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21 de noviembre de 2019, 23:36:53
Opinión


Campaña contra España

Por María Mir-Rocafort

Dadas las circunstancias, habrá quien suponga que la campaña contra España la desataron y la han estado luchando hasta ahora los políticos catalanes independentistas. Falso. Hace ya siete años, los políticos catalanes independentistas desataron una campaña contra Cataluña que no se resignan a clausurar. Su campaña contra Cataluña, es decir, contra todos los catalanes, no ha hecho daño a nadie más que a todos los catalanes, independentistas o no. Porque Cataluña no es un trapo, con o sin estrella, ni un himno ni un presidente de la Generalitat ni dos. Cataluña es solo el nombre de un territorio donde vivimos unos siete millones de catalanes, vengamos de donde vengamos.


No voy a opinar sobre las sentencias del Supremo. No hay opinante en este país que no haya opinado ya sobre el asunto en algún medio escrito o hablado. Después de haber leído y escuchado durante todo el día de ayer y la mañana de hoy todas las opiniones que ocurrírsele pueden a inteligencia humana, me he quedado sin opinión. Hoy no opino; denuncio.

Denuncio la campaña desatada por líderes políticos de todo pelaje contra España, es decir, contra los cuarenta y tantos millones de españoles entre los que me cuento. Porque España no es un trapo ni un himno ni un rey. España es solo el nombre de un territorio donde viven unos seres humanos que, por vivir en él, se llaman españoles, vengan de donde vengan. Es, por lo tanto, objetivamente evidente que el líder político que en su discurso ensalza el nombre de España ignorando las necesidades de los españoles está utilizando el nombre de España en vano. Utilizar el nombre de España para agitarse las glándulas es de estúpidos. Utilizar el nombre de España para agitar las glándulas de los estúpidos con el fin de sacarles el voto es de inmorales hipócritas. Utilizar el nombre de España para sacar votos con la intención oculta de ignorar las necesidades de los españoles si se llega al gobierno es de psicópatas sociales a los que mueve, por encima de todo, un egocentrismo patológico.

Dadas las circunstancias, habrá quien suponga que la campaña contra España la desataron y la han estado luchando hasta ahora los políticos catalanes independentistas. Falso. Hace ya siete años, los políticos catalanes independentistas desataron una campaña contra Cataluña que no se resignan a clausurar. Su campaña contra Cataluña, es decir, contra todos los catalanes, no ha hecho daño a nadie más que a todos los catalanes, independentistas o no. Porque Cataluña no es un trapo, con o sin estrella, ni un himno ni un presidente de la Generalitat ni dos. Cataluña es solo el nombre de un territorio donde vivimos unos siete millones de catalanes, vengamos de donde vengamos.

Un día de hace más años aún, a un político español sin escrúpulos ni respeto por los españoles se le ocurrió montar una recogida de firmas por toda España contra el estatut, la ley que debía regir la vida y convivencia de los catalanes, aprobado por los representantes de todos los españoles en el Congreso y por la mayoría de los catalanes en un referéndum perfectamente legal. ¿Por qué hizo aquella barbaridad aquel individuo? Porque su mente de estratega político sin escrúpulos dedujo que ese ultraje enfurecería a los catalanes y esa furia excitaría su sentimiento independentista y que ese sentimiento independentista enfurecería al resto de los españoles y que esa furia movería al resto de los españoles a votarle a él, gran patriota que defendía a España contra las pretensiones de los catalanes. No se equivocó.

Hace unos siete años, una gran multitud de catalanes se echó a la calle para protestar contra aquella injuria y pedir la independencia. Un político catalán, tan sin escrúpulos y tan astuto como el español, vio el cielo abierto. Nunca había sido independentista. Siempre había sido un modélico nacionalista burgués. Pero le dijo su mente que si se ponía al frente del movimiento independentista defendiendo a Cataluña contra España, podría contar con el millón de votos de los manifestantes y con los votos de los catalanes a quienes sus encendidos discursos independentistas conseguirían emocionar en sus casas. No se equivocó.

Mariano Rajoy y Artur Mas crearon un conflicto entre Cataluña y España al que no se le ve el fin. No entran en la definición de estúpido del filósofo y economista Carlo Cipolla; aquel que hace daño a los demás sin obtener a cambio ningún beneficio. Porque hicieron mucho daño, pero a cambio de un gran beneficio para ellos: millones de votos, o sea, el poder. Estúpidos fueron los que les dieron el poder para hacer daño, para hacer daño hasta a los mismos estúpidos que les dieron el poder.

Esos dos listos que Cipolla catalogaría entre los malos, los que hacen daño a los demás para beneficiarse a sí mismos, crearon escuela. Hoy va por escenarios, estudios de radio, platós de televisión una troupe de líderes políticos sin los conocimientos de política que se supone ha de tener un líder político, predicando las glorias de España con el entusiasmo de predicadores evangélicos. Una España vacía, vacía de españoles. Su discurso parece descender de vez en cuando a los más acuciantes problemas del español del montón; montón sin trabajo o con sueldo de miseria; montón de pobres y montón de los que se desviven haciendo equilibrios en el piso del medio para que nadie se dé cuenta de que están con un pie en el sótano. Pero es un discurso superficial, un añadido para que no digan que no hablan de las necesidades de los pobres españoles pobres; un discurso que no se extiende en profundidades, mucho menos en proyectos, en medidas concretas, en los medios para llevar a la práctica proyectos y medidas para solucionar los problemas de los desfavorecidos, como ellos nos llaman, y de los que luchan por no desfavorecerse.

