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15 de diciembre de 2019, 5:41:13
Opinión


Municipalismo, compromiso vecinal y asociacionismo

Por Teresa Álvarez Olías

Municipalismo, compromiso vecinal y asociacionismo son tres características que la democracia conquistada en España en 1977 ofrece desde entonces a la población. El municipalismo refuerza el valor del consistorio local, dota de reglamento sus actuaciones, establece una jerarquía en la gestión de los ayuntamientos, dignifica la vida de la población y la representa.


El compromiso vecinal denota el empoderamiento de los individuos frente al poder clásico establecido, y denota también el orgullo de pertenecer a una ciudad o pueblo y de hundir sus raíces personales en el marco geográfico e histórico en el que habitan.

El asociacionismo es un gran hallazgo del siglo XX en la gestión de urbes y aldeas, donde grupos de personas de diversos sectores: educativos, sociales, sanitarios, culturales, etcétera se unen para conseguir del gobierno local: apoyo, subvenciones, ayudas, orientación y salario, representando a sus socios.

La combinación de estos tres elementos representa a los y las habitantes de un municipio, tanto a los particulares como a los miembros de asociaciones. El gobierno de los municipios se expone públicamente en los Plenos, donde los partidos políticos, elegidos en elecciones locales democráticas, votan las distintas propuestas, y también se plasma en los Plenarios del Foro Local en las ciudades donde éste se ha instituido.

No solo el reglamento municipal, la costumbre y las normativas autonómicas y nacionales marcan la vida del consistorio, sino esencialmente la colaboración ciudadana, tanto para cursar solicitudes como para arbitrar críticas contra las decisiones acordadas. La buena disposición vecinal, la simpatía y entendimiento entre las personas que conviven en una ciudad es clave para la marcha ordenada de su gente, para el progreso general y el éxito de ordenanzas y proposiciones.

La comunidad municipal que vive en armonía, en tolerancia hacia los otros y otras, sean tan diferentes como éstos sean, avanza en riqueza y democracia, pero es preciso para ello que la buena voluntad se combine con la eficiencia, tanto en las altas instancias de gobierno del ayuntamiento, como en la población en general, y desde luego en el personal funcionario o contratado de las dependencias municipales. Si el alcalde y sus concejales fallan en sus obligaciones, si se emperezan, si se agotan, si no empatizan con el vecindario, o si éste desconfía de sus gobernantes por pruebas claras de corrupción o causas similares y no se apoya en un cuerpo laboral empático, la ciudad no mejora.

Si una ciudad o un pueblo no mejora, si se despuebla o se endeuda tremendamente, es importante analizar no sólo las causas económicas que llevan a esta situación, sino también evaluar las buenas prácticas de gerentes, administrativos, bedeles, alcalde, vocales, portavoces en los Plenos y demás cuerpos de personal, y ganarse la colaboración de la ciudadanía, que agradece la aportación económica gubernamental (subvenciones, becas, premios, descuentos..), la cesión de uso temporal de espacios de reunión, los bandos, las notificaciones positivas y los convites en fiestas o efemérides locales, etcétera.

Por otra parte, la participación ciudadana, siempre tan recomendable, en el gobierno de cada municipio, es muy variable, y depende del tamaño del lugar, de la idiosincrasia de los habitantes y desde luego de la tolerancia del consistorio. En ciudades grandes el alcalde y los concejales parecen muy alejados de la población y de hecho la ratio de bibliotecas, centros sociales, parques, entre otras muchas variables, por habitante, es muy grande también, mientras que en pueblos pequeños el alcalde y los concejales están cerca del vecindario, mucho más cerca. De hecho, es común encontrar en cualquier bar del pequeño pueblo al regidor del ayuntamiento alternando con los vecinos y vecinas, cosa impensable en una megalópolis.

Parece conveniente fomentar la colaboración del vecindario en la gestión urbana con todas las técnicas sociológicas e incentivos más recomendables: charlas culturales, comisiones temáticas, bailes, competiciones, publicidad en las redes, etcétera.

Los vecinos sienten cada día más suyo el gobierno local, más propia la ciudad en la que viven, sin duda porque las puertas de los ayuntamientos se van abriendo a la ciudadanía, sea ésta tan diversa como sea.

La gestión de las entidades locales pequeñas son un remedo, a escala, del gobierno de las grandes urbes, pero más directo, menos opaco, más natural, sin los vicios de los grandes números, de las magnitudes difíciles de manejar.

Es curioso que la mayoría de los habitantes elegimos ciudades populosas para vivir, pero las aldeas rurales son nuestro sueño dorado, por la humanidad con que los vecinos se tratan, por la tranquilidad de vida que proporciona la naturaleza y por su proximidad inmediata al poder establecido. Es obligado dotar a los pequeños municipios de los mismos servicios públicos que reclaman, y tienen, los grandes.

Muchas de las soluciones acordadas en diminutos municipios son aplicadas luego a la gran escala de los consistorios de grandes capitales mundiales. Por otra parte, gracias a las telecomunicaciones, las decisiones de cualquier ayuntamiento pueden aplicarse de inmediato en otro consistorio, ya que la actuación es pública y clara, susceptible de copiarse. Todos nos beneficiamos de ello y todos debemos ampliar también nuestro compromiso con las ciudades en las que habitamos, esos lugares donde crecen nuestros hijos e hijas, donde vivieron nuestros antepasados, donde acogemos a refugiados y emigrantes y donde nos atrevemos a soñar.

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