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31 de octubre de 2020, 5:12:30
Opinión


¿Cómo será nuestra vida tras el Covid-19?

Por Iñaki Xabier Vélez Domingo

A los virus no se les extermina. A los virus sólo se les domestica. Con vacunas, antivirales, medidas de aislamiento o distanciamiento social. Pero según los expertos, hasta que una gran parte de la humanidad no esté inmunizada, mucho me temo que tendremos que seguir conviviendo con este Covid-19 durante mucho tiempo. Aventurando cómo van a ser nuestras vidas cuando nos dejen salir a la calle, nuestra forma de trabajar, de consumir, de relacionarnos, creo que todo habrá cambiado. Y también, esperemos que hayamos reflexionado en este periodo de hibernación y saquemos consecuencias a nivel social, económico y personal. Una primera reflexión: ¿es racional endeudarse treinta años por una propiedad en la que nos sintamos prisioneros solo con tener que estar 15 días o un mes?. Volveremos a vivir en las afueras de las ciudades, en el campo, en casas con jardín, huerto y pozo. Porque el miedo al confinamiento ya no se nos irá del cuerpo.


Como ayer sábado dijo el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, esta va a ser la crisis de nuestras vidas. Y cuando comience la desescalada, que será este verano, poco a poco retomaremos nuestras vidas. Pero ya nunca serán iguales. Tendremos que hacerlo paulatinamente y con muchas cautelas. Quizá el panorama español, la alegría de las calles y las terrazas se inunde de mascarillas. Porque el español, en cuanto pueda volverá a las calles a vivir la vida. También llevaremos mascarillas como quien lleva corbata o fular, en los metros y autobuses. Es un atuendo que ha llegado para quedarse.

Serán obligatorias para los largos desplazamientos en avión o en tren. Veremos a gran parte de los trabajadores que tienen contacto directo con el público llevar mascarillas durante toda su jornada laboral. En las oficinas ya no sonreiremos al ver ciertas muecas de nuestros compañeros de trabajo. Se acabaron, espero que solo por un tiempo, el mundo de besos y de abrazos, el mundo del contacto personal. Ese mundo mediterráneo de besos y abrazos que tanto molestaba al ministro de finanzas holandés, Wopke Hoekstra. Tanto como para negarnos ayudas y subvenciones que finalmente tanto Pedro Sánchez como Giuseppe Conte, y el portugués Costa, consiguieron imponer.

Pero como somos españoles, de sangre latina, es de suponer que esto no durará demasiado, el tiempo justo que se tarde en encontrar una vacuna efectiva y tratamientos antivirales y, sobre todo, en que se nos quite el miedo del cuerpo. Ese miedo que nos lleva, a nosotros y a medio mundo, a lanzar miradas acusadoras a cualquiera que tosa en público o a quien ose ir por la calle a cara descubierta. Se acabaron por un tiempo las reuniones multitudinarias de cualquier tipo, que duro para nosotros los humanos a los que tanto nos gusta interrelacionarnos en grupos, para lo bueno o para lo malo.

Cambiarán nuestras prioridades. Dentro de poco será más importante dar un paseo con los nuestros por el pueblo, por los parques, playas o las rutas del campo, que irse a recorrer 10.000 kilómetros en avión para pasar una semana visitando, a toda pastilla, monumentos y restaurantes en un país lejano, solo para poder contarlo a la vuelta y subir cientos de fotos al Instagram. A lo mejor nos damos cuenta de que la felicidad la podemos también encontrar en esas pequeñas cosas de nuestras vidas de las que el maldito virus nos ha privado.

A lo mejor nos damos cuenta también, de que no parece muy racional endeudarse treinta años para poder acceder a una vivienda habitual y que luego nos sintamos prisioneros con solo estar 15 días o un mes confinados en ella. ¿Somos tan necios para pasarnos media vida pagando una prisión? Evidentemente no, mi casa no es mi prisión pero tampoco tiene que ser mi ruina. Reflexionemos, a lo mejor tendremos que darle también una repensada a esto, igual hay que dejar de hacer negocio con las primeras viviendas. Necesitamos volver a un consumo más responsable.

