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23 de octubre de 2019, 23:19:34
Opinión


A punto de Dios sabe qué, y nada bueno

Por María Mir-Rocafort

Llegó el lunes, distinto de todos los lunes, más reluciente que todos los jueves que, en tiempos del nacional-catolicismo, relucían más que el sol ─Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión, para quien no se acuerde.


Una España casi paralizada por la estupidez de relegar a un gobierno a gobierno en funciones por un tiempo que a todos parece larguísimo, porque lo es, llega al lunes 21 de julio con esperanza casi tan intensa como la de un místico en la gloria eterna. Ha llegado el día glorioso en que habrá debate de investidura y del debate saldrá Pedro Sánchez investido presidente del gobierno y del Congreso correrá a La Moncloa y convocará a los ministros que ya tiene decididos y se pondrán todos a trabajar con la misma prisa con que se pusieron tras la moción de censura para aprovechar al máximo los meses que les quedaran por delante, sabiendo que no serían muchos, y España, es decir, los españoles, empezarán a sentir enseguida los efectos de un gobierno abocado a resolver los problemas de los ciudadanos de este país.

Entran los diputados, se saludan, se sientan y la Presidenta anuncia sobriamente el objeto del debate y da la palabra al candidato a la investidura por orden del rey. Pedro Sánchez sube a la tribuna con su habitual expresión de profesional dispuesto a realizar su trabajo, saluda, como es de rigor, a la Presidenta y a todas las señorías y arranca a leer su discurso. Empieza la comedia. Los líderes de los grupos que salieron derrotados en las urnas se ponen en pose preparándose para salir a escena, cuando las cámaras los enfoquen, con la expresión más expresiva; una expresión que eclipse las palabras del candidato. Como sabe todo el mundo, una imagen vale más que mil palabras, y como saben todos los que saben del asunto, a nadie le importan las palabras del soso que está hablando. Los periódicos no van a ocupar espacio con parrafadas sobre un programa de gobierno. ¿A quién le importa eso? Los periódicos informarán sobre las expresiones y las réplicas más punzantes, sobre todo aquello que pueda convertir en espectáculo un debate que, sin la sal y pimienta de una comedia, resultaría insoportablemente soporífero.

Pedro Sánchez, que nunca ha querido enterarse de la importancia vital de las audiencias; que nunca ha querido rendirse a la necesidad de entretener, de divertir; que apenas se esfuerza en sus mítines por levantar la voz para subrayar frases lapidarias, como está mandado, empieza a desgranar concisamente, pero sin prisa, los seis objetivos que marcarán su gobierno y las medidas que piensa aplicar para cumplirlos. Habla de empleo digno, pensiones, cambio climático, violencia de género, igualdad. Habla de una lucha frontal y urgente contra la pobreza, empezando por la pobreza infantil. Habla de medidas para garantizar una vivienda digna. Habla de Europa, de la necesidad de proteger los ideales y los valores que deben prevalecer en una Europa unida –ideales y valores humanos que coinciden con los de la socialdemocracia, por cierto. Habla de superar los nacionalismos; de no levantar fronteras internas que debiliten la fuerza que solo puede dar la unión. Habla de la memoria histórica, de la educación, de la cultura, de la ciencia. Habla de la defensa de los derechos de los LGTBI. Habla del feminismo, como no. Habla de la eutanasia. Habla de reformas estructurales. Habla de reforma del sistema fiscal. Habla, en fin, de los problemas que afectan a lo españoles que cada día tienen que ganarse la vida, el derecho a la vida, con su trabajo. Y como no basta enumerar problemas que todos conocen y que la mayoría sufre en sus propios cuerpos y almas, Sánchez empieza a hablar de medidas concretas para resolver los problemas: estatuto de los trabajadores, registro laboral, reforma de la reforma laboral de 2012, estatuto del becario, subsidios para el retorno de los españoles emigrados, políticas activas para la formación, ley de igualdad, cotización de los autónomos según ingresos reales, racionalización de los horarios, mejora del salario mínimo, reforma del modelo educativo, medidas para promover la innovación, para estimular la formación continua, actualización de las pensiones según IPC, 2% del PIB para I+D+I, pacto por la ciencia, industria, cultura, estatuto del artista, ley de mecenazgo, inteligencia artificial, STEM, transición ecológica, economía verde, urbanismo, horizonte 2030, la España vacía, diversidad, discapacitados, libertad e igualdad, ingreso mínimo vital...Pedro Sánchez habla casi dos horas de problemas acuciantes y de las medidas con que su gobierno se propone resolverlos.

¿Y a quién le importa ese rollo? A la prensa, desde luego, no, y menos a los líderes de los partidos condenados a la oposición. Los líderes condenados a la oposición no escuchan lo que dice Pedro Sánchez. No pueden escucharle porque tienen la atención en su memoria y su memoria está ocupada en memorizar los zascas con que van a abofetear al soso cuando se calle de una vez. ¿A quién se le ocurre perder casi dos horas escuchando un programa de gobierno?

Pedro Sánchez termina. Sube a la tribuna Pablo Casado, llamado a ser líder de la oposición si se consuma la investidura. Casado saluda y, casi sin transición, comunica a las señorías y a los escuchantes que puedan estar escuchando por la radio y a los televidentes que puedan estar viendo el debate por televisión y a los que verán cortísimos extractos en los telediarios; Pablo Casado comunica a nacionales y extranjeros de toda ciudad y de todo el orbe que Pedro Sánchez no ha dicho ni una palabra sobre su programa de gobierno.