Hablar de proyectos y medidas es un tostón que no atrae audiencias. Y los medios de comunicación lo saben, claro. Los medios de comunicación son empresas, negocios cuyos beneficios dependen de las audiencias. Y los expertos en mercadotecnia de los medios de comunicación parten de la certeza de que las audiencias se componen de estúpidos. ¿Para qué aburrirles con proyectos, medidas y el modo de llevarlos a cabo?

Casado, Rivera y Abascal saben que arrasan en medios y en redes glorificando el nombre de España y amenazando a la pérfida Cataluña con quitarle hasta el derecho a transmitir su lengua. ¿Para qué sacrificar tiempo y sesos montando un programa de gobierno que mejore la vida de los españoles? ¿A quién le importan los españoles? Ni siquiera a los mismos españoles. Háblales de sus cosas, y se aburren o se deprimen. Háblales de España, y se les enciende el patriotismo y el patriotismo les hace sentirse mejores personas y más importantes.

¿Y Pablo Iglesias, tan a la izquierda, tan preocupado por cosas de la gente? Pablo Iglesias ofrece a los españoles un Shangri-La del siglo XXI, pero tampoco pierde el tiempo montando y explicando el cómo. Para él, la palabra españoles es lo mismo que para los otros la palabra España y para los de más allá, la palabra Cataluña. Palabras para despertar la atención y encender los ánimos. La política no le interesa a nadie como no sea a los universitarios a la hora de preparar un examen. A Pablo Iglesias le llamó el presidente del gobierno para hablar de política y, como dijo un bardo, le dio la calambrina. ¿Cómo se le podía ocurrir a ese tipo tan raro llamado Sánchez hacerle perder el tiempo hablando de programa político antes de decirle qué vicepresidencia y cuántos ministerios le daba?

Son esas estrellas mediáticas, a quienes preocupa más su estilismo que cualquier otra cosa, los que hoy llevan por todo el territorio nacional la campaña contra España, lo que quiere decir campaña contra los españoles, catalanes incluidos, por supuesto.

A esa campaña se ha unido ahora el Tribunal Supremo. Sentencia indefendible, dicen unos; sentencia impecable, dicen otros. Al ser humano dotado de empatía le importa un rábano si es indefendible o las dos cosas. Al ser humano, verdaderamente humano, dotado de empatía porque sin empatía no hay verdadera humanidad; a ese ser humano le importan ahora las personas que están en la cárcel condenadas a penas superiores a los condenados por asesinato. ¿Condenados por qué? Por estúpidos, por mentirosos, si se quiere, pero condenar a personas a más de una década de cárcel por estúpidos o por mentirosos es rotundamente infrahumano y en el caso de los políticos catalanes, rotundamente estúpido. Si por estúpidos o mentirosos fuera, no habría cárceles suficientes para albergar a tantos en todo el territorio de la gloriosa España, Cataluña incluida, por supuesto, ni en todo el ancho mundo. ¿Se trataba de dar un escarmiento que disuadiera a quienes pensaran desobedecer el orden constitucional? Más estúpido aún, porque el escarmiento lo tendremos que padecer todos los españoles que de un modo u otro tengamos que sufrir las consecuencias del conflicto.

¿Nos hemos vuelto locos? No. Nos hemos resignado a tener políticos imbéciles, además de infrahumanos, preocupados por su estilismo, por la capacidad de excitar las emociones con su discurso, por la voluntad de pescar votos como sea. A estos, catalanes y otros españoles, les votan los estúpidos a quienes la campaña contra España, Cataluña incluida, les importa más que sus propias vidas.

Yo, que me las doy de inteligente, voy a votar al partido socialista y ya no me importa gritarlo a los cuatro vientos aunque me he pasado la vida presumiendo de que nunca he querido verme obligada por el carnet de ningún partido. Voy a votar al partido socialista porque no soy estúpida y no quiero hacerme daño ni a mi misma ni a los demás. Porque Pedro Sánchez me ha demostrado con su trayectoria que no es ni malo ni estúpido en la definición de Cipolla. Porque lo demostró como secretario general del PSOE y como presidente en su brevísimo gobierno. Porque no se ha puesto ni sonrisas ni adornos faciales ni utiliza ni poses ni miradas hipnóticas para convencer. Porque para ganar mi voto no utiliza a Cataluña contra España ni a España contra Cataluña.

Voy a votar al partido socialista porque he visto en su gobierno a un grupo de hombres y mujeres trabajando por los españoles sin utilizar el nombre de España para agitar las glándulas de posibles votantes. Porque he visto a un gobierno buscando la concordia y no el conflicto. Porque he visto a un presidente y a un gobierno que en mi y en todos los españoles, catalanes incluidos, por supuesto, no ve votos que pescar sino personas a quienes respetar y por las que trabajar.

Voy a votar al partido socialista porque soy catalana y, por lo mismo, española, y no quiero un gobierno que agite banderas ni himnos; quiero un gobierno que me garantice tener mis necesidades cubiertas para poder vivir en paz, en la paz sin la cual la libertad es solo otra palabra vacía.

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