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21 de noviembre de 2019, 16:03:56
Opinión


¡A la campaña contra Pedro Sánchez! Punto 2

Por María Mir-Rocafort

Decíamos que la primera falacia que todos los analistas repiten como lo que en mis tiempos se llamaba un disco rallado es que todos los políticos son responsables del fracaso de la investidura, pero la mayor responsabilidad es de Pedro Sánchez por ser quien tiene el poder. Quedamos en que la segunda aseveración no llega ni a media verdad por lo que resulta muy fácil rebatir la mentira encubierta. Pedro Sánchez no tiene poder alguno para obligar a otro líder político a votar a favor o en contra de su investidura o para abstenerse. Esto lo sabe todo el mundo. A esta verdad indiscutible los analistas replican que Sánchez tenía la obligación de sentarse a negociar con los distintos líderes para conseguir los votos que necesitaba para su investidura. Cierto.


Pedro Sánchez cumplió con su obligación, con su responsabilidad, llamando a La Moncloa a los líderes de los partidos de la oposición de ámbito nacional para tratar el asunto de su investidura. Les llamó y se sentó a hablar con ellos –no se puede ignorar lo de sentarse porque los analistas lo han convertido en sinónimo de negociar y también repiten la palabra con la persistencia de los loros.

Pues bien, Pedro Sánchez se sentó con Casado y Casado se sentó con Sánchez y, una vez sentados, Casado le dijo al presidente que no contara con sus votos para la investidura, aunque, según algunos analistas, demostró su condición de estadista, de político responsable, prometiéndole que, si resultaba investido, podría contar con su apoyo en cuestiones de estado. Dejando para el futuro los futuribles, la realidad presente es que Casado negó rotundamente sus votos o su abstención para que Pedro Sánchez fuera investido presidente. ¿Qué tenía que haber hecho y no hizo Pedro Sánchez para convencerle? Habría que exigir a los analistas que acusan a Sánchez de irresponsable que respondieran con toda claridad a esta pregunta.

Sabido es que Albert Rivera se negó a entrevistarse con el presidente. Poseído durante toda la campaña por una animadversión contra Sánchez, a todas luces obsesiva, que le impulsaba a decir y a pedir disparates -como cuando hizo el llamamiento a los socialistas para que renegaran del hombre que acababa de hacerles ganar las elecciones-, Rivera no quiso enfrentarse a Sánchez en persona o no pudo porque su obsesión o lo que fuera no se lo permitió. ¿Qué tenía que haber hecho y no hizo Pedro Sánchez para convencer a Rivera de que se sentara con él? Otra vez, tendrían que ser los analistas que acusan a Sánchez de irresponsable los que respondieran. Cuando a ultimísima hora Albert Rivera ofrece su abstención a cambio de la firma de tres compromisos, analistas hubo que aplaudieron su ofrecimiento y destacaron su inteligencia.

Uno de los compromisos que Rivera exigía era que el PSOE rompiera su pacto con Bildu en Navarra. Imposible aceptarlo porque el PSOE no ha pactado con Bildu en ninguna parte. El segundo, que Sánchez se comprometiera a aplicar el 155 en Cataluña. Pedro Sánchez apoyó a Rajoy cuando se aplicó el 155 en 2017. Pedro Sánchez se ha comprometido públicamente, ante la prensa y en el Congreso a aplicar el 155 si se dan las condiciones que exige la Constitución. El tercero se refería a la política de impuestos partiendo de la mentira de que el gobierno pretende subir impuestos a la case media y a los trabajadores. El programa del PSOE contempla subir los impuestos a las rentas más altas.

Quien considere inteligente exigir al presidente del gobierno que firme un papel aceptando tres mentiras, sea analista o no, o le parece bien la utilización de la mentira para desprestigiar al presidente o carece de la inteligencia que le supone a Rivera. No hay otra. Con todo y eso, Sánchez señala a Rivera que lo que exige su documento ya se ha cumplido y varios miembros del gobierno aclaran su confusión sobre los impuestos. Rivera responde a través de la prensa que eso es una tomadura de pelo. Ningún periodista le pregunta qué es una tomadura de pelo y por qué. Ningún analista se atreve a decir clara y rotundamente que las exigencias de Rivera se apoyan en tres mentiras. Algunos achacan a la soberbia de Sánchez y a su rencor contra Rivera haberse negado a aceptar esas exigencias en el último momento.

