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26 de mayo de 2020, 11:42:20
Opinión


El espíritu del tiempo. ¿Tiempo de igualdad?

Por María Mir-Rocafort

La imagen podría representar a la mujer de la curva, ese fantasma que, según la leyenda, aparece en la curva de alguna carretera deteniendo al coche que se acerca, para luego desaparecer. También puede simbolizar a la mujer esperando, siempre esperando que otro la lleve. Y puede simbolizar también a la mujer, a cualquier mujer, sola ante la carretera por la que deberá transitar venciendo su blandura, su debilidad, para llegar al destino que le señala su ambición. La tercera alternativa parece la más acorde con el espíritu de nuestro tiempo, pero, ¿lo es?.


La mujer es blanda, es débil físicamente como indica la etimología del término. Quiso la naturaleza dotar al macho adulto de la especie humana con una concentración de testosterona en el plasma sanguíneo diez veces superior a la de la hembra. Esa hormona es la responsable de la superior masa muscular del macho, de la superior longitud de sus huesos, de su fuerza superior. La naturaleza decide esa diferencia entre los machos y las hembras de casi todas las especies destinando a los unos a las tareas que requieren mayor fuerza física y a las otras a procrear y sacar adelante a la prole. Esta diferenciación obedece a la necesidad de preservar la supervivencia de las especies y es la supervivencia el propósito vital de todos los animales; de todos, excepto del ser humano.

Limitar al ser humano a la condición de animal como cualquier otro animal es un postulado cientificista. El animal es su cuerpo, del que no puede ir más allá. El ser humano es su cuerpo, un cuerpo análogo al de cualquier animal, animado por eso que llamamos mente o alma, como se quiera. La mente permite al ser humano elevarse por encima de las determinaciones de la naturaleza; ser libre al margen de cualquier circunstancia, al margen de toda determinación ajena. El cuerpo puede ser sometido por cárceles físicas o por circunstancias adversas, pero nada ni nadie puede someter a la mente que no se deja someter. Tenemos un ejemplo reciente; la libertad irreductible de la mente de Nelson Mandela. Y otro más próximo; Marcos Ana. Veintitrés años de prisión en cárceles franquistas no lograron agotar la fuente de sus versos. Pues bien, la mente ignora las diferencias físicas entre macho y hembra. Es la mente la que iguala a macho y hembra de nuestra especie en un solo género; el género humano.

Sin embargo, la inferioridad física de la hembra ha determinado en todas las sociedades su sometimiento al macho. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que el más fuerte siempre tiene en sus manos someter al más débil; con un golpe basta. Un golpe puede bastar para que un macho deje sin vida el cuerpo de una mujer. Y la certeza de que esa posibilidad existe incide sobre las facultades mentales y las emociones de machos y hembras estableciendo una desigualdad radical que siglos de evolución del pensamiento no han conseguido superar.

Evidentemente, un macho que cree que su superioridad física le hace superior a una mujer en todos los sentidos es un individuo cuya mente no ha alcanzado la evolución de sus facultades que distingue a un ser humano de un animal. ¿Hay que tratar entonces como a animales a maltratadores, violadores, acosadores? Un ser humano, auténticamente humano, siempre ve en los animales a un hermano al que hay que tratar bien y a los animales con los que convive procura enseñar reglas básicas de convivencia que permitan su socialización. De esto se deduce que si la mente de un macho no consigue asimilar la igualdad esencial del macho y la hembra del género humano, se le debe entrenar para que entienda, al menos, que la sociedad humana no puede regirse por las normas de la selva y que su convivencia con seres humanos le obliga a respetar la integridad física, la libertad y los derechos de sus congéneres de ambos sexos sea cual sea el grado de su evolución.

Esto se aplica, naturalmente, a los políticos. Flota en nuestros tiempos un espíritu de discordia que cuestiona los grandes logros del pensamiento en lo referente a la convivencia de los individuos de nuestra especie. Este cuestionamiento se disfraza de ideología, pero no puede haber ideología cuando lo que se predica es un retroceso en la evolución. La ideología es un conjunto de ideas que brotan del pensamiento de una persona y que puede compartir un grupo político o religioso. Salta a la vista que creencias y actitudes que niegan la realidad y la ley natural no pueden surgir de una reflexión racional sobre realidades incuestionables como la igualdad de todos los individuos del género humano.

Negar, por ejemplo, contra toda evidencia, el ejercicio de la fuerza física de los machos no evolucionados contra una mujer y las consecuencias personales y sociales de esa brutalidad, no puede surgir de una idea racionalmente meditada ni puede formar parte, por lo tanto, de una ideología política. Esa negación de la realidad que llega hasta a utilizar datos falsos para defenderse, solo puede surgir de reacciones instintivas, como las que mueven a los animales, o de trastornos mentales como las fobias o las monomanías de los fanáticos. Lo que puede aplicarse a otro ejemplo. Los políticos que niegan los derechos de las mujeres, niegan también los derechos de los emigrantes. Claro que en política, la causa de este tipo de disparates puede ser, simplemente, el interés personal; la necesidad de superar frustraciones, de conseguir notoriedad, de abrirse camino como sea y cosas por el estilo.

