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3 de diciembre de 2020, 20:07:46
Opinión


A vida o muerte

Por María Mir-Rocafort

Último pleno del Congreso. Sube a la tribuna Pablo Casado. Me preparo para oír lo de siempre contra Sánchez y contra el gobierno. Me preparo para el aburrimiento porque la indignación se me ha muerto de tanto usarla. Pero he aquí que, de pronto, las palabras del jefe de la oposición me alertan como una puñalada en el centro cerebral de la atención. La mandíbula inferior se me cae. Los ojos se me desorbitan. Mis oídos se preguntan, incrédulos, si han oído lo que creen haber oído.


Pablo Casado repite y abunda. Y del fondo de mi alma empieza a brotar una cascada de palabrotas y dejo que fluyan por mi boca porque decía mi padre que a las palabrotas hay que dejarlas salir porque alivian la tensión, y a mí la tensión me estaba subiendo a límites peligrosos. Coño, gritó mi alma y gritó mi garganta, ese individuo me está ofreciendo, como única solución a la amenaza de la muerte que me acecha, poner banderas a media asta y hacerme un funeral de estado cuando la palme.

Vamos a ver, me dice la razón, o las preocupaciones me han hecho perder el juicio y estoy delirando o los que han perdido el juicio y deliran son los líderes de la oposición de este país. Hoy veo en Twitter un vídeo en el que Oscar Puente, alcalde de Valladolid, nos muestra una página de su correo electrónico con más de tres mil mensajes conminatorios que le dicen “Banderas a media asta”. Compruebo con cierto alivio que no deliro. Pero el alivio me dura poco. El miedo que sentía, como tantos sufren hoy, se me ha vuelto terror.

No es momento para divagar. Es momento para ver y decir las cosas como son. Mis cosas se han condensado en una prioridad que mueve todos mis pensamientos y mis actos, como seguramente mueve los pensamientos y los actos de todos los demás; la voluntad de vivir, de seguir viviendo en este mundo unos cuantos años más.

Justifica mi terror la existencia, en España, de tres partidos políticos que, en medio de la mayor crisis que ha sufrido el país después de la guerra, dan muestras cada día de una espeluznante falta de humanidad

Creo en la inmortalidad del alma, creo que cuando el cuerpo se me apague definitivamente, mi alma empezará a vivir la eternidad. Pero no tengo ningunas ganas de que llegue ese momento. Como Joan Maragall confesó en su Canto espiritual, no concibo otro mundo más hermoso que este mundo si se mira con la paz de Dios dentro de nuestros ojos. A Dios pregunto como Maragall: ¿Qué más nos puedes dar en la otra vida? Esta tierra, con todo lo que en ella se cría, es mi patria, Señor. ¿Y no podría ser también la patria celestial? Muchas veces, la memoria me devuelve estos versos cuando voy por el camino de mi casa y miro a las montañas que me rodean y al cielo que las cumbres parecen tocar. Pero mi fe no tiene nada que ver con la satisfacción de mis sentidos. La mayoría de los que no creen en la existencia de Dios ni en la inmortalidad del alma comparten, sin duda y tal vez con más intensidad, el amor a este mundo.

¡Y sale Pablo Casado y ofrece a los ciudadanos como muestra de su generosidad un funeral de primera clase! El ofrecimiento me aterroriza por varios motivos. En primer lugar, porque una neumonía que casi se me lleva hace unos tres años me dejó la secuela de tres enfermedades crónicas muy serias y ya he cumplido setenta y un años. Hoy, en España, eso significa que si me contagio con el puñetero virus, no voy a recibir la mejor atención médica posible porque hay que reservar los recursos para los pacientes con mayor posibilidad de sobrevivir. Eso significa que entrar en un hospital con el virus a cuestas sería como el anticipo de una sentencia de muerte y de dejarle a mi hijo de por vida el dolor de no haber podido despedirse de mí. Eso significa agonizar ahogándome y haciendo lo imposible por no romper el hábito de no quejarme porque cientos de ancianos han agonizado así antes que yo en residencias heladas por la falta del calor de la familia, algunas de ellas inmundas por la incuria de unos empresarios que, en lugar de ancianos enfermos, ven el dinero que hay que sacarle a los clientes con la menor inversión posible. ¿Y en esas circunstancias tengo que agradecer a Pablo Casado la promesa de que las banderas ondearán a media asta por mí cuando me vaya?

¡Y sale Pablo Casado y ofrece a los ciudadanos como muestra de su generosidad un funeral de primera clase!

