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19 de septiembre de 2019, 6:41:16
Opinión


Necesitamos defendernos de políticos irresponsables que fomentan votantes desinformados (y II)

Por Kilian Cruz-Dunne

Aunque no permite elaborar perfiles ideológicos de los ciudadanos, con la aplicación de la nueva Ley Orgánica de Protección de Datos (LOPD), en estas elecciones generales del #28A los partidos políticos ya pueden utilizar las preferencias de navegación de la ciudadanía para hacerles llegarmensajes en campaña electoral (eso incluye Facebook, Instagram y Whatsapp).


Es difícil, de momento, que los partidos tengan la capacidad de llevarlo a cabo, pero será la primera vez que el mundo político tenga la oportunidad de manejarpropaganda genérica a través del Whatsapp y utilizar los contenidos compartidos en redes sociales para enviar propaganda electoral a través de dispositivos electrónicos a sus potenciales votantes.

WhatsApp se suma así a plataformas como Facebook e Instagram para convertirse en la principal herramienta de propaganda política delas campañas electorales y contribuirá, por su empatía y credibilidad inmediata, al exponencial crecimiento de la desinformación para explotar el miedo de la ciudadanía. O para desincentivar su participación.

Esto será así porque los estudios demuestran que hay una base para ello. A los datos me remito.

Los españoles somos los europeos que más se creen las noticias falsas, según la última encuesta de Ipsos Global Advisor, la cual recoge que el 57% de los españoles reconoce haberse tragado una noticia falsa.

Según datos del Reuters Institute de 2018, en Europa la media de gente que dice informarse por lo que le llega por Whatsapp es del 6% al 11%, mientras que en España sube hasta el 36%.España se encuentra al nivel de Brasil y Argentina. Y, ojo, son los mayores de 65 años los que más noticias falsas comparten, según una reciente investigación de la Universidad de Princeton y la Universidad de Nueva York.

Además, según el Estudio sobre las fake newsen España (elaborado en 2017 por Simple Lógica y la Universidad Complutense de Madrid), un 86% de la población española no es capaz de distinguir una información verdadera de una falsa.

Y, por último, un reciente estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) demuestra que las historias falsas tienen un 70% más de probabilidades de ser retuiteadas que las historias reales. Y poseen esa posibilidad porque las noticias falsas son más novedosas (y excitantes) y, por ello, es más probable que los usuarioscompartan antes información novedosa que una habitual y rutinaria, aunque verídica.

Es evidente que nos gusta compartir lo llamativo, aun sabiendo que es mentira, porque la predisposición a creer lo que refuerza nuestraopinión conlleva la proliferación exponencial denoticias falsas en las redes sociales.

Que la ciudadanía sea demasiada crédula es tan peligroso como que pasemos a no creernos nada(un efecto bumerán íntimamente conectado, por cierto). Es una cuestión que no sólo afecta a los derechos vinculados a la libertad de información, sino que las noticias falsas son un auténtico peligro para la fiabilidad y confianza en los procesos electorales, el armazón básico de nuestro sistema democrático.

Los votantes desinformados, igual que los políticos irresponsables, son un peligro para la democracia. Esto ocurre porque los medios clásicos (fundamentalmente los periódicos), han perdido su hegemonía como principales suministradores de noticias.

Una vez desaparecida la intermediación de un buen periódico, que funciona con sus normas, con reglas claras y transparentes, las fake newscampan a sus anchas, libres de regulación y sinajustarse a las leyes de la buena comunicación.Con un claro matiz nacional, el problema de la desinformación en España, a diferencia del resto de Europa, no son las páginas web, es el Whatsapp. Porque en nuestro país lo que más se viraliza son imágenes, audios y mensajes que llegan sin links a través de esta plataforma de mensajería.

Las campañas negativas han existido siempre en comunicación política y, más que movilizar a los propios, se trata de desmovilizar a los contrincantes. Pero hoy en día la desinformación como arma geopolítica se ha convertido en un fenómeno mundial, de México a Alemania, de Brasil a la India. Y ahora España.

Es cierto: siempre se han hecho campañas de desinformación en política; pero nunca al nivel que veremos durante la campaña electoral del #28A y las posteriores elecciones europeas de mayo. Porque la estrategia es cada vez más sofisticada.

Ya no hace falta que un rival político tenga un pasado oscuro (Gary Hart, los Kennedy) o un affaire con su becaria (Bill Clinton), basta con fabricar esas mentiras para destruirle. Ahora es más fácil que nunca detectar un ‘targetpreciso para generar descrédito a medida con campañas muy personalizadas. Estamos ante la antesala en un cambio de paradigma en la mercadotecniapolítica, en la fase incipiente de un cambio muy complejo. Y necesitamos herramientas para defendernos.

Desde el pasado verano en España hemos empezado a sufrir un rápido aumento de la desinformación y, aunque el debate que generan este tipo de falsas noticias en la sociedad es positivo (y nos ha hecho aprender un poco más sobre verificación y sobre cómo lidiar con plataformas como Facebook o Twitter), la situación puede empeorar. Y mucho. Si los partidos políticos tienen la posibilidad de construir informes detallados sobre qué resortes emocionales pueden activar (miedo, ira, rabia, odio) para influir en cada segmento ciudadano, pueden hacer una campaña prácticamente individualizada y difícilmente detectable. Y esto es peligroso.

Lo es porque cuando hablamos de información no estamos hablando de un negocio, sino de un derecho indispensable para construir una ciudadanía bien formada e informada. Ciudadanía que debe poseer, y manejar, mecanismos de control que países como Canadá, Alemania y Francia, ya han puesto en marcha en época electoral para detectar campañas de desinformación, sobre todo para las noticias falsas financiadas desde terceros países. En España todavía no hay nada parecido.

De momento, tenemos que hacer hincapié en la formación y la concienciación de los ciudadanos: debe insistirse en la responsabilidad individual y hacer campañas de concienciación para que la gente no comparta noticias falsas. Y tendremos que fomentar, como sociedad, el crecimiento de los verificadores de datos y la autorregulación de las grandes empresas de las redes sociales Facebook y Google.

Es relativamente cierto que las grandes plataformas están poniéndose las pilas para ver cómo frenar el creciente fenómeno de la desinformación. Pero están lejos de emplear los recursos suficientes para detectar cuentas y noticias falsas.

Aunque cada vez hay más proyectos para contraatacar los bulos y las medias verdades, con una evidente mejora en los últimos meses, siguen siendo mecanismos insuficientes para un futuro que se prevé aún más aterrador: la Consultora Gartner, en sus Predicciones Tecnológicas publicadas este mismo año, prevé que en 2022 dos tercios de la ciudadanía consumirá la información por las redes sociales; y de ésta, se consumirán más noticias falsas que auténticas.

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