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6 de agosto de 2020, 3:56:12
Opinión


Porque me da la gana

Por María Mir-Rocafort

Una mujer ha muerto a los noventa y cuatro años, en un hospital, sola, sin poder despedirse de los suyos, aislada por ese virus que contagia la enfermedad a quienes se acercan al contagiado y el miedo a la mayoría y el dolor a casi todos; al enfermo, a sus familias, a sus amigos, a las personas sensibles que se compadecen del dolor de los demás.


La muerte de esta mujer me recordó que mi madre tendría hoy la misma edad, veintitrés años más que yo. Y la memoria me llevó a su infancia, a su adolescencia, a su juventud y a las mías.

La última vez que bajé a tomarme mi cervecita a El Coyote, unos días antes del confinamiento obligatorio, me senté, como siempre, en la mesa de la terraza a la que más daba el sol. En la mesa de al lado, bajo toldo, dos conocidos del pueblo, un hombre y una mujer, hablaban. Como si intuyeran que muy pronto la vida se nos iba a poner muy seria, hablaban del sexo como fenómeno independiente del amor. Me incorporé a la conversación y acabamos hablando de la fe, de Dios. En un momento dado, la mujer me preguntó por qué creía en Dios. Le contesté con toda sinceridad que porque me daba la gana.

Me enseñaron en la infancia y en la juventud que la fe era un don de Dios. Pasé la infancia y mi primera juventud oyendo cosas de Dios; cómo era, como actuaba. La razón me decía que ningún ser humano puede saber cómo es eso que llamamos Dios, porque si la razón fuera capaz de conocerle, de saber qué piensa, qué hace, qué quiere que hagamos ya no sería el ser trascendente a toda realidad humana que llamamos Dios. Tuve varios confesores hasta mis treinta y cinco años. El que tuve estando en la universidad me decía que para conocer a Dios, había que silenciar a la razón; que el que nos movía a razonar era el Demonio, siempre empeñado en conquistar las almas preferidas de Dios. Me lo tragué a la fuerza, tal vez con un poco de orgullo. Y silenciando a mi razón en todo lo que tuviera que ver con Dios pasé los siguientes diecisiete años de mi vida.

Quedé embarazada a los treinta y cinco años. Era mi tercer embarazo después de dos abortos espontáneos. Tenía tantas ganas de ser madre que me confiné en mi casa para evitar otra pérdida. Pasé aquel confinamiento voluntario de nueve meses leyendo y, sobre todo, pensando en el hijo que estaba gestando y hablando con él. La razón se colaba en mis reflexiones y decidí no hacerla callar. Un hábito gravado en mi carácter desde la infancia me movía a analizar la realidad del modo más racional posible. Quería para mi hijo un futuro en el que fuera capaz de utilizar sus facultades mentales para buscar la verdad.

Mi hijo nació, sano y robusto. Yo ya no tenía tiempo para la reflexión. Todas mis horas las ocupaba aquel prodigio que tenía en mis brazos, en la cuna. Me dejé llevar por las emociones. La tradición familiar y mi propia educación me decían que tocaba bautizarle y organicé el bautizo aunque con poca convicción. Llegó el día y fuimos a la iglesia. El niño, en brazos de su madrina, estaba tranquilo. Yo estaba feliz. Y entonces, el sacerdote empezó el rito del bautismo. Procuré concentrarme, vivir con toda mi alma ese momento sagrado en que mi hijo iba a recibir la gracia de Dios y se iba a incorporar a la Iglesia militante. Y empezó la parte del exorcismo y el sacerdote preguntó al niño con voz potente: "¿Renuncias a Satanás, a sus pompas y a sus obras...?" Los padrinos contestaron en su nombre: "Sí, renuncio".

Esa noche, ya a solas, mirando al niño que dormía, la persona que somos en las profundidades de nuestras almas me preguntó si quería que mi hijo aceptara mis creencias, creencias que me habían angustiado en mi infancia y en mi primera juventud. Desde el fondo de mi alma, el yo que llevo dentro contestó con un rotundo "No". Mi hijo sería libre de elegir sus propias creencias. Mi única función consistiría en inculcarle que no aceptara nunca creencia alguna que contradijera valores humanos; que le hicieran daño a él o que hicieran daño a los demás. En ese momento, renuncié a las creencias que me habían impuesto y empecé a profesar la fe que profesaré mientras viva.

Nunca he dejado de creer en un creador que, convencionalmente, llamamos Dios. Creo porque quiero, porque me hace bien. Somos criaturas conscientes de que nuestra vida tiene que terminar y ese final que se personifica en la Muerte nos resulta doloroso a casi todos y a algunos, insoportable. Le resultaba insoportable al hombre Miguel de Unamuno. Tal vez es a él a quien le debo la certeza de que creer en Dios es una necesidad porque Dios nos garantiza la inmortalidad del alma. Comparto esa creencia suya aunque no las otras que le llevaron a deducir que la vida impone un sentimiento trágico. Pero eso es otra historia.

Me niego a aceptar que la muerte es un ser tenebroso con una guadaña preparada para cercenar nuestra vida. Me niego a creer en la muerte. Creo firmemente que ese nombre que se le da para personalizarla no tiene ningún sentido. Un día, en un momento dado y por diversos motivos, la máquina que es nuestro cuerpo deja de funcionar. Creo firmemente que el alma sigue y seguirá viviendo ya fuera del espacio y del tiempo, es decir, toda la eternidad. ¿Cómo? ¿Dónde? Preguntas que nadie puede contestar, lo que permite a cada cual imaginar lo que quiera. Yo imagino que las almas siguen aquí en otra dimensión. No me interesa cómo. Quiero creer que están aquí y porque quiero, lo creo, y no acepto ningún argumento en contra, sencillamente porque no quiero.

Yo no pude despedirme de mi madre. Cuando su cuerpo se apagó, estaba muy lejos y yo no podía viajar. De su alma no me despediré nunca. Hoy, al oír por la radio que había muerto esa mujer de noventa y cuatro años –siempre dicen morir, fallecer-, le comenté a mi madre: "Fíjate mamá, la misma edad que tendrías hoy. Veintitrés años más que yo". Y en mi memoria y en mi imaginación el alma de mi madre me llevó a su infancia, a la guerra, a las luchas de su juventud, y el alma de mi padre se sumó a la conversación recordándome también sus batallas.

Llegué a mi despacho y abrí mi ordenador con la preocupación y la pena que hoy nos invade a todos, pero con muchas ganas de contar lo que acabo de escribir por si a alguno de mis lectores le sirve. Por si a alguno le sirve para decidir creer en un creador que tiene el mismo respeto por la libertad de sus criaturas que tuve y he tenido yo con mi hijo; libertad total, hasta para creer en lo que quiera. Por si a alguno le sirve para creer que el alma es inmortal y que, libre del cuerpo, puede ir a donde quiera, puede estar al lado de cualquiera que la llame con su recuerdo. Hoy llamé al alma de esa mujer a la que ayer el virus le apagó el cuerpo y le dije que esperaba que su familia percibiera su consuelo. En mi mente, en mi imaginación, sentí que me pedía que consolara yo también a quienes pudiera, como pudiera.

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