En segundo lugar, justifica mi terror la existencia, en España, de tres partidos políticos que, en medio de la mayor crisis que ha sufrido el país después de la guerra, dan muestras cada día de una espeluznante falta de humanidad. Esa falta de humanidad me la ha recordado esta mañana la entrevista en la radio a Eduald Carbonell, profesor de Prehistoria en la Universidad Rovira i Virgili, codirector del programa de investigación de los yacimientos de Atapuerca, autor del libro La conciencia que quema. Dice Carbonell que la crisis por el Covid-19 es el último aviso antes del colapso de la especie. No exagera. A sus conclusiones puede llegar cualquier persona que piense aunque carezca de los conocimientos científicos y desconozca los términos técnicos que los científicos del ramo utilizan.

Afirma Carbonell que la hominización no es los mismo que la humanización. La hominización es el proceso por el cual los primates se transformaron en homínidos, primates erguidos con inteligencia y habilidad manual. La humanización, en breves palabras, requiere el proceso mediante el cual un homínido adquiere y se rige por un criterio de valores éticos que Carbonell define como pensamiento social crítico. En términos de legos, o la sociedad adquiere conciencia de estar compuesta por seres humanos que deben vivir integrados compartiendo solidariamente los beneficios del conocimiento y de la técnica o nos espera la extinción de la especie. Más claro aún, o nos humanizamos o la especie humana se va al carajo.

Los tres partidos de este país que se proclaman liberales pretenden llevarnos por un camino opuesto; el camino hacia el individualismo insolidario que expresa muy gráficamente la frase de sálvese quien pueda y el que no, que se resigne al destino que empieza por jota.

La crisis del virus asesino ha puesto en evidencia las intenciones y la estrategia de esos tres partidos que juegan poniendo las triles en el centro, a la derecha o más allá de la derecha. Los conocíamos a los tres. El partido más allá denuesta la integración, la igualdad, la solidaridad. Blandiendo la bandera de España como si fuera una espada dispuesta a cercenar cabezas de forasteros y de opositores, la extrema derecha está campeando la amenaza de la epidemia a base de insultos y amenazas al gobierno.

Los otros dos partidos pretenden engañar induciendo a los españoles a creer que el trile está en el centro. Su estrategía es la misma que la de la extrema derecha: el insulto y la amenaza al gobierno para desconcertar a quienes les escuchan y conseguir que, en su desamparo, los ciudadanos se entreguen a quienes les prometen firmeza y eficacia. ¿Firmeza para qué? ¿Para entregar sus impuestos a las empresas privadas que son las que saben cómo hacer dinero? ¿Para poner a los trabajadores a raya de modo que no impidan, con sus exigencias, el enriquecimiento de los más hábiles? ¿Eficacia para qué? ¿Para desmantelar eficazmente todos los servicios públicos y entregarlos a empresas privadas que son las que saben cómo gestionar su dinero y el de los políticos?

Ya no tengo miedo, tengo terror. He tenido la inmensa suerte de no caer en una residencia privada. Mi madre no tuvo esa suerte porque el Alzheimer se la llevó años antes de acabar con su vida. Tengo el inmenso privilegio de vivir en medio de una montaña. Pero sé que si caigo en uno de esos hospitales que el mal llamado liberalismo privó de los recursos necesarios, recortándolos para beneficiar al sacrosanto capital, mi trabajo, mis ilusiones, mis deseos de vivir se van a hacer puñetas. Tengo terror porque si me quedo en un país en el que la mayoría se niega a pensar y acaba tragando banderas y falsa firmeza y nula eficacia y votando por uno de los tres partidos que defienden al dinero y a nada ni nadie más, España se volverá un país inhabitable y, con el tiempo, inhabitado por seres humanos cuando se cumpla la profecía de Carbonell. Porque, o todos nos unimos para prosperar juntos en conocimientos y en técnica para volver a levantar nuestro país y al resto del mundo creando una nueva sociedad universal de seres humanos, o desaparecemos todos como especie de la faz de la tierra.

Claro que a los fieles de las doctrinas de derechas no les importa. Lo demostraron quienes dieron su voto a las derechas en las elecciones. Y los partidos de derechas están demostrando ahora para qué les pedían el voto. A todos esos solo les importa su futuro; les tiene sin cuidado el futuro de la humanidad. Pero a los demás, a los que hemos entendido el significado y las consecuencias de esta pandemia, sí nos importa nuestra vida y la vida de nuestros hijos y de sus hijos y de los hijos de sus hijos. Nos importa y hoy sabemos que el mundo entero nos llama a luchar a vida o muerte para que volvamos a aprender a vivir corrigiendo los errores que fuimos cometiendo individualmente y como sociedad. Y solo hay un modo de corregir errores: pensando. ¿Estará la mayoría dispuesta a pensar?

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