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21 de noviembre de 2019, 16:03:07
Opinión


Dios salve a América… y a Europa (del avance de la xenofobia)

Por Concha Minguela

“Los negros no sirven ni para procrear”, “lástima que la dictadura torturara y no matara”, “no merece ni ser violada porque es muy fea”, “no podría amar a un hijo homosexual”... Jair Bolsonaro es el último de los líderes impresentables democráticamente, por xenófobo, machista, grosero, ultra, que obtiene el Gobierno en una de las cuatro democracias más pobladas del globo, Brasil, la novena potencia del mundo y primera de América Latina. A las redes sociales en pleno siglo XXI las carga Dios o el diablo. No se sabe, pero las democracias deben actuar, y pronto.


Con Donald Trump al norte, gobernando la primera potencia (poblada con más de trescientos millones de habitantes) y Jair Bolsonaro, al sur, con una población de doscientos millones en Brasil, América se queda atrapada entre dos “locuras de xenofobia y extrema derecha”.

A pesar de su tirón entre las clases más humildes del sur de Brasil y zonas negras o mestizas, el Partido de los Trabajadores, liderado por Fernando Haddad, esta vez no pudo. Casi 58 millones de personas votaron a Bolsonaro, frente a los 47 millones que lo hicieron al PT. A principios de los años dos mil este partido logró entusiasmar al coloso sudamericano que sufrió una eclosión de esperanza , en 2003, cuando Lula da Silva ganó ampliamente las elecciónes gracias a su carisma como emergente defensor de los pobres y las clases más bajas. Durante los casi ocho años que duró su mandato, no solo colocó a Brasil como la novena potencia económica del planeta sino que Lula logró cerrar decenas de miles de favelas en las grandes ciudades y sacar a 50 millones de brasileños de la situación de pobreza en que se encontraban.

Debido a los escándalos de Petrobras, Lula da Silva fue detenido y encarceló en Curitiba, donde actualmente cumple una condena de doce años que muchos consideran una emboscada injusta y un proceso lleno de irregularidades judiciales. Una maniobra política de la extrema derecha consciente de que de otro modo no podría superar su tirón y liderazgo carismático. De hecho, incluso encarcelado, da Silva era el líder mejor valorado en las últimas encuestas. Tras el mandato de su sucesora, Dilma Rousseff, el país empezó a sufrir una decadencia ideológica, aderezada por una más que sospechosa oleada de noticias falsas e intoxicaciónes distribuidas masivamente por las redes sociales.

Como expone de forma detallada en su articulo Facebook es ya el mayor periódico del planeta, acerca de las elecciones del coloso sudamericano, nuestro compañero Killian Cruz-Dunnea lo largo de las últimas semanas hemos contemplado cómo Brasil se ha prestado para una utilización interesada de las redes sociales, no solo para desprestigiar a un adversario político sino para distorsionar el debate público en su totalidad: en lugar de facilitar la difusión positiva sobre cómo abordar los gravísimos problemas económicos del país sudamericano, las redes sociales se llenan de insultos y afirmaciones explosivas para favorecer el sectarismo y la polarización. Una marea de mensajes que podría estar detrás de los resultados de la primera vuelta que dieron la victoria a Bolsonaro”. Y de la segunda.

Con Donald Trump, Jair Bolsonaro, Viktor Orbán (Hungría) Matteo Salvini (Italia) Mauricio Macri (Argentina), Sebastián Piñera (Chile), y al otro extremo los también represores, Daniel Ortega (Nicaragua) o Nicolás Maduro (Venezuela), se puede inferir que una oleada de ultraderechismo, misoginia, xenofobia, invade nuestras democracias. No es desproporcionado empezar a analizar, ya con todo el peso de los medios científicos necesarios, qué papel están haciendo en la desestabilización de las democracias los robos de San Petesburgo y el desarrollo tecnológico chino. La guerra fría acabó pero quizá estemos ante una guerra cibernética subterránea de la que apenas sabemos cómo se mueve y con qué medios cuenta.

Como gustan de decir los americanos, Dios salve a América, la del Norte, la del Sur y la del Centro. Y por el camino que vamos, pronto también tendremos que rezar por la vieja Europa. O al menos ponernos manos a la obra y hacer algo por parar las huestes ultras que nos amenazan.

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