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22 de septiembre de 2020, 5:20:11
Opinión


La derecha matona amenaza y divide a los españoles

Por Ignacio Ruiz

Manuel Azaña, el que fuera presidente de la Segunda República española, ha sido el personaje histórico más citado por tirios y troyanos, izquierdas y derechas, durante el segundo debate de investidura de Pedro Sánchez. Y el hecho de que los oradores recurrieran a su figura, y a la de Negrín o Largo Caballero, es especialmente significativa. El debate nos metió en el túnel del tiempo del que salimos en el año de gracia de 1936. La manipulación, según los intereses de cada cual, se convirtió en un selfi de cada uno de ellos. Pablo Casado, Santiago Abascal, Inés Arrimadas, crisis catalana... mutaron durante segundos para convertirse en personajes del noticiero franquista, el famoso NODO, que de vez en cuando nos ofrecía la visión manipulada y falsa de Dolores Ibarruri amenazando de muerte a José Calvo Sotelo o a José Antonio Primo de Rivera diciendo aquello de que el mejor destino de las urnas era el contenedor de solo vidrio.


Los mensajes cruzados durante la sesión de investidura, además de soeces y calumniadores por parte de algunos repúblicos de la derecha ultra montana, es decir todos, abrieron otra polémica que los profesionales de la comunicación ya creíamos olvidada. Por un lado quienes defienden que todo mensaje -ahora lo llaman tuit y responder al mensaje retuitear, formula ésta elegida por los próceres de la política, incapaces de elaborar un discurso medianamente inteligente con más de no sé qué número de palabras que caben en un tuit. Retomo el hilo. Frente a los defensores del mensaje cerrado, unidireccional y sin interesadas interpretaciones está la teoria del fallecido semiólogo italiano Umberto Eco, ahora muy conocido por su novela, llevada al cine, “El nombre de la rosa” quien en su ensayo “Opera aperta” argumentó que todo mensaje -perdón, tuit- es abierto y susceptible de diversas interpretaciones según el contexto cultural, la sicología, el código y, en el caso que comento, los intereses del receptor del tuit – perdón, mensaje- independiente de la intención de quien lo emite. En definitiva, y como dijera otro ilustre italiano, el dramaturgo Luigi Pirandello, “Asi es si así os parece”.

Mensajes como mesa de diálogo entre gobiernos es para unos la única vía de acabar con la crisis catalana y para otros un golpe de Estado perpetrado por el nuevo Gobierno de coalición.

Defensores y detractores de ambas teorías los hay en los cinco continentes, pero basta con repasar el diario de sesiones de la investidura para comprobar que existe un movimiento en España que jalea la tesis de Umberto Eco con gran entusiasmo. El nuevo movimiento es el que forman la caspa eclesiástica del nuevo vicepresidente segundo, que dia sí y dia tambien lanzan masivos mensajes que nadie osa interpretar a no ser por la vía de la ambigüedad cuando no desde la estupidez. Mensajes como mesa de diálogo entre gobiernos es para unos la única vía de acabar con la crisis catalana y para otros un golpe de Estado perpetrado por el nuevo Gobierno de coalición, que lejos de ser un hecho habitual en los países democráticos es un “Gobierno contra el Estado, el más radical de la historia democrática con comunistas, asesores de dictadores bananeros y blanqueadores batasunos y separatistas” según interpretación de Pablo Casado, quien olvida que su jefe fue investido presidente gracias a un enano que no hablaba castellano y que los hoy terroristas de Santiago Abascal fueron otrora un Movimiento de Liberación. Aznar dixit. Es decir, que en todas partes cuecen habas y en la mía calderadas.

Pablo Casado olvida que su jefe fue investido presidente gracias a un enano que no hablaba castellano y que los hoy terroristas de Santiago Abascal fueron otrora un Movimiento de Liberación. Aznar dixit.

Unidad de España, Patria, diálogo, mujeres maltratadas, violación, Igualdad, Justicia Social, Estado de Derecho, democracia, libertad de expresión, conflicto político... son significantes que cambian de significado según muevan los labios Pedro Sánchez, Adriana Lastra, Pablo Casado, Santiago Abascal,Cayetana Álvarez de Toledo, Ortega Smith, Inés Arrimadas -que decepción, que inmensa decepción- Gabriel Rufián o cualquiera de quienes llenan las bancadas del Congreso, convertido por todos ellos en el cervantino retablo de las maravillas que solo pueden contemplar los hijos legítimos y los cristianos viejos y donde, como en el cuento de Hans Christian Andersen, unos ven al Rey desnudo y otros cubierto de ricas sedas multicolores. Si en los tiempos de Heráclito todo fluía, en los albores del siglo XXI todos es polisemia.

Pedro Sánchez, a la cabeza de un complicado Gobierno heterogéneo y con un Parlamento tan fragmentado como la sociedad que lo ha elegido, quiere hacer una reforma drástica social y económica.

La resultante es desconcierto, la palabra que más usa el pueblo llano, el que no se maravilla ante retablos que no existen y que solo ve emperadores que exhiben sus vergüenzas sin costosas sedas que las cubran. En este clima contaminado por significantes con significados contradictorios lanzados por personas que, por procedencia y ética deberían utilizar los mismos códigos, es donde Pedro Sánchez, a la cabeza de un complicado Gobierno heterogéneo y con un Parlamento tan fragmentado como la sociedad que lo ha elegido, quiere hacer una reforma drástica social y económica. Difícil lo va a tener porque la conversión de su programa en leyes va a encontrar la oposición frontal de quienes no son sus rivales políticos, sino sus enemigos personales.

Esta sociedad actual, y la clase política que la representa, no es la consecuencia de un trabado plan diseñado con anterioridad. Las piezas no encajan en el puzzle. Sobran unas y faltan otras. Los muertos que mata don Luis gozan de buena salud y hay quienes quieren sacar de sus tumbas a los espadones para acabar a mandobles con los fantasmas de sus propios muertos. Tras un debate con más ruido que nueces, el pueblo, hoy llamado sociedad, lo único que ha entendido es un mensaje numérico: 167 contra 165 y 18 abstenciones. Todo es polisémico pero al final lo único que se repite es la onomatopeya. Crack, crack. Españoles enfrentados en una España dividida. Como en el 36.

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