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24 de mayo de 2019, 11:17:40
Opinión


Quasimodo busca a Esmeralda entre las ruinas de Notre Dame

Por Ignacio Ruiz

Cayó envuelta en llamas la aguja de Notre Dame y con ella ardió la 'grandeur' de Francia. Con el museo del Louvre, la Torre Eiffel y el Arco del Triunfo, la catedral de París era y es el símbolo de una Francia eterna, poderosa y admirada por su defensa de la “Liberté, la Igualité y la Fraternité” y por la Marsellesa, el himno que acabó con el nazismo en el café de Ricky en Casablanca.


Bastión de una Europa sin fronteras, hoy cada vez más fragmentada, Francia era la capital de una economía turística vital para que las galerías Lafayyet vistan a japoneses y chinos, incansables en sus selfies en Notre Dame y la Pirámide del Louvre. Subir a la Torre Eiffel es para los pasajeros de los tours organizados ascender a la gloria, a la cumbre del poder.

No debe extrañarnos en este contexto que la dramática visión de ese icono devorado por un fuego incontrolado hasta convertir su belleza en sucios escombros, haya provocado las lágrimas, el asombro y el dolor en todo el mundo, que veía impotente como las llamas les arrebataba una parte importante de su historia y a las míticas firmas de fragante moda gran parte de su boyante y cotizada economía.

Si hacemos un análisis menos romántico y emocional del impactante suceso, se comprende el altruismo de apellidos tan ilustres como los Arnault, Bettencourt o Pinault, dueños y señores de firmas como Louis Vuitton, l’Oreal, o Yves Saint Laurent. A ellos hay que añadir a Patrick Pouyanné, presidente de la todopoderosa petroquímica Total, o la familia Decaux, cuyos soportes publicitarios invaden los cruces de las principales ciudades europeas.

Entre todos ellos ya han donado unos 900 millones a los que habría que añadir la significativa renuncia a su salario de un día de los eurodiputados, tan reacios ellos a perder sus prebendas oficiales, para pagar una parte, pequeña eso sí, de la reparación histórica que se avecina. Con ellos, otras grandes empresas que jamás se han preocupado por la vida de los millones de personas que han destrozado con su economía usurera y que ahora pagan con ese dinero los titulares de los periódicos.

Pero si este interesado mecenazgo de los más ricos del orbe se comprende, resulta inexplicable que, transidos por el dolor de perder a la protagonista de los selfies con que gritaban al mundo ‘yo estuve en París’, millones de personas participen en este 'crowdfunding' universal en el que aportar más de mil euros se premia con una desgravación fiscal. A partir de ahora, los puentes del Sena dejarán de ser cadena de amorosos candados para sujetar los justificantes bancarios de sus aportaciones por amor al Arte.

Es la otra cara de este repentino mecenazgo de quienes ignoran las penurias de los más miserables. Y mientras desgravan los poderosos que desfilan por la alfombra roja del dinero vestidos de Saint Laurent, oliendo a L’Oreal y colgando de bolsos de Vuitton, Quasimodo sigue buscando entre los escombros de Notre Dame el cadáver de su amada Esmeralda, la joven gitana ejecutada por odio, antecesora de los millones de víctimas de la pobreza, del hambre y de las guerras que asuelan sus países, y que ven impotentes como arden los barcos en que viajan sin que ningún rico mecenas acerque sus yates para salvar sus vidas. Ellos nunca se perfumarán con L'Oreal ni vestirán de Saint Laurent ni guardarán sus pertenencias en bolsos de Vuitton.
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