El anónimo rarito –siempre hay gente para todo- que como no tenía otra cosa que hacer, se había tragado todo el discurso de Pedro Sánchez y guardado en la memoria lo que más le concernía, no se sorprendió. De la política, lo peor para él no había sido la sucesión de elecciones en las que había tenido que ir a votar más veces que nunca. Lo peor para él habían sido las campañas electorales. Había llevado con resignación los insultos cruzados, las promesas indudablemente incumplibles que en una campaña no pueden faltar, los chascarrillos, los chistes celebrados por las risas enlatadas del público asistente a los mítines. Lo que le había sacado de quicio, lo que le había despertado en las entrañas el instinto salvaje de defenderse a lo bruto, era el cinismo, el cinismo con que los candidatos soltaban unas mentiras tan gordas que era como atreverse a llamarle imbécil en su propia cara. Cuando Casado se atrevió a empezar su discurso diciendo que Sánchez no había dicho nada sobre su programa de gobierno, al anónimo rarito ya se le había agotado toda la adrenalina que le podía extraer de las glándulas la falta de respeto de ciertos políticos. Se limitó a decirle mentalmente a Casado, “Sí, ¿y que más?” Y a aguantar con estoicismo el resto de su discurso sintiendo una cierta satisfacción. Después de todas las entrevistas del presidente del PP que se había tragado por televisión, el anónimo se divirtió comprobando que era capaz de adivinar lo que el político iba a decir antes de que lo dijera; desde los habituales chascarrillos para hacer gala de ingenio, hasta el estado prebélico que se sufre en Cataluña, para terminar con lo resobado de que Sánchez y sus socios independentistas quieren romper a España. “Que sí, hombre, que sí”, le dice el anónimo agradeciendo que haya terminado.

Después de réplicas y dúplicas, subió a la tribuna Albert Rivera con sus gestos nerviosos de siempre y empezó a soltar tal retahíla de disparates que si al anónimo le hubieran dicho que el líder de Ciudadanos estaba declamando un fragmento de una obra de teatro sobre enfermos mentales haciendo de políticos en un sanatorio, se lo hubiera creído. A pesar de lo cual el anónimo, rarito él, escuchó el discurso con atención preguntándose qué le habría pasado a ese hombre para acabar así. El análisis psicológico siempre resulta interesante, ya sea a nivel científico o al del simple cotilleo.

Y le tocó a Pablo Iglesias. Y Pablo Iglesias, con su expresión de intenso de costumbre, empezó a atacar a Pedro Sánchez con una agresividad que el anónimo no se esperaba. “Esto va mal”, se dijo, y sin darse cuenta, empezó a sonreír. “A este, un presidente no le metería en un Consejo de Ministros ni jarto de vino”, se dijo. Y puesto que Sánchez no da ni la más remota señal de alcoholismo, el anónimo escuchó a Iglesias tranquilo y llegó a la conclusión de que, por más que pareciera lo contrario, ese chico tan histriónico no se veía sentado en una mesa descomunal con hombres y mujeres vestidos con sobriedad elegante, hablando estrictamente por turnos y exclusivamente de leyes, de gestión. Ni jarto de vino querría meterse Iglesias en el berenjenal de leyes y gestiones del día a día de un gobierno, se dijo el anónimo. En todo caso, se sacrificaría si además de vicepresidente y ministro de algo le nombraran portavoz del gobierno para poder exhibir su talento ante las cámaras aunque solo fuera los viernes. Pero dicen que el hombre ha dado un paso atrás. O sea que Pablo Iglesias ya no era un peligro, lo que no significaba que las alarmas ya se pudieran esactivar.

El lunes 21 terminó con pena, sin sorpresas y sin gloria. Votaron contra la investidura los que se sabía que iban a votar en contra. Votaron en contra los de las tres derechas porque el destino político de las tres depende de la inestabilidad de España, del desencanto y la indignación de los ciudadanos, de que los ciudadanos no adviertan que la libertad, los derechos y el bienestar solo imperan cuando tiene el poder un gobierno socialista. Pedro Sánchez no se cansó de pedir a Casado y a Rivera que se abstuvieran por el bien de España, de los españoles, para que su gobierno pudiera ponerse a trabajar. Naturalmente, a las derechas les resbaló, pero la repetición irritó a Pablo Iglesias y Pablo Iglesias la utilizó de pretexto para acusar a Sánchez de preferir a las derechas. Sin embargo, no había que ser un lince para darse cuenta de que la insistencia de Pedro Sánchez pretendía dejar al descubierto ante los españoles, con meridiana claridad, el hecho indiscutible de que a las derechas no las mueve la necesidad de un gobierno estable que trabaje por el bienestar de todos; solo las mueve el bienestar de sus partidos, de sus líderes; solo las mueve la necesidad de que todo vaya mal para que les voten a ellos. Pablo Iglesias criticó las peticiones de Sánchez a las derechas por un motivo análogo y tal vez por eso le sentaron tan mal. Viendo el empecinamiento con que los del Partido Popular, Ciudadanos y su otro socio defienden sus votos y por ellos sus cargos y sus sueldos por encima de cualquier otra consideración y obligación, ¿no se darían cuenta los españoles de que si Podemos votaba en contra de Sánchez o se abstenía, estaría haciendo lo mismo que las derechas y, en el fondo, por los mismos motivos aunque intentara maquillar su motivación?

Hoy es miércoles 24. Seguimos igual, aunque dicen que, en alguna parte, el PSOE sigue negociando con Podemos. El anónimo rarito y muchísimos otros anónimos de este país esperan con más preocupación que desaliento. ¿Ahora qué? Ahora solo Dios lo sabe, pero nada bueno si finalmente acuerdan un gobierno con troyanos adentro que no van a dejar a nadie trabajar en paz.

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