¿Y qué le pasa al ciudadano común y corriente que vota por estas mal llamadas ideologías? O bien persigue un interés personal, como algunos políticos, o bien comparte trastornos mentales como los mencionados, o bien es presa del miedo. ¿Miedo a qué? Miedo a perder la supremacía sobre la mujer que suele afectar a machos no evolucionados; miedo a los emigrantes que vienen, según le dicen, a privarle de trabajo y derechos sociales. ¿Y si es una mujer la que las vota? El miedo, consciente o inconsciente, es la causa principal de que las mujeres voten a aquellos que cuestionan su libertad y la igualdad absoluta de libertad y derechos de todos los seres humanos.

En casi todas las culturas, la mujer ha sido y sigue siendo la principal guardiana de las tradiciones sociales y religiosas porque a ella corresponde la educación de los hijos, al menos en su primera infancia. Según la teoría de la mente, avalada por una rigurosa investigación de muchos años, el ser humano tiene la capacidad de percibir las sensaciones y comprender los estados mentales propios y ajenos. Esa capacidad se activa a partir de los estímulos que el niño recibe de los otros y alcanza su mejor momento entre los tres y cinco años de edad. En circunstancias normales, las personas más próximas al niño durante sus primeros años de vida son la madre y otras mujeres de la familia. Son las mujeres, por lo tanto, las que inciden en las facultades mentales del niño que luego determinarán su desarrollo social, su autoimagen, su autoestima, su competencia social y sus capacidades cognitivas.

Pues bien, ahora que todos coincidimos en que el respeto a la igualdad de los géneros depende de la educación del niño, ¿no deberíamos plantearnos la necesidad de atacar el problema desde su origen poniendo el énfasis en la educación de las madres y de las niñas? El sometimiento de las mujeres a leyes que, utilizando religión y tradiciones, atentan contra sus derechos más elementales en países gobernados por musulmanes integristas, por ejemplo, no sería posible si las mujeres se rebelaran y educaran a sus hijas a rebelarse contra esas leyes injustas. El sometimiento consciente o inconsciente que mueve a la mujer occidental a votar por partidos que niegan la igualdad de los géneros no sería posible si de la manipulación emocional de los líderes políticos que la niegan, la mujer pudiera defenderse con los argumentos racionales que solo puede proporcionarle una adecuada educación.

Claro que la educación lleva tiempo, un tiempo en el cual los machos con instintos de brutos seguirán maltratando y matando mujeres. ¿Tenemos que esperar limitándonos a quejarnos con manifestaciones y minutos de silencio cada vez que un macho mata a una mujer? Hay otra alternativa que, por algún motivo, no parece tomarse en cuenta. Podemos suministrar a niñas y mujeres medios eficaces para defenderse ofreciendo a todas clases de defensa personal, obligatorias para niñas en los colegios y gratuitas para adultas. Dice un viejo dicho que más vale maña que fuerza. ¿Por qué obligar a las mujeres a vivir con miedo e inseguridad mientras la educación de machos y hembras surte efecto?

El nacimiento del mundo se narra con divina simplicidad en el primer capítulo del primer libro del Tanaj judío y de la Biblia cristiana; el Génesis. No hace falta ser creyente para leerlo y meditarlo. Cuenta como en el principio Dios creó los cielos y la tierra -quien quiera sustituir el nombre de Dios por el de Big Bang o cualquier otra cosa puede hacerlo sin alterar la esencia-. Y dice que dijo Dios: “Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra”. Y así, dice, “Creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó”. En la voluntad de Dios –o de lo que crea cada cual- todos, machos y hembras, somos hombres de la estirpe de Dios, llamados por Él a ser creadores que vayamos perfeccionando la creación, cuidando de los mares y los ríos, de las hierbas y los árboles, de los peces y las aves, de las bestias, las sierpes y las alimañas. El creyente cristiano que niegue la igualdad del macho y la hembra de la especie humana creados ambos a imagen y semejanza de Dios, blasfema. Al agnóstico o ateo no le cae la acusación de blasfemia, pero el relato debería moverle a reflexionar sobre la evolución de sus facultades mentales.

Solo la reflexión racional puede hacernos superar el espíritu de estos tiempos; el clima intelectual, cultural y moral que nos ha tocado vivir. Un clima de desprecio a los valores humanos, de individualismo que rechaza la solidaridad. Un clima de discordia, de deshumanización. Solo la reflexión racional puede devolvernos al mundo que nos fue dado para que fuéramos haciéndolo cada vez más habitable. Solo la reflexión racional puede hacernos más humanos; más hombres, machos y hembras, dignos de ser la estirpe de Dios o de estar en la cúspide de la naturaleza. Cuando esté a punto de llegarnos el momento del descanso, solo la reflexión racional puede hacernos repasar cuanto hemos hecho a lo largo de nuestra vida y a ver, como el Dios del Génesis, que todo estuvo muy bien.

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