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10 de agosto de 2020, 9:57:39
Opinión


La religión en política. Otra blasfemia

Por María Mir-Rocafort

Las tres derechas han regalado a los medios otra minita; el llamado “pin parental”. Como si fuera una venganza contra Teruel Existe por haber votado a favor de la investidura de Pedro Sánchez, los partidos defensores de las tradiciones, relegados por el socialismo del PSOE y el comunismo de Podemos a la categoría segundona de oposición, han conseguido eclipsar el protagonismo de Teruel situando a Murcia bajo el foco de la atención mediática; buena recompensa por haberles llevado al poder en esa comunidad. Desde ese punto del territorio patrio que solo llegaba a los medios por la emigración, las comidas anuales que preparaba un personaje político, las sequías, las inundaciones y algún suceso, la inefable ultra derecha españolísima ha lanzado una bomba cuya onda expansiva afecta hasta el último rincón del país con la intensidad universal que solo provocan las cosas de Dios. Dios ha hablado por boca del gobierno nacional católico de Murcia, y España entera escucha y comenta, estupefacta.


¿Dios?, pero, ¿qué Dios? Dioses ha habido siempre muchos desde que los hombres decidieron recrear a su creador a imagen y semejanza suya. Naturalmente, esos dioses recreados han exhibido siempre las cualidades de sus creadores en grado superlativo, sobre todo, la mala leche. Desde los dioses que exigían sacrificios humanos hasta los que premiaban el uso de la mayor fuerza física eliminando enemigos, sometiendo al más vulnerable, esclavizando a la mujer, el creador de todo lo creado, recreado este a su vez por el capricho de los hombres, se ha distinguido siempre y en todas partes por cualidades antropomórficas como la soberbia, la intolerancia, el odio y otras que persiguen aplastar al más débil, hacerle la vida imposible o quitarle la vida de una vez.

¿Qué relación establece el ser humano con esos dioses? Los teólogos y otros entendidos han discutido y siguen discutiendo la etimología de la palabra religión. Esas discusiones no interesan al lego. La persona común y corriente que observa la religión como parte de su cultura, de sus tradiciones y, muchos, como exigencia de su grupo social, raras veces, si alguna, la asocia a su relación individual con el ser que llama Dios. La religión suele ser para esa persona una cosa y lo que quiera que sea Dios, otra.

Las relaciones que han establecido los creadores de dioses con la criatura que llaman Dios, han dependido siempre de la psicología particular de esos creadores y de su influencia sobre el grupo al que han logrado imponer sus creencias y determinar sus costumbres; creencias y costumbres que con el tiempo se convierten en tradiciones que determinan, de diversos modos, la cultura de un grupo humano. Pero por encima de todas las diferencias culturales, hay en todos los grupos un motivo común que les liga al Ser Supremo que llaman dios. Dios, el dios de cada grupo, se concibe y se adora como salvador; salvador contra todo mal, contra toda amenaza: salvación contra el mismo miedo. ""Mi amparo, mi refugio, mi Dios, en quien yo pongo mi confianza…El te librará del lazo del cazador y del azote de la desgracia… No temerás los miedos de la noche ni la flecha disparada de día", dice el Salmo 91, por ejemplo. Evidentemente, la relación que estos seres humanos establecen con los dioses creados a su imagen y semejanza es una relación de interés. La religión viene a ser, según esta evidencia, un religarse a un dios providente; un dios al que encomendamos la satisfacción de nuestras necesidades, nuestro bienestar y el de quienes nos importan, para que nos proteja y nos provea de lo que nos parece que necesitamos. Creer en un Dios que no dé nada exige una capacidad de abstracción de la que carece la mayoría. En cuanto a los que desde siempre se han arrogado una posición privilegiada de intermediarios entre sus dioses y los fieles, su particular relación con el dios que dicen representar también se funda en el interés. De ese dios dependen sus privilegios y su poder sobre el grupo de creyentes.

