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4 de julio de 2020, 21:13:20
Opinión


Injuria Miralles, por si algo queda

Por Leire Diez

Estamos en la era del trampantojo. En la era de la irrealidad virtual, todo parecido con la realidad es mera coincidencia y los valores no cuentan. Todo vale, quien más triunfa es el perfil que más insulta desde el anonimato más cobarde. Cuanto peor, mejor. Y así nos va.


Padecemos imbéciles por encima de nuestras posibilidades, pero lo peor es que las absurdas cadenas que circulan por las redes y nuestros whatsapps son consumidas sin el menor espíritu de contrastar un mínimo la información, por lo que en el mejor de los casos alguien compartirá que si reenvías esa cadena a 14 amigos, tu suerte mejorará y la calvicie dejará paso a un melenón.

Pero hay casos muchos peores, hay casos execrables. Hay casos que dan mucho asco, y el último es el del abogado Mario Díez Fernández que, en un vídeo del portal “SINFILTROS” hace una denuncia pública VIRTUAL de pederastia que implicaría no sólo a quien figura en el sumario judicial abierto, un tal Kote Cabezudo, sino a políticos de diversos partidos y en el que acusa a jueces, Guardia Civil, Policía Nacional y policías autonómicas de ser cómplices de sostener una red de pederastia infantil que procede ya de los años 80, en unos casos por acción y en otros por omisión, y en los que, según el abogado, estarían inmersas instituciones como el Ayuntamiento de San Sebastián o la Diputación Foral de Gipuzkoa. Lo hace subiendo un vídeo el día 8 de marzo buscando que la masiva movilización feminista fuera la catapulta al éxito de su denuncia. Pocos días después, en el mismo portal aparece el presunto periodista Melchor Miralles leyendo el contenido de lo expuesto por el abogado pocos días antes mencionando expresamente al diputado y ex alcalde de San Sebastián Odón Elorza.

Melchor Miralles es el máximo exponente de que en el nombre del periodismo han conseguido colarse las peores lacras, aquellos que no sólo no respetan código deontológico alguno, sino que representan la peor de las bajezas morales, la de usar un tema tan serio como los abusos infantiles para volver a situarse en los focos y en los platós de sus añorados programas y debates de televisión.

Está claro que quien urdió la trama mediática de la autoría de ETA de los atentados terroristas del 11-M y la teoría de la conspiración auspiciada por determinados medios afines al PP, de le suponían los escrúpulos en paradero desconocido. Pero subir peldaños a la indecencia debería ser delito.

Melchor Miralles se definía a sí mismo en la Wikipedia como licenciado en derecho y en Ciencias de la Información, cuando la realidad es que no es ninguna de las dos cosas. Y para justificar ese falaz currículo adujo que la Academia de las Ciencias y las Artes de Televisión, presidida por Manuel Campo Vidal, había manipulado el currículo que les había enviado para su ficha online.

Toda la actividad profesional de Miralles ha transcurrido tejiendo dolor a través de tramas de la nada que le han supuesto ingentes beneficios pecuniarios haciéndose pasar por lo que no es. Pero sin duda, ahora ha traspasado esa fina línea que separa la libertad de expresión e incluso la libertad de decir mamarrachadas impunemente con delitos de injurias y contra el honor de las personas.

Es infame el mero hecho de cuestionar la profesionalidad de la Guardia Civil, Policía y jueces en materia de lucha contra los abusos infantiles de cualquier tipo y en cualquier soporte, también lo es pretender asociar este tipo de cuestiones a una supuesta corrupción política en los años 80 y 90 no demostrada por ningún tipo de organismo o institución que avales tales tesis, y lo es mentar el nombre de Odón Elorza como esa gota en un mar de porquería inventada.

Lo que no dice el abogado es que todos los intentos de los medios de comunicación de buscar pruebas que confirmen o desmientan tales acusaciones han topado con el muro de la nada; ninguna prueba, ninguna evidencia, ninguna certeza, nada. Sólo la sospecha de quienes necesitan eco mediático. Sólo el emponzoñamiento de un número de colegiado que, además, es fotógrafo de ¡fotos eróticas!

Odón Elorza ha presentado denuncia y querella contra semejante desatino, pero creo que el periodismo debe hacerse un enorme favor ejercitando el ‘Derecho de Admisión’ para poder preservar la reputación de nuestra profesión librándola de mercenarios cuya máxima no es otra que menudear con lo que haga falta para poder conservar un statu quo que era como el máster de Cristina Cifuentes: una burda mentira.

Desde estas humildes líneas sólo quiero mostrar mi apoyo a Odón Elorza en estos duros momentos, porque la libertad de expresión en este país choca frontalmente en excesivas ocasiones con el derecho de la ciudadanía a recibir una información veraz y contrastada. No como en este caso, vulnerando los derechos fundamentales de una persona intachable en el ejercicio de su actividad política e institucional, que puso por delante la lucha por derechos tan esenciales como el de la libertad a riesgo incluso de su propia vida en aquellos tiempos en los que valentía no ‘mamarrachear’ por internet, sino dar la cara por unas ideas que te podían llevar a tumba; y cómo no, el apoyo a la Guardia Civil, a la Policía y a las policías autonómicas en su lucha continua e implacable contra los delitos de pederastia, pornografía infantil y abusos a menores. Y, para terminar, a los medios de comunicación que están demostrando que todo no vale, que la ética no sólo es una forma de gestionar la información, sino una forma de vivir esta profesión.

No sé en qué momento decidimos convertir un buen instrumento de diálogo, de aprendizaje , debate, de encuentros y desencuentros como son las redes sociales en ese mar de detritus en el que todo sirve.



Destruir el honor injustamente es sencillo, sólo depende de algoritmos, pero restituirlo es algo que no está al alcance más que de una justicia implacable, pero lenta, con quien comete actos de semejante envergadura.



Porque hoy son ellos, pero mañana puedo ser yo.

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