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8 de agosto de 2020, 3:01:22
Opinión

Por Ignacio Ruiz, corresponsal en París


El movimiento de los chalecos amarillos ha derribado de un soplo el castillo en el aire macroniano

Por Ignacio Ruiz

A Macron le han quitado el maillot de líder a las puertas mismas de los Campos Elíseos


No es casualidad que el movimiento social conocido como chalecos amarillos se haya iniciado en Francia y más concretamente en París. No en vano la prenda más famosa y codiciada tal vez sea el maillot amarillo de líder del Tour de Francia, sin duda la carrera ciclista más famosa del mundo. Cierto que este movimiento social no tiene nada que ver con el pelotón de los ciclistas. Si estos van veloces, los chalecos amarillos van al paso del caracol para colapsar las autopistas y consumir poco combustible. Al fin y al cabo, su primera reivindicación fue obligar a Macron a bajar el precio del combustible. Después siguieron otras exigencias dictadas con el altavoz de la violencia, de los disturbios y de los enfrentamientos con la policía.

El resultado final no ha sido otro que las concesiones de Macron para acallar las voces y la violencia callejera de los chalecos amarillos. Pero estas concesiones, esta ruptura de las promesas ha acabado con su ambición política, expresada en un discurso que tuvo como escenario la Sorbona, la carismática universidad parisina, otra vez con los adoquines puestos en su lugar. El presidente francés, con su cara de primero de la clase, se presentó en esa ocasión como el líder que iba a cambiar el destino de la UE con un proyecto que hizo estremecer a los eurófobos.

Macron anunció que su proyecto era crear una Europa soberana y democrática a partir del eje franco-alemán. No le dejaron mucho margen para iniciar las obras de la reconstrucción europea. Casualmente, el movimiento de los chalecos amarillos, un movimiento “espontáneo”, sin líderes y sin la bandera de un partido político, ha derribado de un soplo el castillo en el aire macroniano. La aparición en las calles y carreteras francesas de los chalecos amarillos se ha llevado por delante no solo la imagen política de Macron, sino la esperanza de una Europa unida por las libertades, la justicia social y segura en su lucha contra el terrorismo.

A cinco meses de las elecciones de mayo la perspectiva no puede ser más diferente. Con los europeístas incapaces de responder unidos a los cada vez mayores y con más fuerza enemigos de la Unión Europea. Basta con ver las imágenes de la violenta marcha en Bruselas de los eurófobos para darse cuenta que ya no hay diálogo político para llegar acuerdos. Es una guerra abierta declarada por quienes quieren acabar con la Europa sin fronteras. La revuelta de los chalecos amarillos ha dado alas a los países euroescépticos que enarbolan la bandera de la Liga Hanseática (Holanda, Suecia, Dinamarca, Finlandia, Irlanda, Estonia, Letonia y Lituania) y votos a quienes representan a la extrema derecha más dura de Europa, Mateo Salvini y Marine Le Pen.

No, no es casualidad que la serpiente multicolor del tópico ciclista se haya transformado en un pelotón de caracoles amarillo, justo en el momento más decisivo de la Unión Europea, asediada por sus enemigos y en vísperas de unas elecciones, que, si no lo remedia alguien, va a meter en el Parlamento europeo a lo más granado de los enemigos de Europa y de sus valores de libertad, igualdad y fraternidad. A Macron le han quitado el maillot amarillo de líder a las puertas mismas de los Campos Elíseos y lo han dejado con el torso desnudo. Y en París, como en el resto de la Unión Europea, “Dios está en su palacio de cristal. Quiero decir que llueve, Platero, llueve”.

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