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Dos observaciones más, la digitalización ha venido para quedarse pero después de 3 semanas de confinamiento también he descubierto las limitaciones del mundo digital. Y esto lo dice una persona que empezó a ser digital en el año 1982 cuando me regalaron un Sinclair ZX Spectrum de 48k que fue uno de los primeros microordenadores domésticos. Puede que no se me considere un nativo digital pero llevo evolucionando al ritmo de los dispositivos digitales que desde hace casi 40 años he estado utilizando. No podría vivir sin internet pero menos aún puedo vivir aislado. Necesito socializar en 4 dimensiones.

En cuanto al teletrabajo ¡qué gran descubrimiento!. Sobre todo para algunas empresas, se han dado cuenta que esta modalidad de trabajo les puede ahorrar muchos costes fijos y consumos energéticos, que pasarían a ser cargas para los trabajadores que al desarrollar sus jornadas laborales en sus domicilios tendrían que asumir una parte de esos gastos fijos y consumos de energía. Por otro lado, el teletrabajo puede tener otro efecto colateral, sino se sabe gestionar adecuadamente puede acabar degenerando en otra forma de esclavitud en la que los trabajadores tengan jornadas laborales eternas. Como somos un país muy dado a las modas y a las burbujas, en el que pasamos de 0 a 100 en un suspiro, solo quiero hacer ver que el teletrabajo es otra herramienta que tiene sus ventajas pero también sus inconvenientes y que antes de lanzarnos como locos a utilizar esta modalidad como si no hubiera un mañana, deberíamos reflexionar y meditar mucho antes de intentar generalizar esta forma de trabajar*

(*Por cierto, para mí el teletrabajo no equivale a tele-reuniones eternas, tiene que ser algo más que eso. Si antes no nos pasábamos 8 horas al día reunidos no tiene mucho sentido que ahora lo hagamos por mucho que se realicen por medio de videoconferencias. Seamos serios, productivos y eficientes, pero de verdad.)

Esta pandemia, espero, que haga también reflexionar a los políticos, economistas, empresarios y trabajadores. Algo tenemos que cambiar. Yo siempre lo he tenido muy claro. Si queremos vivir en una sociedad desarrollada, en la que los ciudadanos tengamos a derechos y libertades, en la que tengamos cubiertas todas nuestras necesidades básicas y además podamos acceder a una calidad de vida que nos permita desarrollar proyectos de vida no solamente basados en la mera subsistencia, necesitamos mantener y ampliar el Estado del Bienestar.

Creo que todos hemos visto la importancia de los servicios públicos, del Estado como garante de nuestra calidad de vida. El mercado que a muchos siempre les pareció lo más importante, no nos sacara de esta crisis. No. Lo hará la inversión pública, el gasto público. Necesitamos un Estado social fuerte sustentado, así son las cosas, en los impuestos, justos y progresivos en que los todos aportemos según nuestras posibilidades. Esto también es la búsqueda del bien común. Ni donaciones, ni limosnas.

Otra conclusión, el dinero negro (señores votantes del PP y afines) no financia hospitales, no compra respiradores, ni mascarillas y ni batas, y tampoco paga los sueldos a médicos, enfermaras, auxiliares etc. Las donaciones, señor Ortega y demás multimillonarios, no están mal, pero es mucho más justo, no desviar impuesto a paraísos fiscales, no deslocalizar para potenciar el trabajo infantil en países pobres.

Necesitamos volver a la racionalidad, necesitamos volver a los valores humanistas, al consumo responsable, a los derechos laborales y sociales, a la solidaridad entre países y naciones, a la transición energética justa. Necesitamos más Europa. Es la oportunidad. No la desperdiciemos.

El covid-19 nos hecho abrir los ojos a muchos. Ahora veo que en épocas de crisis algunos trabajadores son esenciales y otros no tanto. La cajera del supermercado, por ejemplo, que arriesga su vida por un sueldo inferior a 1000 euros es mucho más importante para mí, que los Ronaldos o Messis. Es solo un ejemplo.

Gracias a todos y a todas, a cada uno de vosotros y vosotras. Entre todos saldremos de esta.

Pero podremos salir de la crisis sin aprender nada, o cambiando nuestra sociedad, en nuestras manos esta.

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