasia y COVID19- son descendientes del famoso morbo virulento y disolvente de los tiempos de la dictadura de Franco que tanto añoran los Abascal, Casado y demás neoliberales, detractores del Estado como bien público y ultradefensores del “Estado soy yo”.

En la exacerbación del odio que profesan a esta izquierda 'sociocomunista', son capaces de defender los mismos postulados independentistas del necio de Quim Torra, con el que se alinea la inane presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso. En la estrategia Popular para acabar con el Gobierno estatalista y sociocomunista, se une a JxC, la ANC y la CUP que sostienen al inepto Torra, para pedir la total independencia y decidir, ahora, como hacer la desescalada en Madrid. Eso si, con dinero del Estado. El gran peligro es si otras autonomías -por el efecto llamada, yo no soy menos-, se rebelan y siguiendo el ejemplo de Madrid y Barcelona tampoco permiten prorrogar el estado de alarma y cada una hace lo que le dé la real gana.

El Partido Popular, es decir Aznar, y los independentistas catalanes, obcecados en su objetivo de negarle el pan y la sal a los odiados miembros del Gobierno elegido por los ciudadanos, intentan que la salida de la crisis sanitaria y la entrada en la solución económica de la mano de la UE, no lleve la vitola de los sociocomunistas. Su idea al acabar con el estado de alarma antes de lo previsto por los expertos que aconsejan a Pedro Sánchez, es ponerse la medalla del fin del confinamiento y la recuperación del derecho de los ciudadanos a moverse libremente a cualquier rincón de España, aunque sea a costa de perder otro derecho aún más fundamental, el derecho a la vida. Sin vida no hay libertad para moverse.

Visualicen ustedes el caos con un Gobierno sin capacidad para aunar y coordinar las difíciles medidas sanitariasy económicas. Nos encontrariamos con una Cataluña en la que el acceso a las UCIs estaría reservado a los catalanes con pedigree en detrimento de los otros catalanes, de los charnegos. En el País Vasco serán pacientes prioritarios quienes tengan ocho apellidos vascos y en Madrid solo se atendería a quienes posean el carné del régimen, franquista claro, dejando fuera de la sanidad pública a 'menes', 'negratas', 'sudacas' y 'moros'. La salud, como la comida sana, es para quienes puedan pagarlos.

Imagínense un país dejado al albur de dirigentes tan ignorantes y fanáticos como Torra y Díaz Ayuso, sin un mando central que coordine las instituciones y las personas, con una oposición desconcertada al no tener a quien culpar de sus propios errores, incapaz de dar una respuesta colectiva ante un repunte de la pandemia y una crisis económica que les comería por los pies. A esa situación es a la que pueden llevarnos el señor Aznar y sus marionetas el señor Casado y la señora Díaz Ayuso, si los ciudadanos no decimos basta al desatino de esta extrema derecha, que utiliza la misma táctica con la que destruyó la II República. En esta actual tesitura, el Jefe del Estado, el rey Felipe VI, debería quitarse la mascarilla, salir de su confinamiento mental, llamar al orden y llevar al buen camino a esta clase política más peligrosa que el COVID19. Su Majestad no debe olvidar que Santiago Abascal no reconoció ayer al sacerdote Bertoglio como Papa. Si esto hacen con el leño verde, que no harán con el seco. En esta crisis no solo está en juego la vida y el futuro de los españoles. Es la existencia misma del planeta Tierra la que está en peligro si no somos capaces de anteponer la convivencia y el sentido común al odio.

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