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18 de julio de 2019, 23:42:10
Opinión


Veinte años para aprender

Por Eduardo Aguayo

Esta semana he cumplido cuarenta años. Estos días me he acordado mucho de mi padre, en qué momento vital estaba él a mí misma edad. Es extraño cómo muchos de nosotros y nosotras, cuando llegamos a la adolescencia, queremos ser diferentes a nuestros progenitores, distanciarnos de ellos para reafirmar nuestra personalidad.


No tuve una adolescencia difícil, pero intentaba ser la antítesis de mi padre: él era el desorden, yo era la rectitud; él era hippie, yo intentaba ser el pijo. Y así, en todo.

Mi hijo y mi hija están a las puertas de la adolescencia, ya empiezan a apuntar maneras. En nuestro caso, se suma el temor a veces de que quieran (como es natural) encontrar a su padre y su madre biológicos, aunque en esos momentos me acuerdo de que los lazos que estamos formando son más fuertes que una doble hélice de ADN. En esos momentos, también pienso que un par de veces me fui de casa de mis padres en medio de alguna discusión y cómo siempre volvía por todo lo que quería a mi padre y a mi madre.

La adolescencia no puede evitarse, pero igual que llega se irá. Mientras tanto, lo importante es que sepan que, en cualquier momento, en cualquier dificultad, no les negaremos ni mi marido ni yo la ayuda que necesiten. Muchas veces nos tocará cambiar de perspectiva y recordar nuestra propia adolescencia. Tendré que recordar que me quieren cuando rehuyan mis besos y mis abrazos delante de sus amistades. Tendré que aprender a contar hasta diez o hasta cien.

Me toca pedir disculpas a mi padre y a mi madre y me toca no tener que esperar que mi hijo y mi hija comprendan lo que yo he tardado en aprender veinte años.

Ahora que cumplo cuarenta años, echo la vista atrás y recuerdo que fue una conversación sobre adolescentes la que me hizo definir mi postura sobre la llamada gestación subrogada como una sacudida dentro de mí.

Esta conversación fue al año de tener a mi hijo y a mi hija en casa. Fue un año muy duro, viéndolo ahora con perspectiva, donde un niño y una niña tuvieron que aprender a confiar en dos desconocidos que los querían con todas sus fuerzas y en el que todas las piezas tuvieron que encajar. Yo estaba cansado, pero empezaba a ver los frutos de tanto esfuerzo. Fue en ese momento en el que un padre adoptante me dijo que ahora que su hijo entraba en la adolescencia y “no se veía en él”, pensaba que, si pudiera cambiar algo, seguramente hubiera hecho una “gestación subrogada”.

Para mí fue un mazazo. Primero, por el momento vital en el que me encontraba yo con un amor inmenso que dar a un niño y a una niña que no se parecían en nada en mí; después, porque despertó al Eduardo adolescente. Fue como si me hubieran dado una bofetada, porque durante años intenté con todas mis fuerzas que mi padre no viera nada de él en mí. Por último, porque como activista LGTBI, lucho por la diversidad (nuestra bandera), pero no podemos creer en la diversidad y luego querer tener “miniyós” en casa.

Mi hijo y mi hija no se parecen en nada a mí ni tienen por qué hacerlo. Mi hijo y mi hija tienen el derecho de beneficiarse de todo mi conocimiento, de mi experiencia, de mi recorrido vital, de las oportunidades que les doy y de construir su propia personalidad. Puede que el día de mañana miren atrás y piensen en mí con todo el cariño y agradecimiento con el que pienso yo en mi padre –con todos sus errores y aciertos–, que vean que todas las cosas que nos hacen diferentes son las que nos hacen más sabios, que podemos ser diferentes, pero somos una familia.
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