En este caso, el sentido común pide varias preguntas. Con tal de ser investido presidente del gobierno, ¿debe un político firmar un documento en el que se le supone connivencia con filo etarras, renuencia a aplicar un artículo de la Constitución y voluntad de subir impuestos a los más pobres? ¿Debe empezar su mandato como presidente del gobierno habiéndose declarado por escrito anticonstitucional y contrario a la justicia social? Quien responda afirmativamente demuestra adolecer de un desequilibrio similar al que impulsa a Rivera a decir y a pedir disparates. A menos que responda afirmativamente a sabiendas de que el documento de Rivera contenía disparates, pero que puede servir en la campaña contra Sánchez para machacar sobre su falta de responsabilidad por negarse a firmarlo.

Destaca, pues, como segundo punto de la campaña contra Pedro Sánchez, divulgar las mentiras que hagan falta para convencer de que el culpable del hartazgo, el desencanto y la indignación que a todos producen las próximas elecciones es, sin duda alguna, Pedro Sánchez. Se trata de conseguir que los ciudadanos que resulten inmunes a la campaña a favor de la abstención y se empecinen en ir a votar a pesar de todos los esfuerzos de los analistas, cambien el voto que dio la mayoría al PSOE. Si para conseguirlo hay que avalar las mentiras contra Sánchez de sus adversarios o soltar y repetir mentiras de cosecha propia, se miente y punto. Estas elecciones decidirán el curso y el resultado de una guerra, y en la guerra todo vale.

El ciudadano tendrá que utilizar todas sus facultades para no dejarse engañar, sobre todo cuando le suelten y le repitan mentiras camufladas para que penetren en su cerebro por vía subliminal.

La mentira de este tipo más flagrante y peligrosa es calificar al Partido Popular y a Ciudadanos de centro derecha.

Lo están repitiendo casi todos los analistas esperando que semejante mentira se acepte por repetición. Esta mañana, por ejemplo, en una tertulia, tres tertulianos repitieron varias veces lo de centro derecha y quitaron lo de centro para referirse a Vox, que así se vio sacado de su extremo para situarlo, simplemente, a una inofensiva derecha.

Para colocar a Vox en el extremo que le corresponde basta leer su programa en su web y pensar unos segundos sobre las medidas que ha impuesto a la derecha en Andalucía y en Madrid a cambio de sus votos. Hecho esto, hay que preguntarse: ¿Puede considerarse de centro un partido que pacta con la extrema derecha? La respuesta hace evidente que el PP no puede ser de centro. ¿Puede considerarse de centro un partido que entra en coalición con un partido que a su vez ha pactado con la extrema derecha para poder gobernar? Esto hace evidente que Ciudadanos no puede considerarse de centro de ninguna manera digan lo que digan algunos analistas para engañar.

Resulta, pues, que decir que el PP y Ciudadanos son de centro derecha es, o confesar una profunda estupidez o no tener ningún reparo en mentir.

Cabe preguntarse por qué insisten tanto en vendernos que Ciudadanos y el PP son de centro derecha. Muy sencillo. Según todos los análisis sociológicos, la mayoría de los españoles prefieren la estabilidad y la moderación del centro y rechazan los extremos. Siendo Ciudadanos y el PP de derechas y socios, abiertamente o de tapadillo, de la extrema derecha, ¿qué partido queda en el centro? El PSOE. Los de la campaña contra Pedro Sánchez tienen que sacar otro centro de donde no lo haya para evitar que otra vez se vayan al PSOE la mayoría de los votos y que, esta vez, esa mayoría sea mucho más aplastante que la del 26 de abril.

Falta, por ultimo, el socio preferente, Unidas Podemos. Pero Pablo Iglesias introduce otro punto que merece otro artículo.

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