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11 de agosto de 2020, 3:24:09
Opinión


Independentistas en pandemia

Por Lídia Guinart

¿Qué fue del procés, en plena pandemia?, se preguntarán. El independentismo no pierde comba y sigue en su empeño de aspirar a un mundo tan idílico como irreal. Por el contrario, la gestión del Govern en temas de su plena competencia, como las residencias de la tercera edad, demuestra a partes iguales ineptitud, desidia y despreocupación absoluta por la suerte de los catalanes.


La consellera Meritxell Budó se ha descolgado esta semana con una aseveración que, si no fuera por la gravedad del momento, produciría hilaridad. Ha asegurado la portavoz del Govern, heredera de los recortes de Mas y Puigdemont y corresponsable de los de Torra, que con la República catalana nos hubiera ido mejor y no habría habido tantos muertos. Debe creer la ínclita consellera que tenemos memoria de pez y que además carecemos de destreza para buscar en la hemeroteca declaraciones y actuaciones recientes de su gobierno. Pero aún somos capaces de recordar aquella excursión de cien mil catalanes a Perpignan, el último día de febrero, para ver y escuchar a su idolatrado expresident huido, Carles Puigdemont. Recordamos también las críticas del actual president a la suspensión de la feria del Mobile World Congress, que atribuyó a la “epidemia del miedo” y no a la prevención frente al coronavirus.

Muy frescas, por recientes, tenemos las propuestas contradictorias del Govern y sus críticas al ejecutivo central, hoy blanco, mañana negro. Un gobierno, el catalán, que es capaz de considerar temerario y precipitado el fin del confinamiento total - que incluía el cese de actividades no esenciales- a partir del 9 de abril, y a la vez exigir que las criaturas salgan a la calle. Un Govern que tardó diez días más que el ayuntamiento de Barcelona en parar las obras públicas de su competencia, al mismo tiempo que exigía al Ejecutivo central el total confinamiento. Un Govern que permite, en municipios donde gobiernan sus partidos, la celebración de mercados y mercadillos. Es más, se han adelantado al Gobierno, que es quien tiene las competencias, y han hecho pública una propuesta de desconfinamiento de los más pequeños que ha despistado incluso a la voz de su amo, que es la televisión autonómica catalana. Allí, el pasado fin de semana pudimos ver y escuchar a unos tertulianos perplejos que no salían de su asombro al evidenciar las continuas contradicciones del Govern sobre la desescalada.

La respuesta a tanto vaivén está en el márketing. Lo de la Generalitat de Catalunya, también en pandemia, continúa siendo puro teatro. La guinda ha sido el colapso del sistema informático de las farmacias durante el primer día de reparto de mascarillas y las largas e infructuosas colas ante estos establecimientos de miles de catalanes. En otras comunidades, como la valenciana, el reparto se hizo sin mayores problemas.

Torra no hace una a derechas, pero tampoco pierde ocasión para atacar al Gobierno de Pedro Sánchez. Del “Madrid nos roba” ha pasado al “Madrid nos mata”, a pesar de que la gestión del Govern de la Generalitat en las residencias de la tercera edad durante la crisis del coronavirus pasará, junto con la que ha realizado el gobierno autonómico de Madrid, a los anales de la historia de la incapacidad y hasta de la crueldad política. Los recortes y privatizaciones de la sanidad, y de lo público en general, que hicieron durante años ambos gobiernos los han pagado con creces catalanes y madrileños. De esos polvos, estos lodos.

En la derecha política se ha asentado el mantra de la mentira. De la lícita y sana discrepancia hemos pasado al “difama, que algo queda”. El independentismo juega al escondite y al despiste. Reclama autogobierno, exige manos libres, pero pretende disfrazar su incapacidad de gestión con el señalamiento de culpabilidades más allá del Ebro, cuando no hace falta ser muy ducho y leído para saber de quién es cada competencia y quiénes son incapaces de ir más allá del mero relato procesista. Al final, como siempre, la tozudez de la realidad se termina imponiendo.

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