¿Y qué tiene todo esto que ver con lo del “pin parental” que Vox ha ordenado establecer en los colegios de Murcia? Vox y los partidos que deben obedecer sus directrices para conservar el poder que le dan sus votos han decidido exigir a los directores de los centros educativos que informen a los padres previamente sobre cualquier materia que afecte cuestiones morales “socialmente controvertidas o sobre la sexualidad que puedan resultar intrusivos para la conciencia y la intimidad de nuestros hijos de tal modo que como padre o madre pueda conocerlas y analizarlas de antemano, reflexionar sobre ellas y en base a ello dar mi consentimiento o no, para que nuestro hijo asista a dicha formación”. (El redactado y los errores gramaticales no son míos).

El asunto ha obligado al PP a redactar un argumentario para justificar su aprobación; argumentario que durante toda la semana han estado repitiendo los cargos del PP con voz pública y que resumen las palabras de su secretario general. Dijo García Egea: "Vamos a rechazar el adoctrinamiento y apoyar la libertad de los padres para elegir la formación moral, y por su supuesto, la religiosa (de sus hijos)" Casado puso su rúbrica con una afirmación lapidaria: “Mis hijos son míos y no del estado”. ¿Y la otra derecha? Ciudadanos, como siempre, sigue intentando convencer al personal de que no está de acuerdo con Vox, de que no tiene nada que ver con Vox, de que acepta las exigencias de Vox solo porque sin los votos de Vox no podría gobernar en ninguna parte. En Murcia, por ejemplo, ha votado a favor de las directrices de Vox. Vox ya ha avisado que se preparen los colegios de Andalucía y de Madrid.

Van a apoyar la libertad de los padres para elegir la formación moral y religiosa de los hijos, dicen las derechas. O sea, que los padres van a decidir los valores que determinarán el criterio de sus hijos durante toda su vida. O sea, que si los valores morales que determinan el criterio de los padres contradicen los que el ser humano ha ido descubriendo a lo largo de siglos de evolución, los hijos tienen que ser educados según esos valores infrahumanos y nadie lo puede impedir. ¿Por qué? Porque los hijos son propiedad de los padres, dicen Pablo Casado y los suyos.

Porque los hijos son propiedad de los padres, los padres tienen derecho a educarles en el rechazo a la homosexualidad y a los homosexuales; en la defensa de la supremacía de los hombres sobre las mujeres; en la aversión a los inmigrantes de otras razas y de religión distinta a la católica. Porque los hijos son propiedad de los padres, que nadie intente adoctrinarles sobre la tolerancia, valor esencial para vivir en paz; que nadie intente adoctrinarles sobre la igualdad de todos y el respeto al más débil, esencial para la convivencia en una sociedad humana; y, sobre todo, que nadie intente adoctrinarles sobre la libertad de elegir el modo en que han de relacionarse con Dios o elegir no creer en la existencia de Dios o creer y no querer relacionarse con Dios en absoluto. Porque los hijos son propiedad de los padres, hay que respetar la libertad de los padres para hacer con ellos lo que los padres quieran. ¿Y si lo que quieren causa un daño a los hijos? Nadie tiene derecho a inmiscuirse porque inmiscuirse es atentar contra la libertad de los padres reconocida por la Constitución.

Otra vez la falacia de la España una, grande y libre; sobre todo, libre por ser fiel a los valores de la tríada carlista: Dios, patria y rey; un rey garante de la uniformidad de la patria; una patria concebida como el territorio en el que habitan los fieles a una religión única; un Dios creado para proteger los privilegios de una clase superior convenciendo a los inferiores de la necesidad de su pacífica servidumbre para alcanzar la felicidad de la gloria eterna reservada a los pobres obedientes.

Quienes creen en el Creador según el relato simplicísimo del primer capítulo del Génesis: en el Creador que creó al ser humano, macho y hembra, a su imagen y semejanza, para que, a su semejanza, continuara creando todo aquello que Dios vio que era bueno; esos creyentes no aceptan falacias malignas; esos creyentes no votan a Vox ni a partido alguno que se le parezca. Para esos creyentes, recrear a Dios a imagen y semejanza de quienes le quieren para obtener, justificar y conservar sus privilegios y su poder, es una blasfemia.

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